Me ahogo. Aquí no quedan ni caras, ni paisajes que merezcan la pena”. Paul Gauguin (París, 1848 – Atuona, 1903) realizó su primer viaje a Tahití en 1891. Enfermo de sífilis, rastreaba el camino para renacer como artista. Nieto de Flora Tristán, precursora del movimiento feminista, Gauguin nació en el seno de una familia liberal que huyó a América después del golpe de Estado de Napoleón III en 1851. El entorno indómito de esos años inevitablemente influyó en su obra como artista. Su vuelta a Francia, su éxito como agente de bolsa, su matrimonio y sus cinco hijos, su inmersión en el impresionismo y la posterior debacle de su burguesa vida familiar y profesional, todos estos altibajos lo había sumido en una crisis existencial. Paul Gauguin necesitaba huir para renacer.

Su viaje a la Polinesia fue una incursión en lo exótico, pero también una búsqueda desesperada de otra forma de vida y ese es el momento en el que arranca Gauguin, viaje a Tahiti, la película dirigida por Édouard Deluc que se estrena el próximo 5 de octubre. Paradójicamente, esta travesía resulta más fotográfica que pictórica, pues a pesar de narrar una de las épocas más prolíficas del precursor de Fauvismo, Deluc muestra la belleza de las islas de la Polinesia en lugar de los grandes cuadros del genio.

Un verosímil Vincent Cassel presta la mirada y las manos al maestro para desvelar tan sólo tres o cuatro lienzos y media docena de bocetos en una película que pulula por el primer viaje a la Polinesia de Paul Gauguin. El artista vivió en Tahití en la pobreza más extrema, enfermo de sífilis (no diabético como se apunta en el filme) y obsesionado por Tehura, la joven nativa protagonista de todas sus pinturas de esa época.

La intención del artista era llevar una existencia armoniosa, acorde con la inocencia y vida de los nativos «sin otra preocupación en el mundo», escribió. «Más que expresar, como lo haría un niño, las impresiones de mi mente, usando solo el medio del arte primitivo; el único medio correcto, el único medio verdadero».

Édouard Deluc se ha basado en los recuerdos escritos por el propio Gauguin en Noa Noa

Édouard Deluc se ha basado en los recuerdos escritos por el propio Gauguin, memorias que narró en Noa Noa (libro editado en Francia en 1901). “Es una aventura increíblemente poética, sobre los misterios de la creación, el amor por tierras lejanas, la dedicación absoluta al arte, la necesidad para crear una obra. Pero también es una historia sobre el amor y la libertad”, confiesa el director.

Sostiene Édouard que Gauguin es «un personaje extraordinario en busca de un sueño hedonista, que quiere deshacerse de todas las convenciones para volver a conectar con la naturaleza salvaje».

Así, el artista vivió durante 18 en la aldea de Mataiera, se integró en la jungla y se encamó con una joven de 13 años mientras dejaba en el camino a sus cinco hijos y a una esposa que se negó a seguirle en la aventura.

Vincent Cassel, convertido en Gauguin, surge en la pantalla como un hombre rudo, parco de palabras, un hombre de silencios prolongados cuya obsesión le lleva a rozar la locura, el éxtasis, la crueldad y el maltrato. Enfermo de celos es capaz incluso de encerrar bajo llave a la joven Tehura. La pena es que Deluc se pierde entre la belleza de las islas y abandona al espectador que si no conoce la vida del artista se extravía y olvida el interés por la historia.