Se había casado con un hombre poderoso. Miembro de una familia de editores y 14 años mayor que ella. Él le dijo que su infancia debería escribirla, que su niñez, como niña de buena familia pero desbocada, era digna de un libro. Lo que no le contó es que la encerraría con una máquina de escribir a fabricar páginas y páginas que luego vendería como suyas. Tampoco, que la convencería de aquello asegurando que como mujer nunca la leería nadie.

La vida de Sidonie-Gabrielle, más conocida como Colette, es una fantástica novela feminista. También la historia de una mujer que vivió en sus carnes lo más duro de pertenecer a alguien a través del matrimonio. Es la vida de una escritora que consiguió liberarse de todo y que logró que sus libros llevasen su firma.

Al morir, la Iglesia Católica se negó en rotundo a despedirla, a darle un funeral religioso. Fue su país, la República francesa, la que organizó un funeral de estado convirtiendo a la escritora en la primera mujer en recibir ese reconocimiento.

Su historia es la parte buena de la Historia. La de vencer a quien te quiere sumisa, presa, nadie. Colette fue a principios del siglo pasado más libre que ninguna, más valiente que muchos.

Sidonie-Gabrielle Colette (Francia, 1873-1954) nació en Saint-Sauveur-en-Puisaye y creció en el mundo laico y culto que su madre creó a su alrededor, ajena al conservadurismo que reinaba en la realidad. Vivían, ella, sus padres y sus tres hermanos, en la Villa Borgoña, un lugar en el que generaron un amor impecable por la naturaleza, los libros y la libertad. Siendo aún una adolescente tuvo que cambiarse a una vivienda más modesta en Chatillon por los problemas económicos de su familia y fue allí donde conoció a un crítico musical perteneciente a una poderosa familia de editores.

Era Henry Gauthier-Villars, apodado Willy, que la embaucó raudo y con el que se casó en 1883. Ella tenía 20 años, él casi 35. Se la llevó a un París que comenzaba a cambiar, en el que la Belle Époque sedujo a una joven Colette que había llegado con acento de fuera y una trenza inmensa hasta los pies. Allí él salía constantemente, noche tras noche dejaba sola a su mujer a no ser que surgiera algo en lo que la necesitaba. Tuvo tantas amantes que Colette, de la tristeza, cayó enferma. Perdidamente enamorada de su marido, que en aquel momento era un reconocido escritor, pasó demasiadas noches en vela, demasiado sufrimiento y acabó en una cama casi delirando.

Quizá fue esa bajada a los infiernos lo que provocó el cambio, al poco tiempo ya dejó de enfurecerse por las escapadas nocturnas de Willy y comenzó a aprender. Se cortó la trenza, se puso unos pantalones y fingió dormir mientras frecuentaba bares, teatros y tertulias literarias. También comenzó a escribir.

Colette y Willy.

Willy leyó algunas de las páginas que su mujer tenía por la habitación y enloqueció. Él, que pagaba a varios ‘negros’ para que le escribieran parte de sus libros, tenía en casa a la mejor de todos. Le pidió que aquella infancia tibia y desbocada a la vez, aquella adolescencia rebelde, la reflejase en sus escritos. "Deberías escribir tus recuerdos de la escuela primera. Cuenta detalles picantes. Estamos escasos de fondos", le dijo.

Ella así lo hizo y, cuando terminó el primer libro, Willy le aseguró que sería mucho más rentable publicarlo con su firma, que con la de una mujer nadie lo leería. Colette aceptó, se creyó que era lo mejor y Claudine, el libro que había escrito, se convirtió en un auténtico éxito en Francia.

Las niñas iban corriendo a comprar 'los claudines' y sus padres, algo escandalizados, los guardaban bajo llave

Siguió escribiendo y Willy siguió añadiendo erotismo a sus historias. Esos tonos rojizos que sumaban lectores e irritaban mentes. Publicó varios libros y logró vender medio millón de ejemplares. El rostro de su personaje cubría tazas, camisetas, fue uno de los primeros fenómenos editoriales. Era el ejemplo de una nueva adolescencia, menos encorsetaba. Cuentan que las niñas iban corriendo a comprar 'los claudines' y que sus padres, algo escandalizados, los guardaban bajo llave en cuanto los encontraban.

Algo similar a lo que hacía Willy cuando Colette le decía que ya no quería escribir más. La encerraba en su cuarto y él se largaba a acostarse con alguna de sus amantes. Una de ellas Marie Louise Servat, «Germaine», esposa del dibujante Émile Courtet, le dio a su único hijo.

