Lo vi en el escaparate de una librería. Todos mis compañeros de colegio ya lo tenían y le pedí a mi padre que me lo comprase. “En dos semanas terminas los exámenes, si te salen bien te lo regalo”, me dijo. A las dos horas tuvo que volver a por él porque yo había entrado en bucle: “Te juro que todos dieces. Todo dieces. Por favor, por favor”.

Tenía 9 años y empecé a leerlo ese mismo día. Lo mejor que salió de esos exámenes fue un cinco pelao. La historia no sólo me enganchó a mí. Lo hizo a toda una generación que esperaba impaciente el siguiente libro y que cuando llegaron las películas se volvió loca. Harry Potter fue la lectura de finales de los noventa y principios del 2000. Miles, millones de niños, de adolescentes y de adultos se metieron de lleno en la historia de Hogwarts, de Hermione, de Ron… tanto que a día de hoy siguen recordando cómo fue y qué supuso para ellos esta serie de libros.

Hablamos con algunos de ellos. Todos abducidos menos uno. Y la mayoría, 20 años más tarde, hace una segunda lectura mucho más interesante que la primera. Hablan de acoso escolar, de clases sociales, de convertir el libro en un lugar donde sentirse mejor. Muchos lo comparan con el fenómeno español de Manolito Gafotas. Y siguen las rivalidades entre las casas. Continúa siendo algo nuestro 20 años más tarde.

La librería de Miguel, la saga de Harry Potter junto a 'Limonov', de Carrère.

La librería de Miguel, la saga de Harry Potter junto a ‘Limonov’, de Carrère.

Miguel Riaño, 1991.

Lo descubrí en el cine, sesión de estreno, con mis padres y unos vecinos. Al acabar la cinta, una voz en off decía con voz engolada: “Harry Potter“. “Se acabó”, añadió bien alto uno de mis acompañantes para despelote de la sala llena de padres bostezantes.

No recuerdo mucho más de la película porque hasta entonces no había prestado demasiada atención a la saga. Primero fue la moda y después vine yo, de cabeza a caer en ella. Engullí los libros al mayor ritmo posible y quedé fascinado por el universo de Rowling, como no puede ser de otra manera, salvo para algún niño que por algún motivo tuviera de referente educativo ideal el ambiente industrial de los colegios españoles.

No es que yo me guiara demasiado por la épica. Odiaba y odio a Ron Weasley y a toda su familia y me repele el aura salvapatrias de Potter, Gryffindor y sus fans. Al final de cada libro asistía con una mueca a como Dumbledore se inventaba o exageraba puntos para regalarle la victoria a los de siempre. Mi traslación mental a Hogwarts era bastante prosaica: me proyectaba sentado en la mesa de Ravenclaw, en actitud ceniza, rodeado de compañeros cuyos nombres seguramente no aparezcan mencionados en toda la saga y despotricando contra las estrellitas de turno. En el equipo de quidditch, era cazador.

La magia del universo Harry Potter reside en que es disfrutable desde todos los prismas, incluido el mío. No existirían los face-to-face entre Harry y Voldemort sin las páginas previas de intriga de pasillo, clases de pociones y normalidad democrática. Sin pensar en qué estaría pasando en la casa común de Ravenclaw, Hufflepuff o Slytherin mientras en Gryffindor viven sus dramas de niños popus. Y sin la cara cortada del frío al pasear por la nevada y espectacular Hogsmeade, saliendo de bajar tres grandes jarras de hidromiel en Las Tres Escobas. Ese es mi sitio.

Estefanía S. Vasconcellos, 1988

Habíamos leído todos los colores de El Barco de Vapor y un buen número de Pesadillas (la serie interminable de R. L. Stine). También los primeros de Manolito Gafotas, que bien mirado sería el Harry Potter español: niño humilde que creció a la vez que sus lectores en ese Hogwarts que debió de ser Carabanchel en los años 90.

El chaval inglés llegó a mi casa en Navidad con aquel sombrero seleccionador que todos queríamos que gritase Gryffindor, pero confieso ahora que a mí me silbó la serpiente al oído. Salí disparada tras una snitch dorada que me sacaba de un pueblo frío de frontera; reconocí a Hermione en Elena y a Harry en David, amigos brillantes con los que hacía pócimas a mi manera.

Me da reparo ver las películas porque acumulamos inviernos, y empieza a dolerme la cicatriz”

Leí los siguientes libros como quien va a un campamento de verano –yo nunca había ido– y se quedaba un año en suspenso. A la vuelta, ¿les habría cambiado la voz? ¿Se les habría puesto ya mirada de adultos? Crecimos. Se nos fue complicando la vida en paralelo. Me descolgué en las últimas entregas porque me pillaron combatiendo lo innombrable de la edad. Lo siento, Lord Voldemort.

