José Ignacio Carnero (Bilbao, 1986) nos cuenta la historia de un hombre que va de cabeza a la oscuridad. A ese lugar de donde solo te sacan a base de orfidal y en el que puedes estar meses sin sentir, sin pensar, sin querer, sin salir. Hombres que caminan solos (Random House), híbrido entre la realidad y la ficción, habla sobre la depresión y lo hace en su versión masculina. Cuenta, un poco, a una generación.

«Durante toda mi vida no recuerdo haber caído en un momento de desaliento. Pero de pronto algo se rompió. Me iba a caer. Sabía que me iba a caer. Y, lo más importante de todo es que no me importaba. Notaba la atracción que sienten los que sufren vértigo al contemplar el vacío y me deje caer», escribe en este libro, su segunda novela después de Ama (Ed. Caballo de Troya).

José Ignacio Carnero.

El protagonista vuelve a ser él, ese abogado que escribe de viaje en viaje y que lleva un año de mierda. El que ha perdido a su madre y pasa por el hospital para ver a su padre ingresado.

También el hombre de 34 años que liga por Tinder, que se ha olvidado lo que es acercarse a una tía sin el mach de por medio. El chico que tiene problemas para mantener una relación sexual y que lo cuenta sin el más mínimo tapujo.

«He escrito este libro con la libertad que te da lo lógico. No he reflexionado, durante la escritura, acerca de si es normal o no que los hombres tengamos ciertos sentimientos y no he querido romper un tabú pero veo que lo he hecho», asegura y añade que «parece que los hombres no tienen permitido entrar en determinados aspectos porque la sociedad sólo premia ciertos comportamientos».

Arrastramos una serie de complejos de género y por eso choca que se hable tanto de un ‘problema’ sexual como de un hombre con depresión»

JOSÉ IGNACIO carnero

Según Carnero, «arrastramos una serie de complejos de género y por eso choca que se hable tanto de un ‘problema’ sexual como de un hombre con depresión».

Con depresión y tragando orfidales. «Tan sólo los ansiolíticos me dan ciertos momentos de desasosiego. Estoy, definitivamente enganchado a esas putas pastillas, a esa piedad química», narra en el libro. Para él, cada generación tiene un droga y la suya, la de su edad, son los ansiolíticos o las benzopiacepinas.

«Vivimos en un mundo en el que tenemos que rendir. Mira ahora, en esta pandemia lo único que se puede hacer es trabajar y consumir», explica. «Hay una barbaridad de gente que toma ansiolíticos y más gente que se tranquiliza con el alcohol. Te automedicas para bajar el ritmo de vida que llevas. Desconectas de la velocidad del trabajo con una copa», añade.

Carnero es capaz de contar esta historia que es casi suya sorprendiéndonos en lo que ya sabemos y no expresamos. Hombres que caminan solos narra un poco de cada uno en soledad. También de esos momentos de efusividad que le dan a la rutina la fuerza para continuar.