No necesitó más, apenas un pequeño taller de 23 metros cuadrados y altas dosis de inquietud, curiosidad y exploración. El joven Alberto Giacometti lo había visto desde niño, el arte había que experimentarlo, interpelarlo y plasmarlo con sencillez. Cuando nació en Suiza, allá por 1901, en el hogar de sus padres la creación fluía con naturalidad. Su padre, Giovann Giacometti, era ya un conocido pintor neoimpresionista que pronto enseñaría al pequeño Alberto el arte de la pintura y la escultura.

Con apenas 21 años, sus padres le empujaron a dar un paso más, a adentrarse en el mundo del arte viajando a la cuna de los artistas, París, para formarse junto a Antoine Bourdelle. Allí descubrió el postcubismo de Lipchitz, Laurens, Picasso o Brancusi. Cuatro años después, había encontrar su lugar, su camino para avanzar en solitario en la interpretación del mundo y del hombre y que reflejaría de modo prolífico a lo largo de su vida. Lo hizo en el sencillo y estrecho taller de la calle Hippolyte-Maindron, cerca de Monstparnasse de donde surgió la mayor parte de su obra.

El singular planeta que esculpió y dibujó Giacometti se puede descubrir en el Museo Guggenheim de Bilbao, en la retrospectiva que hasta el 24 de febrero reúne más de 200 obras del artista que dedicó su vida a “ver, comprender el mundo, sentirlo intensamente y ampliar la capacidad de exploración”, en palabras del propio Giacometti. Un recorrido por su legado que abarca su primera etapa de juventud en los años 20 que dieron paso a un periodo postcubista y surrealista hasta el regreso a la figuración desde el final de la segunda Guerra Mundial y hasta muerte en 1966.

El Museo Guggenheim muestra una retrospectiva de 200 obras del escultor y pintor suizo

Es la imagen que identifica su obra; la figura humana, estilizada, hierática y siempre. Figuras que en muchos casos se inspiraban en su entorno más cercano, en su hermano Diego, su esposa Anette, amigos y amantes que posaron para él. Su curiosidad por comprender el rostro y el conjunto del ser humano le movieron y le hicieron explorar sin descanso. Y siempre de modo sencillo, en su aspiración y en el uso de materiales. El yeso o la arcilla que otros sólo empleaban para bocetos, Giacometti la elevó para convertirla en la materia prima de alguna de sus obras más emblemáticas, como ‘Mujeres de Venecia’, que ahora se exhibe al público por segunda vez desde que las creara para la Bienal de Venecia de 1956.

Planos y escalas

El recorrido por la muestra arranca en su primera etapa cubista en el París de comienzos de la década de los 20. Fue allí donde comenzó a experimentar con la relación de las esculturas y el plano. La abstracción que alcanzaron sus primeros trabajos culminaron en obras prácticamente planas, sin volumen. Su evolución le llevaría en aquel París bullicioso de artistas de vanguardia a abrazar el surrealismo como corriente empeñada en erradicar el racionalismo para explotar la imaginación. Las creaciones oníricas que representan mundos interiores con imágenes hasta entonces insólitas le convertirían en un representante destacado del grupo que lideraba Andre Bretón a comienzo de los años 30.

‘Femmes de Venise’

Pronto su constante interpelación al mundo y al entorno que le rodeaba le llevó a separarse de aquel mundo surrealista para volver a trabajar sobre un modelo real. Fue ahí cuando su hermano Diego, la modelo Rita Gueyfier y su esposa comenzaron a pasar horas casi a diario para modelar esculturas cada vez más expresivas. No es hasta 1940 cuando Giacometti comienza a crear sus particulares figuras alargadas, escuálidas con contornos desdibujados y que sugieren la visión lejana de la figura humana.

Giacometti: “No se ve a una persona en su conjunto hasta que uno se aleja y se hace minúsculo”

Entre los años 1938 y 1944, aquellas alargadas figuras humanas fueron reduciéndose hasta alcanzar proporciones minúsculas. Durante los años de la guerra regresa a Suiza y convierte el hotel en el que se refugió en su taller. Su sobrino Silvio fue el modelo que reprodujo una y otra vez, a veces tras posar apenas 15 minutos, otras durante más de una hora. Cada día la escultura se hacía más pequeña, hasta llegar a sintetizar las formas en figuras de apenas tres centímetros. Giacometti explicaría después el proceso: “No lo entendía. Empezaba grande y acababa minúsculo. Sólo lo minúsculo se me antojaba parecido. Lo comprendí más tarde. No se ve a una persona en su conjunto hasta que uno se aleja y se hace minúsculo”.

El hombre que camina

El hombre que camina

“Ni una pulgada”

Esa inquietud por los planos y las escalas que siempre le movió, fue la que le llevó a mediados de los 40 a crear sus obras más conocidas. Es entonces cuando crea las figuras extremadamente alargadas y estilizadas con las que experimenta sobre el espacio y la distancia entre el modelo y el artista. El final de la guerra le marcó y de regreso a París aseguró que no dejaría nunca más que sus estatuas se redujesen “ni una pulgada”. “Y entonces pasó esto: logré mantener la altura, pero la estatua se quedó muy delgada, como una varilla, filiforme”.

Una de las de la exposición está dedicada a mostrar como Giacometti trabajó las diferentes escalas que en sus obras trabajó el artista suizo. En su época surrealista indagó sobre las dimensiones de las bases que debían tener sus esculturas, integradas como un elemento más e la obra. Años después esas bases se elevarían, convertidas casi en columnas o coronadas por grandes bustos.

El recorrido por la retrospectiva concluye con una sala dedicada a las pinturas y dibujos del artista. La evolución en sus retratos, centrados de nuevo en las personas más próximas a él. A través de ellos se descubre la evolución de su obra. La figura y el individuo, verdaderos pilares de su obra.