Ocho piscinas encajadas entre roca volcánica negra y musgo, sin nada de artificial en su trazado: siguen el capricho del terreno, suben y bajan con la marea, y desde la mayoría de ellas se ve el Atlántico recortado en el horizonte. Es Hvammsvík, uno de los balnearios geotérmicos que he visitado este año durante un viaje por la isla. A unos kilómetros hacia el interior, Laugarás Lagoon plantea exactamente lo contrario: líneas de hormigón depuradas, madera clara, geometrías casi perfectas sobre el agua. Dos escenarios opuestos en estética, pero también dos ejemplos de una misma realidad mucho más extendida: en Islandia, las aguas termales no son una excepción ni un reclamo aislado, forman parte del paisaje y de la vida cotidiana en todo el país.

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El país está partido en dos por la dorsal mesoatlántica, la cicatriz submarina donde las placas tectónicas de América del Norte y Eurasia se separan a razón de unos dos centímetros al año, una velocidad que puede parecer insignificante pero que en términos geológicos es vertiginosa. Islandia es, de hecho, uno de los pocos puntos del planeta donde esta dorsal emerge sobre el nivel del mar, lo que explica su intensísima actividad volcánica: más de 30 sistemas volcánicos activos concentrados en una isla del tamaño de Cuba. Bajo esa corteza fina y fracturada, el magma se acumula y ese calor se transmite a las rocas creando lo que los geólogos llaman un gradiente geotérmico anormalmente alto: mientras que en la mayor parte del mundo la temperatura sube alrededor de 25-30 grados por cada kilómetro de profundidad, en las zonas volcánicas islandesas puede hacerlo en solo unos pocos cientos de metros.

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El agua de lluvia y de deshielo se infiltra a través de la roca porosa, en muchos casos basalto fracturado por sucesivas coladas de lava, y desciende hasta encontrarse con esas rocas calientes y, dependiendo de la profundidad y la presión, puede convertirse en agua líquida sobrecalentada o directamente en vapor. Al ser menos densa, esa agua caliente tiende a ascender de nuevo hacia la superficie a través de fallas y fracturas. Donde ese circuito aflora de forma natural aparecen los géiseres, las fumarolas y las piscinas termales silvestres; donde no aflora por sí solo, las empresas energéticas perforan pozos de varios cientos o incluso miles de metros para captarlo.

Lo verdaderamente singular de Islandia no es solo la abundancia de este recurso, sino la manera en que ha sabido integrarlo en la vida cotidiana. Desde mediados del siglo XX, el país construyó una red de distribución geotérmica que hoy calienta más del 90% de las viviendas islandesas. El agua caliente llega por tubería desde perforaciones profundas conectadas a las centrales geotérmicas. Para una nación que pasa buena parte del año con temperaturas bajo cero y que hasta los años cincuenta dependía del carbón importado para calentarse, este sistema no fue solo una mejora de confort doméstico: fue una transformación radical de todo su modelo energético.

Instalaciones termales de Laugarás Lagoon, en Islandia. | Israel Cánovas

Más allá de su función energética, el agua caliente configura también un espacio social. Islandia cuenta con más de cien piscinas públicas geotérmicas repartidas por prácticamente todos sus municipios, abiertas los 365 días del año, con una entrada que ronda un precio casi simbólico. A ellas se suman numerosos baños naturales y complejos termales. A diferencia de lo que ocurre en otros países, donde los balnearios se asocian al turismo o al ocio puntual, en Islandia funcionan sobre todo como lugares de encuentro. Alrededor de ese ritual del baño ha crecido, además, todo un pequeño ecosistema comercial. Cada complejo termal de cierto tamaño funciona hoy como un negocio de varias capas. Hay restaurantes y cafeterías e incluso líneas propias de cosmética que se venden en tiendas dentro de las instalaciones y que muchos visitantes se llevan como recuerdo.

Blue Lagoon, la joya de la corona del turismo islandés y su imagen más reconocible en todo el mundo, recibe cada año más visitantes que el doble de toda la población del país. Las aguas termales se han convertido en uno de los grandes reclamos de Islandia, junto a sus paisajes volcánicos, sus glaciares y sus cascadas. Hvammsvík y Laugarás Lagoon son producto de ese mismo impulso comercial, pero con matices muy distintos entre sí. Hvammsvík apuesta por integrarse en el terreno como si siempre hubiera estado ahí: su diseño evita cualquier gesto grandilocuente, cualquier tentación de imponerse al paisaje. Laugarás Lagoon, en cambio, es mucho más explícitamente arquitectónico, pensado para un viajero que busca algo más que simplemente entrar en calor.

El crecimiento también plantea retos. La geotermia es renovable y de bajas emisiones, pero no es infinita ni gratuita: su explotación requiere planificación cuidadosa y vigilancia medioambiental constante. La presión sobre algunos enclaves ya empieza a notarse, y el debate sobre cómo gestionar este recurso sin degradarlo es cada vez más urgente dentro del propio país. Aun así, el equilibrio entre uso y conservación sigue siendo uno de los pilares sobre los que se sostiene el modelo islandés, algo que cuesta encontrar en otros destinos que han sucumbido a una explotación turística más agresiva.