Es una historia de felicidad acabada. De recuerdo de lo vivido, de añoranza de lo que no volverá y de una ausencia que se recuerda a cada hora de cada día. Afirma que ésta es su última aportación a quien fue el amor de su vida, el que comenzó a irse con el diagnóstico médico que no pudo superar y que comenzó a oscurecer si vida. Fernando Savater lo llama “el apagón”, con su marcha se fue la alegría y se instaló la tristeza, en cada cuarto, en cada lugar. Lo afirma con claridad casi cinco años después de que Sara Torres, su mujer, falleciera. Ella significaba no sólo “el amor de mi vida,” sino su “amor a la vida”.

El título de su último libro, el que le ha revuelto por dentro mientras lo escribía sin que ella pudiera darle el visto bueno, como hizo con todos los anteriores, es revelador: “La peor parte. Memoria de amor” (Ediciones Ariel). En él, Savater relata su vida feliz junto a su mujer, aquella joven de pelo “a lo punki, con las puntas disparatadas”, que se había puesto el sobrenombre ‘Pelo Cohete’ y que siendo su alumna conoció en el bar de la facultad. Se le acercó decidida para reprocharle que no le había gustado nada la clase que acababa de impartir.

Fue sólo el comienzo de una larga historia de amor de más de 35 años. Una vida en la que les unió la inquietud intelectual, el compromiso social por la libertad y el cine, el de monstruos y fantasmas. Da fe de ello la casa que compartieron en San Sebastián, repleta de muchos y elementos monstruosos y fantasmagóricos, que un día fue “paraíso para dos”, asegura el filósofo guipuzcoano, y que es hoy “infierno de uno solo”.

En el libro Savater narra cómo era su vida en pareja, cómo descubrió incluso que ‘Pelo Cohete’ había pertenecido a ETA, aquella banda que años después les pondría a ambos en la lista de objetivos. Una militancia casi adolescente y de la que se desligó tras la muerte de Franco: “No entró por ideología nacionalista sino por rebelión social: ella quería luchar desde niña contra los pisoteadores de pobres”, relata.

ETA, militancia y acoso

Fue el entorno radical el que le propinó varios de los golpes más duros en su vida. El asesinato del amigo común, el ex presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Tomás y Valiente, pareja de conferencias de Savater y cuyo tiroteo en el despacho de la Universidad le inquietó profundamente. También el entorno de ETA estuvo detrás de la presión para que abandonara la Universidad del País Vasco bajo la razón de que su seguridad no estaría garantizada.

La suya no fue una vida fácil. Ni en la infancia ni en la madurez. Nació en Canarias, en el seno de una familia pobre y desestructurada. Se crio en Hospitalet, en su infancia vendía helados para ayudar a la economía familiar. En su juventud militante se instaló en el País Vasco francés y en su regreso a la democracia se instaló, libre de ataduras etarras, en San Sebastián. Allí aprendió euskera, lengua que hablaba mejor que muchos de los que después harían la vida imposible a la pareja.

A lo largo de las 230 páginas de ‘La peor parte’, Savater viaja en su pasado más feliz para regresar al presente más melancólico y triste en el que ha aprendido a sobrevivir. “Reconocía a la alegría por el ruido que hizo al marcharse”, cita rememorando las palabras de uno de los poetas favoritos de Sara, Jacques Prevért. A Savater las convenciones sociales en torno a la viudedad le irritan. No soporta que le digan que ‘el tiempo todo lo cura’, en su caso cinco años más tarde no lo hace y sabe que no hará jamás. Se consuela pensando que pasados los 70 años, “ya no queda mucho”.

Echa de menos no tenerla para vivir, para ser la primera lectora de sus escritos, la crítica más perspicaz y severa y su compañera de sofá para ver la película que cada noche les reunía frente al televisor.

Su consuelo es que ha aprendido a sobrellevarlo. Diez años mayor que ella, siempre pensó que abandonaría este mundo antes. Por eso se empeñó en los últimos tiempos de convivencia, antes de que la enfermedad empezara a cavar el pozo, en pedirle que se casaran, que formalizaran su relación “por los papeles” y por dejarle a ella “todo arreglado”. En realidad le aterrorizaba imaginar que ella no lo soportaría, que quedarse sola le podría llevar a “quitarse de en medio”. Pero la enfermedad se cruzó para alterar su previsión más pesimista y enseñarle que sería él quien debería aprender a sobrellevar ‘La peor parte’ de la vida.          

