Nunca fue un viaje tan completo. Trayectos parciales, someros o detallados los hubo, pero siempre incompletos. Recorrer la vida de Ignacio Zuloaga (Eibar, 1870-Madrid, 1945), trazo a trazo, obra a obra, jamás fue fácil. Sobre parte de su obra se impuso la oscuridad, el olvido o simplemente la simplificación. Han sido necesarios cinco años de investigación para resituar su vida y su obra completa y poder presentar la mayor retrospectiva jamás mostrada al público del genial pintor guipuzcoano. Desde este miércoles y hasta el 20 de octubre podrá verse en el Museo de Bellas Artes de Bilbao la muestra, ‘Zuloaga 1870-1945’, una selección de 95 trabajos de los que la mitad de ellos no se habían vuelto a exhibir desde que falleció hace más de siete décadas. Otros muchos, son inéditas y las hay casi desconocidas.

Quienes han contribuido a restaurar el completo puzzle de quien se convirtió en el referente de la pintura figurativa a nivel mundial son los dos comisarios de la muestra, el historiador Mikel Lertxundi y el responsable de colecciones del museo, Javier Novo. Hacía más de veinte años que el Bellas Artes de Bilbao no dedicaba una exposición completa a Zuloaga, a su obra. Hace cinco años, el anterior responsable de la picanoteca, Javier Viar, decidió que era hora de volver a situar al pintor vasco en el lugar que la historia del arte le reserva. Para ello, Viar encargó que se volviera a revisar su vida, su legado, su historia. Ahora, su sucesor al frente del Museo, Migue Zugaza, ha completado la operación con la inauguración de la exposición y la publicación del catálogo de la misma.

“Han sido cinco años de una gran aventura”, resume Lertxundi. Un lustro de investigación, de análisis de documentación, de búsquedas por colecciones privadas, públicas, y de descubrir viejos catálogos. “Nos dimos cuenta de que la mayor parte de las colecciones que se habían hecho hasta ahora eran muy similares, siempre se recurría a los mismos fondos y cuando recurres a los mismos mimbres sale algo similar”.

Hasta ahora todas las exposiciones habían sido muy similares, recurría a las mismas fuentes. Esta no. Han sido cinco años de investigaciones»

La fuente de la que hasta ahora se bebía para abordar a Zuloaga era, fundamentalmente, el historiador del arte, Enrique Lafuente Ferrari y su catálogo de 810 obras de Zuloaga. “Nosotros hemos identificado cerca de un millar”, asegura. Una larga documentación de sus obras que se completó con la localización y estudio del lugar en el que se conservaban gran parte de ellas.

Un ‘artista total’

El estudio que ahora desemboca en la mayor retrospectiva de Zuloaga jamás mostrada, reveló que las grandes lagunas sobre su vida permanecían en los primeros años de su obra y en los últimos años de vida. Javier Novo asegura que una de las primeras tareas que intentaron afrontar fue desmontar falsas ideas, recalibrar el valor de su trabajo y restaurar algunos aspectos de la figura de Zuloaga: “Su genialidad fue la de un artista total, un hombre autodidacta, que también ejercía una labor comercial sobre su trabajo, mediática o que incluso se preocupaba de modo obsesivo por el modo en el que eran embalados los cuadros o se hacían las reproducciones”.

Autorretrato, 1908

El recorrido para arrojar luz sobre la figura del pintor no sólo les ha llevado por algunos de los más importantes museos del mundo y de nuestro país, sino también por universidades o centros culturales. Una documentación tras la cual reivindican la necesidad de erradicar algunos de los estereotipos que se llegaron a asignar al pintor, como un pintor “folclórico” el de “la España rural” o incluso cercano al régimen franquista.

Lertxundi y Novo subrayan las distintas facetas que abarca la trayectoria de Zuloaga y que se exhiben en la exposición a lo largo de sus 15 salas. Todo comienza con su llegada a París siendo apenas un joven pintor de 20 años, capaz de captar el espíritu de los barrios humildes de la ciudad. A continuación, se muestra su llegada a Sevilla primero y su etapa más importante en Segovia, después. Fue en la ciudad castellana donde gracias a su pintura figurativa lograría la proyección internacional que siempre le acompañó. En la exposición también queda reflejada la motivación social que siempre motivó su trabajo, la apuesta por los personajes humildes, las pinturas en las que la seducción femenina mostrada a través de la prostitución se convirtieron en otro modo de reflejo social. En Zuloaga tampoco faltó su etapa como paisajista, ni la de retratista, incluso de perros.

Entre las 95 obras que se exhiben, la mitad no habían sido mostradas desde la muerte del pintor vasco en 1945

La muestra antológica comienza con una selección de algunas de sus primeras obras, las de su juventud en la década de 1890 en la que las influencias del naturalismo, el impresionismo y el simbolismo francés emergen con fuerza. Una muestra de realismo social, en este caso ambientado en los suburbios parisinos, en la que sobresalen las representaciones de figuras como los barrenderos, los vagabundos y las prostitutas, en un intento por captar las atmosferas de aquella ciudad. Uno de los apartados de la muestra del Museo de Bellas Artes intenta desvelar cómo “el comercio carnal” fue uno de sus temas centrales. Los códigos sutiles de la prostitución se esconden en muchas de las obras que fueron interpretadas como paseos o “almuerzos de damas” se pueden observar en varios cuadros.

Mujer de Alcalá de Guadaíra

De Sevilla a Segovia

A continuación se exhibe parte de su legado como retratista, uno de los géneros en los que más despuntó.  Fue después cuando Zuloaga regresa a España, a Sevilla, donde residió entre 1894 a 1904. Lo hizo para intentar arraigar su pintura a la tradición española y donde la influencia de Velázquez y Goya son notables.

Su deseo por formar parte de esa tradición pictórica española se acentuó con su traslado a Segovia en 1898. Un tiempo en el que el naturalismo y el simbolismo, valiéndose de la cultura rural castellana, abriría un tiempo nuevo en la figuración española y europea. Es en estos años es cuando surgen las obras con las que se acercaría a la humildad del mundo taurino rural, a las costumbres religiosas de Castilla o a la humildad del campo –siempre rehuyó del entorno urbano- y que tanto definieron su obra durante las dos primeras décadas del siglo XX. Un periodo que le valió duras críticas en España por hurgar en la crisis nacional tras la pérdida de las últimas colonias españolas.

Los retratos de sus primas Cándida, Esperanza y Teodora, evocando una evidente influencia goyesca,  forman parte de otros bloque relevante de trabajos. Una colección de casi 40 obras convertido en un género por si mismo en la colección de Zuloaga y con el que recrea el arquetipo de seducción de la mujer española.

La prolífica obra ahora documentada también muestra su faceta paisajística. Lo hace a través de medio centenar de cuadros en los que se combinan los campos castellanos, navarros y riojanos, con composiciones de edificaciones.

La exposición culmina la “aventura de Zuloaga” en sus últimos años como pintor. Tiempos complejos de proclamación de la Segunda República y estallido de la Guerra Civil, que tanto le afectaron personal y artísticamente. Su prestigio internacional se convirtió en un atractivo para el régimen franquista que difundió su obra en exposiciones por todo el mundo.