Sofisticada, vanguardista y de una sexualidad extremadamente abierta para su época la artista polaca, Tamara de Lempicka (1898-1980), visitó España en 1932. Vino sola y una amiga de París pidió al periodista de ABC, Gil de Escalante, que acompañara a la pintora durante se estancia en Madrid. Allí fue y se encontró a una mujer “joven, alta, rubia, bonita”. De sus encuentros da cuenta en una crónica en el diario del 10 de agosto.

Como detalle curioso y muy español anotaré que en estas dos salidas de acompañante oficial de una señora extranjera me han guiñado el ojo todos mis conocimientos de una manera harto exagerada. Era un guiño tácito y como convenido. Era ese guiño que en España se hace siempre a todo marido a quién se ve acompañando a una mujer que no es la suya. Ese guiño quiere decir: ‘Conste que te veo, pero como si no te hubiera visto’.

Exceso de suspicacia. Se puede acompañar a una señora que lleve rojas las uñas y depiladas las cejas; se puede andar al lado de una mujer que vaya bien vestida y sea guapa sin darle al hecho una importancia de aventura. Vamos, se puede en cualquier lugar del mundo menos en España. En España no. ¿Ir al lado de una mujer “por las buenas”.. ? ¡Que no, hombre; que no…! Para los ojos del buen español toda pareja que no constituya un legítimo matrimonio tiene siempre algo de Eva y de Adán recién expulsados del paraíso.

El periodista intenta en esta singular crónica, leída casi un siglo después, distanciarse de los usos de su tiempo, pero no tiene ningún reparo en escribir que “podría haber pintado tan bien como pinta, y si hubiera sido fea, probablemente no hubiera llevado mi amabilidad a los límites”.

Tamara Lempicka (a la derecha) con la actriz Virginie Field, en 1941. Nicholas W. Orloff

Esta es la España que se encontró Tamara de Lempicka en 1932, este era el mundo en el que vivió la polaca. Lo que no le impidió vivir su bisexualidad abiertamente y desarrollar su talento; primero en Europa y, después, en Estados Unidos. Lempicka no había viajado a España para ir a Chicote con el periodista, sino que había venido para conocer de primera mano la pintura de Goya, Velázquez o el Greco. También visitó Toledo, Sevilla, Córdoba y Málaga.

Tamara de Lempicka es hoy un reconocible icono de modernidad al que han recurrido con asiduidad la imaginería de la moda y la publicidad tanto por su obra como por su personalidad. La reina del pop, Madonna, ha sido una de sus máximas evangelizadoras, ya que recurre con frecuencia a su figura, a su estética y a sus cuadros en conciertos y en imágenes promocionales.

«Es una mujer con mucha fuerza de voluntad, muy valiente. No fue solo un personaje. Lo más importante de ella es su valor y la independencia. Cuando se fue a París por culpa de la revolución rusa tuvo que empezar de nuevo y hubo momentos en los que pasó apuros. Pero pudo reconstruir, como muchos aristócratas de Rusia, su vida de lujo en París”. explica Gioia Mori, experta en Lempicka y comisaria de Tamara de Lempicka, reina del Art Déco, muestra que hasta el 24 de febrero acoge el Palacio de Gaviria de Madrid. La exposición encumbra a la pintora como la reina del art déco motivo por el que está compuesta, además de su obra, por de 200 piezas entre muebles, vestidos de época y documentos provenientes de hasta 40 colecciones privadas.

La artista polaca vivió en París desde su exilio de Rusia hasta que cruzó el charco antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial. Inició su carrera haciendo ilustraciones de moda para modistos y revistas pero en cuestión de tres años se convirtió en una artista de renombre internacional y en la máxima exponente de la modernidad. Su casa en París fue objeto de películas y múltiples reportajes de revistas por su carácter futurista.

En su etapa americana la artista encontró acomodo entre la pompa de Hollywood y aunque su fama decreció porque la corriente del art déco fue siendo sustituida por otras tendencias, en los años sesenta se recuperó el interés por su trabajo.

Lempicka y Sra Otto Preminger en 1941 Nicholas W. Orloff

Alfonso XIII, regresa del exilio

Tamara de Lempicka se pasó gran parte de su vida en EEUU recordando sus años de juventud y éxito en Europa. Una de las cosas que siempre recordaba cuando hacía repaso de sus hitos en el viejo continente era el momento en el que hizo un retrato al rey de España en el exilio.

El retrato recuperado de Alfonso XIII Jesús Varillas

Ocurrió en 1934 en la localidad balnearia de Salsomaggiore, en Italia. Lempicka era una celebridad entre la élite cultural de los países por los que viajaba, era una sensación. La pintora polaca era la encarnación de la modernidad. No es de extrañar que una publicación local diera cuenta del hecho de que la pintora estaba retratando a Alfonso XIII.

El retrato, realizado sobre una tabla, está inacabado y podría hasta ser un estudio previo para un cuadro mayor que nunca se produjo. El cuadro estaba perdido hasta hace un par de años que lo encontró la experta en la obra de Lempicka, Gioia Mori.

Estaba investigando con antiguos ejemplares de la prensa polaca y vio unas fotos de Alfonso XIII y se acordó de un cuadro de Lempicka con un retrato que se había atribuido al poeta francés y Nobel de literatura, Saint-John Perse. Había estado expuesto en una retrospectiva en 2010 en Tokio en una muestra comisariada por Alain Blondel, a quién Mori preguntó por la documentación que acreditaba que el retrato era del poeta francés.

El retrato se había atribuido sin prueba alguna. Pero Mori tenía que probar que su teoría era cierta. Para ello contactó con el propietario del cuadro y dieron con un sello en el marco que revelaba su procedencia de Venecia, un lugar donde Lempicka hacía siempre parada en su camino a Salsomaggiore. Ahora el cuadro que Lempicka hizo del rey exiliado en Italia ha regresado a la capital del reino restaurado de España a la exposición sobre la pintora más famosa del art déco. A una España donde una mujer puede pasear con un hombre sin que parezcan expulsados del paraíso. Incluso con otra mujer.