Pregunta.- ‘La peor parte’, ¿es un libro de amor, de muerte, de vida, de enfermedad?

Respuesta.- Es un testimonio de amor pero sobre todo es a la vida de una persona que me parece extraordinaria, no sólo en mi vida sino en la de muchas personas, en acontecimientos que ocurrieron en el País Vasco, en el cine, etc. Contar la importancia de esa personalidad, tal y como la recuerdo yo, para que puedan recordarla otros.

P.- ¿Usted le planteó a ella la posibilidad de escribir un libro en el que contara su vida, su relación e incluso su muerte?

R.- Al comienzo de la enfermedad, cuando aún no sabíamos qué nos esperaba, una noche en Pontevedra, en el hospital, me dijo, ‘si tú no lo cuentas nadie va a saber lo que hemos sido el uno para el otro’. Siempre daba vueltas a esa idea, como si fuera una petición, así lo entendí yo. Si se hubiera curado lo hubiéramos olvidado, seguro. Considerábamos más importante vivir nuestra vida que contarla a los demás. Pero cuando faltó, creí que esa petición debía cumplirse, aunque me costara mucho dolor y sufrimiento.   

En el hospital me dijo, ‘si tú no lo cuentas nadie va a saber lo que hemos sido el uno para el otro’

P.- Cuenta que siempre fue su primera lectora y su crítica más exigente. ¿Qué le hubiese dicho del libro en el que cuenta su vida?

R.- No lo sé. He escrito el libro como si la tuviera por encima de mi hombro mirando lo que estaba escribiendo. Suena algo intimidatorio. A veces decía, no, esto no lo pongo, no le va a gustar. He intentado respetar el marco de lo que era ella. No era una mujer mojigata pero sí pudorosa con sus cosas. Por eso he procurado que el libro fuera respetuoso con ella, no por mí, que no soy nada pudoroso. He intentado revestirla del aire que ella hubiera querido. Hacer exhibicionismo no le hubieran gustado. Sé que seguro que me hubiera regañado por algo, aunque en general creo que le hubiera gustado.

P.- Le define como una ‘pantera tierna’. La suya no fue una vida fácil, estuvo repleta de aristas, dificultades y retos.

R.- Sí, como toda persona que no ha tenido una vida fácil. Ella nace en la miseria, tiene que abrirse paso en condiciones de extrema necesidad en Canarias primero y luego en Cataluña. Trabaja vendiendo helados y flores en las Ramblas siendo una niña para pagarse los estudios. Eso hace que, de alguna manera, también se endurezca el carácter. Ella era una persona con mucha voluntad, la que tuvo para abrirse camino. Muchas veces chocaba con el mundo que le rodeaba o incluso conmigo, que también tengo mi carácter.

P.- En el libro habla de sus sentimientos, de su amor, de cuestiones íntimas incluso. ¿No temió abrirse demasiado, desnudar en exceso los sentimientos que ambos compartieron?

R.- Creo que si no estás dispuesto a contar las cosas tal y como son no te metes en una empresa como ésta. No tiene sentido ponerse a escribir un libro como éste y que luego te la cojas con papel de fumar para contar las cosas. La mezcla de ser sincero sin caer en la desfachatez es lo que he intentado hacer.

P.- En una parte de la obra aborda la fase más política o reivindicativa en Euskadi. Incluso revela que perteneció en su juventud, durante un breve espacio de tiempo, a ETA. ¿Es un dato que dudó en desvelar públicamente?

Militó en ETA pero no iba contándolo. No era nacionalista, era una luchadora social preocupada por los pobres»

R.- Lo conocíamos unos pocos. Ella estuvo en ETA con 18 años y sólo durante la dictadura. Ella no iba contándolo. Nunca fue nacionalista. Nació en Canarias, se crio en Cataluña, vivió en el País Vasco y aprendió euskera. No tenía sentido que fuera nacionalista. Ella era una luchadora social preocupada por los pobres. Se metió en ETA porque le parecía un movimiento que luchaba contra la dictadura. Con los años maduró y se dio cuenta de lo que eran las cosas. Ocurrió con otros amigos míos como Mario Onaindia, Teo Uriarte, Jon Juaristi… Todos ellos pasaron por ETA y se convirtieron en defensores activos de la democracia y de las instituciones democráticas, es lo que le pasó a ella.