Mientras tanto, nuestra protagonista ya había descubierto su bisexualidad. Empezó a juntarse con muchas mujeres, también a otros hombres, aunque su marido solo le permitió lo primero. Incluso llegaron a participar en tríos, lo que Colette reflejo en Claudine á manage, otro de sus libros firmado por Willy.

Separación y liberación

En 1906 le dijo adiós. Colette ya se había desatado, ya se había conocido y supo entonces que no necesita a un hombre para prosperar y menos a un hombre cruel como el suyo. Dejó de quererle y comenzó a vivir de una manera desaforada. A escribir con una calidad que no había mostrado hasta entonces, con la naturaleza como influencia, el deseo como el todo y la libertad como bandera. Incluso consiguió que Willy renunciara a todos los derechos sobre Claudine a cambio de una compensación económica. Aunque el único libro de aquella serie que llevó su firma fue El refugio de Claudine, como sino de lo que esperaba.

Tras la separación, conoció a Missy, Mathilde Morny, marquesa de Balbeuff. Se enamoró locamente. Se desató ya por completo. Porque la libertad es todo aquello que no haga daño a los demás y así se lo tomó ella. Aparecieron actuando juntas en el Moulin Rouge, besándose, dos mujeres a principios del siglo XX ante la mirada de un público ojiplático. Escandalosas, tremendas, fieras; fueron el tema de conversación durante meses.

Missy y Colette.

Y con aquella actuación comenzó su carrera como actriz, que manejó con talento el resto de su vida. También, El retiro espiritual, un libro de temática sexual que le volvió a provocar ser la comidilla del resto. Luego llegó La ingenua libertina y el éxito, otra vez. Y aquel empujón la llevó a atreverse con La vie parisienne, unos relatos que se acabaron convirtiendo en novela con un alto componente autobiográfico.

Su nombre ya sonaba a gritos. Ya era ella, oficialmente, la autora de Claudine. Ya era Colette, escritora desatada, la firma del momento. Y apareció Henry de Jouvenel.

La atracción fue tan fuerte que el amor por Missy se desvaneció y tras una breve e intensa relación, que la escritora retrató en El obstáculo, acabaron casándose. Tuvieron una niña, Colette. Pero llegó la guerra y a Henry le llamaron a filas. Fueron las intensas cartas de ambos las que les mantuvieron unidos durante el conflicto. Aunque todo se complicó después.

Colette, tras la liberación de París, se centró en su novela Cheri, que sería la más reconocida. También en el hijo de su Henry, el de su primer matrimonio. Un joven que le hacía ver que ella era cada vez más mayor. Acabaron acostándose juntos, acabaron destrozando a Henry y la relación entre ambos. El periodista dejó a Colette al conocer la infidelidad. Con cualquiera menos con su hijo, le dijo.

Goudeket y el fin

Otra vez sola. Otra vez escribiendo con ansia, publicó El trigo en ciernes y El fin de Cheri en cuando el hijo de Henry también optó por abandonarla. Estrenó una pieza de ballet en Montecarlo, consiguió el divorcio oficialmente y se encontró con Maurice Goudeket.

Quince años menor que la autora, se convirtió en su gran apoyo, en su tercer gran amor. Fue él el que la acompañó por Europa, quien le agarró la mano ante el reconocimiento constante en cada país. En cada conferencia, en cada visita a su hija en el internado al que la había enviado porque no se vio capaz de ser madre y escritora a la vez.

También fue Colette la que salvó a Goudeket de la muerte más terrible, la de ser judío en la época nazi. Le sacó del campo de concentración en Compiegne y él se lo devolvió permaneciendo a su lado mientras la artritis y los huesos le dolían con rabia. Vivió lo suficiente como para saber que Audrey Hepburn había protagonizado en el teatro su obra Gigi. Pero el 2 de agosto de 1954, con 81, Gabrielle Sidonie Colette murió en París. Sus restos fueron enterrados en el cementerio de Pere Lachaise, junto a Balzac y Oscar Wilde. Su funeral, una cuestión de estado tras la negativa de la Iglesia de homenajear a una bisexual, depravada y loca.

Su nombre, relacionado para siempre con Claudine. Indisoluble de la libertad, de la liberación.


Se había casado con un hombre poderoso. Miembro de una familia de editores y 14 años mayor que ella. Él le dijo que su infancia debería escribirla, que su niñez, como niña de buena familia pero desbocada, era digna de un libro. Lo que no le contó es que la encerraría con una máquina de escribir a fabricar páginas y páginas que luego vendería como suyas. Tampoco, que la convencería de aquello asegurando que como mujer nunca la leería nadie.

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