«Si la guerra me perdona la vida, mi único objetivo será inmortalizar en un libro nuestra historia, la de nuestro amigos». Vera Brittain (Reino Unido, 1893-1970) tenía 22 años cuando escribió estas líneas, llevaba ya una docena de meses como enfermera voluntaria, llevaba casi un año echando profundamente de menos a su hermano, a su novio y a sus amigos que se encontraban luchando en la Primera Guerra Mundial.

No volvió a ver a ninguno. Cuando terminó el conflicto europeo su mundo se había desvanecido, los hombres que lo formaban habían muerto y ella decidió que lo único que le quedaba era cumplir con su promesa.

Portada de ‘Testamento de Juventud’, de Vera Brittain.

Comenzó a escribir, sobre ella y sobre una generación a la que le habían robado la felicidad. «La guerra se ceba especialmente en nosotros los jóvenes. Los adultos y los ancianos habían conocido una etapa de dicha, mientras que sobre nosotros se había abatido la catástrofe justo a tiempo para privarnos de esa felicidad juvenil que hasta entonces habíamos considerado un derecho fundamental», escribió y no dejó de contar hasta que llenó más de 800 páginas que ahora llegan a España gracias a la coedición de Periferia y Errata Nature.

Testimonio de juventud narra la vida de Brittain desde 1900 a 1925, se trata de un clásico de la literatura inglesa. No es una novela, tampoco un diario, es el día a día de una chica que podría ser cualquiera y nos lleva a esa época de grises, de hambre, de tener que volver a empezar.

También es un clásico de la literatura feminista, Brittain, que consiguió publicar estas memorias en 1933 y que fueron un auténtico éxito, habla del impacto que la IGM tuvo en la vida de las mujeres de Gran Bretaña. Justo cuando empezaban a despegar, se las devolvió al suelo.

Era hija de un propietario de una fábrica de papel de provincias. Pertenecía a una élite que permitía a sus hijas acudir a la universidad y, justo antes de que el mundo se diese la vuelta, ella había sido aceptada en Somerville, un college de mujeres que tenía mucho prestigio y donde tenía la intención de estudiar literatura inglesa

Pero cuando tanto su hermano, como su prometido, el poeta Roland Leighton, y sus amigos fueron llamados a filas, ella se alistó como enfermera del Destacamento de Ayuda Voluntaria donde pasó gran parte de la guerra.

Mientras trabajaba, mientras curaba, no dejaba de escribir a todos los que tenía en la guerra. Las cartas intercambiadas entre ellos están documentadas en el libro Cartas de una generación perdida, en la que se muestran los miedos, las angustias y, lo peor, las esperanzas.

Cuando todo acabó cumplió con su promesa y se puso a escribir una obra «para los seres queridos y también para aquellos a quienes no conoceremos nunca, pero que, no cabe duda, son nuestros iguales». Cuando se publicó, el éxito fue arrollador. «La primera edición se agotó en pocas semanas; Virginia Woolf anotó en su diario que se sentía impelida a quedarse despierta toda la noche para terminar de leerlo», recuerdan desde la editorial.

Se trataba de la historia de todos los jóvenes europeos, de todas las chicas que habían pensado que el mundo se les abría y acabaron con su futuro hecho pedazos. Ella siguió escribiendo, publicó otros dos libros de memorias, se forjo como pacifista, entró en la lista negra de los nazis y cuando murió sólo pidió un deseo, que la llevasen con su hermano que estaba enterrado en Italia. «Por cerca de 50 años buena parte de mi corazón ha estado en ese cementerio de ese pueblo italiano», aseguró. Ahora ya la tenemos en castellano.