No entró en el mar pasito a pasito, como contaban. Lo hizo rápido y adelantó los dos pies a la vez. La poeta Alfonsina Storni (1892-1938) supo que el cáncer la invadía y decidió adelantar lo que ya le habían dicho iba a ser inevitable. Se lanzó desde un espigón a 500 metros del agua, dejando entre los barrotes uno de sus zapatos. Se tiró lúcida, un 25 de octubre de hace 80 años. Antes envió su último poema. Lo tenía todo controlado.

El suicidio como opción. Así lo consideraba ella. Puede que por la influencia de su amigo, y algunos aseguran que amante, Horacio Quiroga, que había hecho lo mismo un año antes. A él, el cáncer se lo habían diagnosticado en la próstata. Los dos decidieron sorprender a la muerte. Los dos vivieron peor de lo que merecían.

Alfonsina, como si el destino lo tuviera todo preparado, nació antes de lo esperado en altamar. Sus padres se dirigían de Argentina a Suiza, unas vacaciones obligadas por el médico para intentar paliar las depresiones que el alcoholismo le provocan a él. Pasó poco tiempo en aquel país, ya que con apenas dos años la familia volvió a cruzar el charco para reunirse con el resto de sus hijos en San Juan. La poeta tenía dos hermanos mayores y al poco tiempo nació el último de la familia.

Aunque antes de irse a Suiza su padre había hecho algo de dinero gracias a la fabricación de una cerveza, lo había empleado en lo mismo y ahora los Storni no tenían ni un centavo. Montaron una cafetería, donde Alfonsina se puso a trabajar limpiando suelos y poniendo tragos. Al poco tiempo, su padre murió. «Triste y borracho», como diría ella años más tarde.

Quisieron enseñarme a golpes que la vida es dulce»

La agonía económica se acrecentó y la madre de Alfonsina tuvo que elegir. Sólo uno de sus tres hijos mayores podía permitirse ir a la escuela. No lo dudo, su niña era la más inteligente y despierta de todos. Con 12 años le dejó debajo de la almohada un poema. Resultó ser tan desolador que derivó en una charla madre e hija sobre el lado bueno de la vida. «Quisieron enseñarme a golpes que la vida es dulce», aseguraría Alfonsina en una entrevista ya de adulta.

A ella, esos golpes no la hicieron más feliz pero si definieron sus ideas. Con tan solo 16 años ya era miembro del Comité Feminista de Santa Fe, líder de la Asociación proderechos de la mujer y fieramente libre. Se fue de casa en 1909, después de que su familia tuviese que mudarse de ciudad en varias ocasiones. Trabajó en todo lo que encontró, estudió para poder ser maestra rural y acabó publicando artículos y poemas en revistas. Esa libertad, la de no cumplir con los estándares sociales, la llevó a mantener una relación esporádica con un hombre casado, 24 años mayor que ella, sin que le importase lo más mínimo el qué dirán.

Yo soy como la loba./ Quebré con el rebaño/ Y me fui a la montaña/ Fatigada de llano./ Yo tengo un hijo del amor. Del amor sin ley»

Pero se quedó embarazada y se largó a Buenos Aires. Una madre soltera a principios del XX necesitaba una ciudad grande para pasar lo más desapercibida posible. Tenía tan sólo 20 años. Su hijo, Alejandro, la hizo fuerte y, sobre todo, la dejó sola. «Yo soy como la loba./ Quebré con el rebaño/ Y me fui a la montaña/ Fatigada de llano./ Yo tengo un hijo del amor. Del amor sin ley», escribió años más tarde en uno de sus poemas más feministas y que formaría parte del primer poemario que consiguió publicar en 1916. Se trataba de una declaración de intenciones. «La que pueda seguirme que se venga conmigo./ Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,/ la vida, y no temo su arrebato final/ porque tengo en la mano siempre pronto un puñal», añadió y se mantuvo de pie desde entonces.

Sus artículos fueron cada vez más feministas, más críticos con la sociedad. Sus poemas eran duros, sensuales, reivindicativos. Ella defendía el voto de la mujer, mostraba un resentimiento feroz contra el hombre y durante muchos años sus obras no le dieron ni un duro por lo que tuvo que compaginar su pasión con otros oficios. Pero fue persistente, consiguió publicar, consiguió darse a conocer y en 1922 demostró ser tan válida como cualquiera alzándose con el Premio Nacional de Poesía de Argentina.

Era demasiado moderna para la época. Iba con demasiado fuerza contra del sistema establecido.

Pero su ideología le provocó varios parones en su carrera. El 20 de marzo de 1927  se estrenó su obra de teatro El amo del mundo, en la que reflejaba su visión de las relaciones entre hombres y mujeres. Cada vez más reivindicativa, cada vez más feroz. Al estreno asistió el presidente Marcelo Torcuato de Alvear y a los tres días tuvo que retirarse del cartel. Las quejas sonaron con fuerza. Era demasiado moderna para la época. Iba con demasiado fuerza contra el sistema establecido. 

Pero cada golpe que le daban le hacía tirar con más fuerza del carro del feminismo. Siguió escribiendo, publicando, estrenando obras de teatros en la que la mujer siempre se alzaba como protagonista. Su lucha le salía de las entrañas. Venía desde la infancia. De lo que ella quería conseguir por las que no pudieron ser tan libres. «A veces en mi madre apuntaron antojos/ de liberarse, pero se le subió a los ojos/ una honda amargura, y en la sombra lloró./ Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,/ Todo eso que se hallaba en su alma encerrado,/ pienso que sin quererlo lo he libertado yo», escribió.

En 1935 le llegó la peor de las noticias. Tenía cáncer de mama. Se operó, se trató, pero descubrió que no podía hacer absolutamente nada. Estaba totalmente infectada. Tres años más tarde volvió de donde había venido, del mar. «Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame», fue uno de los versos que se publicaron el día siguiente de su muerte.