P.- Relata que hubo un tiempo en el que tampoco usted se veía lejos de las ideas que defendía ETA pero que con el asesinato de ‘Yoyes’ aquello les abrió los ojos a ambos…

R.- Yo conocí a ‘Yoyes’ como persona en México, antes de saber quién era como militante etarra. Era una chica que quería matricularse en mi curso. Sara la conocía mucho mejor. Ella la recibió y para ella el asesinato de ‘Yoyes’ fue tremendo. Le desveló el carácter totalitario de ETA, que practicaba el exterminio de los herejes, como las peores teocracias. Poco a poco nos fuimos despertando. Yo venía del antifranquismo. Poco a poco uno va adquiriendo el lenguaje democrático. Ella me ayudó mucho a mi a hacerlo. Conocía por dentro lo que era el movimiento etarra y abertzale en el que se había movido. Yo soy mayor que ella y le pude aportar mi experiencia antifranquista. Nos ayudamos el uno al otro para salir de nuestros agujeros ideológicos.

P.- Apunta que siempre le pesó, en especial en su madurez, ese pasado en ETA, que lo fue agrandando con el paso del tiempo.

R.- Lo que le preocupaba era lograr que los jóvenes no cometieran ese mismo error. Hoy también hay jóvenes de 17 o 18 años, ignorantes, que no saben lo que es la democracia o el fascismo pero ahí están, haciendo ejercicios hormonales, musculares, y si no tienen un educador…

Aún hoy, cuando veo un muñeco pienso, ‘esto le gustará a Sara’, luego me doy cuenta de que no tengo a quién comprárselo»

P.- Uno de sus mayores dolores fue consecuencia precisamente de su lucha contra ETA y todo lo que representaba; la presión para que abandonara la Universidad del País Vasco. ¿Fue lo más duro?

R.- Eso le traumatizó. Le gustaba mucho dar clases, era muy buena profesora, con ideas innovadoras, era vocacional. Tener que irse de la facultad… yo también influí. No quería que me la mataran. Cuando me dijeron que si seguía viniendo a dar clases no se podía asegurar su seguridad estaba claro. A ella eso le afectó mucho.

P.- Usted era amigo personal del ex presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Tomás y Valiente. El día que ETA lo asesinó en su despacho de la Universidad, ¿es cuando fueron conscientes de que la amenaza terrorista sobre ustedes era más real?

R.- Yo nunca me he preocupado mucho, aunque objetivamente sí debía estar en peligro, siempre era uno de los primeros objetivos de ETA. Cuando mataron a Paco Tomás, una persona con la que me veía con frecuencia y hacíamos mesas redondas juntos y siempre me preguntaba por mi seguridad, por si tomaba precauciones y demás. Y enterarme que lo mataron y que lo hicieron en la Universidad, un sitio que todos considerábamos que era santuario… Sara vio que el siguiente era yo. Fue la vez que más afectada le vi.

P.- Ahora su asesino, Jon Bienzobas, expone en casas de cultura su obra…

R.- Sí, todos terminamos en el arte (ríe)…

P.- La implicación social y política es un punto de encuentro entre ustedes. Pero sin duda, el cine es otra gran pasión que les unió, en particular el cine de terror, de monstruos, dinosaurios, fantasmas… No es fácil encontrar a otra persona que ame ese mundo con tanta pasión…

R.- Me sorprendió descubrir una persona que tenía esa misma pasión que yo o más. Eso nos complementó, nos daba mucha complicidad. Aún hoy, cuando veo algún muñeco o similar pienso ‘esto le va a gustar mucho a Sara…’ y luego ya me doy cuenta de que no tengo a quién comprárselo. En estas cosas nos mimábamos el uno al otro. A ella le encantaba hacer manualidades de muñecos y decorar la casa con ellos. Incluso pensamos en hacer un libro con nuestros monstruos, pero ya no tiene sentido.

Ahora me he dado cuenta de que triste también se puede vivir, me acostumbraré pero no se irá la tristeza»

P.- Su casa de San Sebastián está repleta de ellos, de los muñecos que compraron, que hicieron. ¿Sigue tal y como ella la decoró?