Aún uso las palabras muggle y dementor, y tengo unos calcetines horribles con los sellos de cada casa. Me da reparo ver las películas porque acumulamos inviernos, y empieza a dolerme la cicatriz.

Antonio M. Martín, 1991

Como es mainstream decir que uno se leyó los libros de Harry Potter, voy a decirlo: yo me los leí, al menos buena parte de ellos, antes de que a la gente le diera por pintarse cicatrices en la frente. Mi ejemplar de La Piedra Filosofal, amarillo y de Salamandra, lo atestigua: 1.900 pesetas tuvieron la culpa de que me pegara una enganchada importante al universo del mago más rentable de la historia.

Un Dean Thomas de la vida, en un tranquilo segundo plano, ya lo hubiera firmado”

Para cuando llegó el verano del quinto libro decidí que leerlos del primero al quinto era lo normal, así que lo hice. Terminada La Orden del Fénix pensé que igual del quinto al primero también tenía su gracia. La tuvo. Ese verano en casa de los abuelos sin wifi pero con terribles telenovelas venezolanas se pasó rápido gracias a la nieve de los jardines de Hogwarts.

Como mencionaba Miguel Riaño en estas líneas, yo también soñé con recibir la famosa carta, pero nunca quise ser Harry Potter. Eso de andar por laberintos, siempre entre la niebla y en busca de magos chungos no era lo mío. Pero un Dean Thomas de la vida, en un tranquilo segundo plano, ya lo hubiera firmado. La épica de los combates de magos no me atraía nada, de valientes están los cementerios llenos, pero era inevitable pensar cómo sería una vida en un castillo con tus amigos sin que te invadiera una sensación de profunda envidia.

Y las bufandas. Esas bufandas, todos bien ataviaditos con los colores de cada casa… ¿Quién no quiso tener una de Hufflepuff, tejón en ristre, con sus rayas amarillas? Que le den al wifi, mañana empiezo a leerlos otra vez.

Noemí, 20 años depués.

Noemí, 20 años después.

Noemí López Trujillo, 1988.

Yo empecé a leer Harry Potter por casualidad. Mi madre me trajo el tercer tomo, el del prisionero de Azkaban, del Bibliobús, que es de donde cogíamos todos los libros. Y yo me enfadé un montón, en plan “qué mierda de libro”, porque si no recuerdo mal, yo le había pedido que me trajese uno de Pesadillas, los de R.L. Stine. Y mi madre, la pobre: “Que me ha dicho el del Bibliobús que todos los niños lo leen”. Bueno, me flipó. ¡Y eso que empecé por el tercero!

Esto era el año 2000 y yo aún no había cumplido los 12. Así que tenía casi la misma edad que Harry, Hermione y Ron. De hecho, nada más acabar el de Azkaban, me cogí el primero y el segundo. Era un sufrimiento porque yo los cogía del Bibliobus y no era fácil pillarlos. Cada dos jueves, que era cuando venía el Bibliobús a mi barrio, estaba la primera haciendo cola para que no me quitasen el tomo.

Para mí el universo de Harry Potter fue un refugio. Sé que suena típico, pero yo estaba en 2º de la ESO y yo quería que ellos fueran mis compañeros de clase, y no la caterva de bullies con los que me tocó. Además, me identificaba con sus problemas, sobre todo con los de Hermione. Que como era una “sangre sucia” pues yo lo asociaba a todo el desprecio que yo había sufrido por ejemplo por ser testigo de Jehová. Lo que quiero recalcar con esto es que la saga no es solo maravillosa por el universo mágico que J.K. Rowling creó, sino porque los problemas a los que se enfrentaban sus protagonistas eran cosas con las que los críos y las crías podíamos extrapolar a nuestra vida diaria. Había un montón de elementos de identificación.

Yo me sentía identificada con Gryffindor, pero con los años me he dado cuenta de que era algo aspiracional. Estoy segura de que a mí el sombrero habría gritado “Hufflepluff”, antes siquiera de posarse en mi cabeza del todo. Pero bueno, yo albergaba la esperanza porque sí que creo que yo era como Hermione, aunque sin el pelazo. Sin el pelazo y sin tanta valentía. Y también me sentía muy identificada con Ron con todo el tema de heredar ropa de sus hermanos, y los libros. Porque a mí me pasaba igual. Cada vez que en Hogwarts se reían de él por algo de eso pues yo me acordaba de los que en mi clase se reían de mí por llevar calcetines Hike en vez de Nike y cosas así. Hay un componente de clase brutal, y ninguno de los tres protagonistas era un privilegiado.

A mí personalmente es una lectura que me ha marcado. Cuando se suelen preguntar por referencias literarias, este tipo de primeras lecturas se suelen excluir por considerarse demasiado tempranas o infantiles. Yo estoy convencida de que las autoras tanto Manolito Gafotas como de la saga de Harry Potter son inteligentísimas porque la labor didáctica que han hecho no es menor.

