Visitas al cementerio con cita previa, sorteos para conseguir un pase al camposanto, cierre total o parcial del recinto, prohibición de visitas en grupo, distancia social, carriles únicos de ida y vuelta entre las tumbas, mascarilla obligatoria, gel hidroalcohólico, ausencia de puestos de flores… España celebra, y regula, la festividad del Día de Todos los Santos más atípica.

Hay quienes frente a estas restricciones se muestran especialmente frustrados por la dificultad o imposibilidad de realizar el periplo habitual de cada 1 de noviembre hasta la lápida de sus difuntos; hay quien ha decidido adelantar unos días esta visita para honrar a los suyos sin sorteos ni horarios; y también están los que miran las medidas desde la distancia y el desdén que otorga el duelo llevado de otra manera, siempre lejos del cementerio. Porque hay tantas formas de encarar la muerte y el duelo como millones de habitantes en la tierra. En este sentido, según María del Carmen Abengózar, profesora de psicología de la Universidad de Valencia, “las diferencias en la vivencia del manejo de la muerte en cada cultura están impuestas por el muy personal concepto de muerte que cada individuo haya construido e introyectado a través de su historia, así como por el contexto social donde crezca y se desarrolle, pese a las similitudes de los procesos expresados en diferentes culturas”.

El difícil equilibrio de atender la vida y la muerte a la vez

El Covid ha cambiado de manera notable la vida en sociedad. También ha modificado nuestros hábitos ante la muerte, una palabra y un concepto al que tendemos a huir en las culturas occidentales, pero que ahora está más presente que nunca en nuestro día a día, aunque tratemos de evadirnos. Con miles de muertos en España, desgraciadamente, son pocos los que no hayan sufrido de cerca el miedo, la enfermedad de un conocido o un ser querido, o el triste fallecimiento por causas relacionadas directa o indirectamente por la epidemia. El goteo de la muerte lleva meses abriendo informativos, tertulias y análisis de evolución de todo tipo en prensa, radio, televisión o reuniones de amigos. No hay escapatoria.

Pero pese a lo inevitable de vivir esta exposición tan cercana a la muerte, sí es importante, según los expertos, buscar un equilibrio informativo. Ni mucho, ni poco. Evadirse de las malas noticias puede matar y sobre informarse, angustia. No podemos, ni debemos, huir de la realidad, pero el “estar expuestos cada día a noticias negativas no hace más que aumentar el estrés y la ansiedad en una situación ya complicada de por sí. Una vez que aparece la ansiedad, llega acompañada del miedo, por lo que es importante evitar esa sobreexposición”, apunta Fernando Miralles, doctor en Psicología y profesor de la Universidad San Pablo CEU.

Los que más han sufrido esa cercanía de la muerte durante todos estos meses han sido los familiares de enfermos graves, principalmente por esa imposibilidad de acompañamiento durante el proceso final. En este sentido, y según Miralles, ese es uno de los grandes problemas, porque la despedida sí es siempre necesaria. “Estamos observando que esta ausencia obligada de despedida está convirtiendo los duelos en mucho más complicados. La despedida es importante que exista. En las terapias hacemos hincapié en que esa acción se realice de alguna otra manera, aunque sea mediante carta o verbalizando cómo hubiera sido ese adiós si hubieran tenido la posibilidad. De lo contrario, las fases del duelo (shock, enfado y asunción de la pérdida), se alargan más de lo habitual y supone una dificultad añadida para superar una muerte”.

Luto, tristeza, versos o tequila para honrar a los muertos

Este ejercicio de aproximación a la muerte o al luto se convierte casi en un ejercicio de aprendizaje personal, y suele estar íntimamente relacionado con el legado cultural o la religión. Católicos, musulmanes, budistas, hinduistas, ateos… hay miradas de todos los gustos para entender qué pasará después, ya sea la vida eterna, el cielo, el purgatorio, el infierno, la resurrección, la reencarnación… o la nada absoluta.

Pese a ciertas coincidencias en lo que habrá después, los ritos aún varían mucho dependiendo de la zona geográfica. En España cada vez son más cortos. El vestir de negro durante meses o las largas horas de adiós en el tanatorio van dando paso a despedidas más rápidas.

Esta tradición, según la investigadora mexicana Juanita Garciagodoy, toma tintes de carnaval en algunas localidades»

Muy diferente se encara este momento en México. Pese a que el catolicismo es la religión predominante en el país, el rito es bien diferente al de España. México celebra esta fecha con el llamado Día de Muertos, mediante un ritual de posible origen indígena en el que las familias llevan la comida y bebida preferidas del difunto para rendir tributo y también, de alguna manera, reírse de la muerte. Lo hacen a través de versos y rimas divertidas llamadas calaveritas, con las que se burlan de ella mientras beben alcohol, comen, cantan, oran, ríen o bailan… esa es la manera que tienen de burlar al miedo a través del tequila y la risa. Esta tradición, que según la investigadora mexicana Juanita Garciagodoy toma tintes de carnaval en algunas localidades, poco a poco está perdiendo fuerza, como en el resto del mundo, en favor de Halloween, mucho más atractivo para los jóvenes por su carácter festivo.

Más macabro era el rito de la primera dinastía egipcia en la que, según se desprende de una investigación del arqueólogo francés E. Amileneau, cuando moría el faraón, junto a su cuerpo también se enterraba a familiares y, sobre todo, a sus sirvientes, con la creencia de que le acompañarían y seguirían sirviéndole también en la otra vida. La diferencia es que el faraón ya había muerto y a estos se les enterraba… vivos.

Aprender a enfrentarse a la muerte, una necesidad

La pandemia ha sumido al planeta en un estado de enorme incertidumbre. Esa falta de certeza es parte de la vida. No sabemos exactamente qué nos deparará el mañana, el examen, el nuevo año, el trabajo, el amor o las inversiones. Decía la escritora Sophie Soynonov que “esperamos que pueda suceder cualquier cosa, y nunca estamos prevenidos para nada”. Pero la realidad es que entre tanta incertidumbre diaria sí hay una certeza en la vida, y la hay desde el momento en el que nacemos. Lo único seguro en esta vida es la muerte.

Cada vez es un tema más tabú y eso hace más complicado el momento de abordarla».

Es por tanto paradójico que para algo que tenemos claro, no solo no queramos prepararnos, sino que tendamos a huir incluso de la propia palabra con eufemismos como fallecer, descansar, pasar a mejor vida, subir al cielo, yacer, reposar, desaparecer… Según el propio Fernando Miralles perdemos una buena oportunidad porque preferimos “hablar mucho de la vida y no de la muerte. Cada vez es un tema más tabú y eso hace más complicado el momento de abordarla. No nos han enseñado a enfrentarnos a ella”.

En este sentido el Nobel de Literatura Herman Hesse afirmaba que “el temor a la muerte es la angustia de las angustias”. Parece, según los expertos, que buscar el equilibrio entre disfrutar la vida sin obviar lo inevitable, es lo que puede llegar a hacer más llevadero el dolor, asumir antes las pérdidas, o incluso afrontar nuestro destino con una posición mucho menos traumática. En definitiva, y pese a que la muerte no es negociable, tratar al menos de que la angustia por ella no nos ‘mate’ en vida.