R.- Está igual. Han pasado cinco años y si viviera estaría distinta, cambiaba cada dos por tres. Yo, en cambio, lo he dejado todo igual; su cuarto, sus cosas. Mientras esté vivo no voy a tocar nada, voy a vivir en la casa tal y como ella la dejó.

P.- Usted es crítico con el concepto y modo en el que se vive el duelo y las formas sociales que le rodean. ¿Por qué? Cinco años después, ¿está en un tiempo de duelo?

R.- Soy autocrítico, yo también las he utilizado y he dicho esas tonterías de ‘no te preocupes que con el tiempo…’. Las mismas bobadas que me han dicho a mi las he dicho yo. El libro no trata de mi sufrimiento, sería una forma de narcisismo. La gente no tiene por qué estar preocupada de si estoy triste o contento. El duelo justifica la razón por la que me he puesto a escribir. Cada uno lo vivirá a su manera, la edad también es diferente. No es lo mismo perder un gran amor a los 25 que a los 70. Para mí la sorpresa es descubrir que uno puede vivir triste, yo era de los creía que la alegría era el motor de la vida y que uno hacía todo por y para la alegría. Ahora me he dado cuenta de que triste se puede vivir, peor, pero se puede. Sé que me voy a acostumbrar a estar triste pero no se me va a ir la tristeza.

P.- En varias ocasiones asegura que piensa todos y cada uno de los días transcurridos en estos casi cinco años en ella.

R.- Sí, cada hora. Cinco años después creo incluso que lo hago más. Cuando escribí el libro lo hice mucho por la necesidad de recordar para escribir y luego, todo me recuerda a ella.

P.- Dice que siempre pensó que usted moriría antes, que le dolía pensarlo por cómo se quedaría ella.

Insistí en casarnos para evitar líos de papeles. Quería dejarle bien a ella, jamas creí que me quedaría yo»

R.- Siempre estaba preocupado por dejarlo todo arreglado, los papeles. Vivimos treinta tantos años juntos  y dos años antes de morir ella me empeñé en que nos casáramos. Ella siempre me tomaba el pelo. Yo insistí para evitar líos y nos casamos. Siempre lo pensé para dejarle bien a ella, jamás pensé que sería yo el que se quedaría…

P.- Cuando la persona que más amas se va, te quedas sólo y la vida ya no es igual. ¿Es cómo lo temió, como lo imaginó cuando supo que no había curación?

R.- Yo siempre pensé que no la sobreviviría mucho tiempo. Me consolaba pensar que después quedaría librado de la obligación de vivir y que no sobreviviría. Pero pronto pensé que el que la recuerda soy yo y si yo falto, ¿quién se acordaría de ella? De lo que fue, de lo que hizo, de lo que tuvo… Eso es lo que me mantuvo vivo. Las cosas luego son peores. Yo lo imaginé como algo breve, unos meses malos y se acabó. Pero luego uno se enquista en la tristeza. De tristeza no se muere uno.

P.- Preparando el libro, ¿descubrió algo que no conociera de ella?

R.- Yo lo tiro todo. Ella en cambio guardaba muchas cosas. Tenía un cajoncito con cosas, con mis cartas, que me sirvieron para recordar, fotografías, etc. Me sirvió para recordarla de otro modo. Consulté con sus amigas para que me aportasen cosas.

P.- ¿Fernando Savater ha cambiado sin su compañía? ¿Cómo?

R.- Claro, no soy el mismo. Los demás quizá me vean parecido, pero sé que no soy el mismo. Anímicamente ni mucho menos, soy una persona que sobrevive, no que vive. He sabido qué es vivir, he vivido muy intensa y felizmente y ahora únicamente sobrevivo.

P.- Escribir un libro sobre el amor de su vida, recordarla en cada presentación y de modo constante, habrá quien piense que no le ayude mucho…

R.- Ahora sí me está removiendo un poco. Mientras lo escribía me daba la sensación de que estaba haciendo algo por ella. Era mi último servicio, contar su vida. Eso me compensaba. Pero no me ha aliviado. Me he quitado la última tarea que tenía y queda lo más difícil, vivir sin tareas.

P.- ¿Qué es lo que más echa de menos?

R.- Las broncas que me echaba. Ahora ya nadie me regaña.