Xacobe Pato Gigirey, 1987.

No me acuerdo de cuántos años tenía cuando leí mi primer -y por supuesto último- Harry Potter. Lo que sí sé es que mi hermana mayor ya tenía varios de sus libros en casa, los tres o cuatro primeros y porque no habían salido más. Yo no era un gran lector pero iba leyendo algún librito y un montón de cómics. Así que no fue un trauma sentarme a leer ese libro del que todo el mundo hablaba, la versión actual de ponerte a ver Juego de Tronos y dejar de creerte especial.

Ni lo acabé y esto no me ha pasado muchas veces. Harry me pareció el típico intensito y no me creía sus traumas (ahora lo pienso y pido disculpas por mi insensibilidad). La verdad es que ni la ciencia ficción ni la magia han sido nunca lo mío. Aún el otro día vi una de sus pelis y no me enteré de nada. Una última reivindicación: Manolito Gafotas > Harry Potter.

Miriam Trapote, 1985.

Mi madre compró el primer libro de Harry Potter justo antes de empezar el verano. No sabía qué se iba a encontrar, ni si sería muy apropiado para cuatro niños de entre 7 y 12 años, así que decidió leer el libro la primera. Le gustó. Es curioso cómo los padres pueden despertar el hábito de lectura de los hijos cuando comparten libros con ellos. Ella nos habló de la magia, del colegio, del andén 9 y 3/4, y, en unos días, empezamos a leerlo los cuatro, por turnos. Al coincidir con vacaciones, teníamos más tiempo libre, y era fácil distribuir las horas del día para que todos tuviéramos nuestro rato de lectura.

Nuestro apellido, Trapote, daba mucho juego a la hora de ser “Trapotter”

Pasábamos las comidas hablando de hechizos y las tardes jugando a ser magos. No creo que quedara una sola rama en el jardín que no convirtiéramos en varita. Jugábamos a algo parecido al quidditch en la piscina y nos peleábamos porque todos queríamos estar en Gryffindor, o, en su defecto, en Slytherin. La eterna batalla entre buenos y malos. Con el tiempo, seguimos leyendo todos los libros y, luego, viendo las películas. Con cada una de ellas volvíamos a la infancia. Probablemente, no hay mayor magia que esa: que unos libros nos hagan ser niños de nuevo.

Y, por cierto, la que era fan total era mi hermana. Iba comprando todos los libros de clase de Harry Potter que salían: animales fantásticos y dónde encontrarlos… Ella siempre quería ser Hermione. Y bueno, como anécdota, me ha recordado esta tarde que le gustaba mucho nuestro apellido, Trapote, porque daba mucho juego a la hora de ser ella Sofia “Trapotter”. Las cosas de mi hermana.

David Domínguez, 1973

¿Adultos leyendo libros infantiles? Caras de asombro en la redacción. ¿Acaso los adultos no leen cómics? ¿Acaso no ven películas de animación? ¿Acaso no ven series de héroes de Marvel en Netflix?

Cuando Harry Potter cayó en mis manos era un niño de 11 años recién cumplidos (Harry, no yo) y su historia no dejaba de ser la de un libro infantil con un argumento bastante relamido: niño huérfano, desgraciado, casi maltratado… al que el destino le tiene reservado un futuro mejor, saliendo de ese anonimato, haciendo “grandes cosas”, como le anticipó Garrick Ollivander cuando compró su varita.

David, con camiseta de Harry Potter.

David, con camiseta de Harry Potter.

En ese momento los que, ahora sí, fuimos niños de 11 años que leían tebeos (no “existían” entonces los cómics) de Mortadelo y Filemón, de Zipi y Zape, de Superlópez, de Anacleto… que trasteábamos con aquellos primeros ordenadores personales (Spectrum, Amstrad…) e íbamos a la biblioteca a leer los “tebeos premium” de Asterix y Tintín… esos niños que no nos escalabrábamos a pedradas en el parque, le cogimos cariño a Harry Potter.

De libro infantil pasó a novela adolescente (gran giro en El prisionero de Azkabán) y mutó al final de la saga en oscuras historias sobre la muerte y el destino (quizá demasiado oscuras para chavales de 18 años). Quedamos atrapados en su miles de historias secundarias (las que desgraciadamente se pierden en las películas), su mezcla de magia y costumbrismo y su ingenua moralina de que al final el bien vence al mal (aunque a veces duela).

No busquen en los libros de Harry Potter grandes joyas de la literatura universal, pero si quieren que sus hijos algún día tengan interés en leerlas, la saga del niño mago es un inicio perfecto. Como dijo una amiga, hace mucho tiempo, Harry Potter es el mago que convierte a los niños en lectores.