Con un nombre de cuna que lo abocaba al estrellato, Prince no se conformó solo con coronarse príncipe de la música y a lo largo de sus 40 años de carrera se enfundó una larga lista de identidades que lo ayudaron a reinventarse artísticamente una y otra vez, como recuerda un libro editado cinco años después de su muerte.

Jamie Starr, Joey Coco, Camille, The Kid, Gemini y hasta un símbolo de propio cuño fueron algunos de los «alter ego» asumidos por el autor de «Purple Rain», siguiendo una tradición abrazada previamente por otros iconos como el mismísimo Wolfgang «Amadeus» Mozart (con el que tanto se comparó al genio de Mineápolis) o David Bowie.

Mi nombre es. Las identidades alternativas de Prince Rogers Nelson»

«Mucho más que un simple nombre artístico, intérpretes de toda clase y género musical han creado sus ‘otros yo’ como parte de su puesta en escena, para un proyecto en concreto, como estrategia para autoerigirse en mitos, por cuestiones de salud mental, por presiones de la industria del espectáculo», señala «Mi nombre es. Las identidades alternativas de Prince Rogers Nelson».

Escrito por Marcelo Chaparro e ilustrado por Marta de Dios, se trata del primer libro editado por la veterana revista española Enlace Funk coincidiendo con su vigésimo quinto aniversario y cuando se cumple un lustro exacto del día en el que Prince fue hallado muerto por una sobredosis de fentanilo en su residencia de Paisley Park, en Minesota (EEUU).

Inconformista, rebelde, virtuoso y perfeccionista, para entonces ya se había convertido en una leyenda viva de la música, con siete premios Grammy, un Oscar de la Academia de Hollywood y más de 150 millones de copias vendidas en todo el mundo de sus cerca de 40 discos de estudio publicados (cifra superada después con la edición de varios discos póstumos).

La filia por desarrollar «otros yoes» arrancó una noche de 1972 con Skipper, el adolescente procedente de un hogar roto que lloró desconsoladamente durante horas en una cabina telefónica después de que su padre lo echara de casa.

El niño que proyecta un hábitat paralelo rico en detalles donde vivir sí está fabricando un mundo propio

Skipper era el nombre con el que se protegía del acoso frente a un nombre real demasiado petulante para su entorno. Según se dijo, aquella habría sido la noche en que lloró por última vez y en la que decidió abrazar a Prince para convertirse en una estrella. Lo habría sido de no ser porque, según recientes crónicas de su vida, aquello nunca sucedió, sino que fue parte del relato adornado por el artista.

«El niño que proyecta un hábitat paralelo rico en detalles donde vivir sí está fabricando un mundo propio. He aquí el caso del pequeño afroamericano funky que se convertiría, por mérito propio, en el Mozart de su generación», escribe Chaparro.

Se convirtió en el afroamericano más joven que tomaba los mandos del estudio ya en su primer álbum, «For You» (1978). Para el tercero, «Dirty Mind» (1980), había agotado casi todo el presupuesto que le había asignado inicialmente Warner, pero eso no impidió que agitara su imaginación; así alumbró al productor ficticio Jamie Starr y, con él, «el álbum más canalla, new wave, macarra y Mineapolis sound hasta la fecha».

«Prince se dio cuenta de que necesitaba crear más momentum del que podía trabajando él solo; y que tenía tal cantidad de ideas que posiblemente nunca iba a llevarlas todas a cabo a menos que se le ocurriera un plan maestro. Y eso fue exactamente lo que hizo», relata el libro, que achaca este mecanismo a «su inclinación por esconderse del ojo público y su carácter de adicto al trabajo».

De su salto al celuloide con «Purple Rain» (1984) surgió The Kid, «la unión entre la belleza femenina y el bravado masculino. En pocas palabras, The Kid es Prince coronado», afirma Chaparro del surgimiento de aquella icónica y sexualizada amalgama de pantalones ajustados lamé, chorreras, chalecos al estilo Luis XV, botas de tacón y una profunda fe en Dios.

Prince «murió más veces que David Bowie», llega a afirmar el escritor tras contabilizar todas estas encarnaciones que, llevadas al extremo, lo desposeyeron de toda grafía pronunciable en favor de un glifo que surgió de nuevo del cruce de los símbolos astrológicos que representan lo masculino y lo femenino.

Cumplía entonces 35 años y habían pasado doce meses de la firma del contrato de los 100 millones de dólares que a la postre se reveló como una condena para él. Como desafío, «una buena peineta a su discográfica», asumió ese icono que requería de un archivo específico para que los medios de comunicación pudieran reproducirlo.

«Después de su gira de 1992, donde dramatizaba su muerte y resurrección, el compositor explicó que sentía que su nombre había sido mercantilizado y explotado por Warner y que la única solución era adoptar un símbolo que no pudiese ser pronunciado», rememora Chaparro sobre una de las grandes luchas de la historia entre la todopoderosa industria musical y uno de sus principales artistas.

Tora Tora, Mr. Nelson, The Wise One… La lista de reformulaciones a las que se sometió hasta su muerte continuó para que, como señaló el teórico musical Jason King, dentro de «trescientos o incluso tres mil años todavía tratemos de diseccionar y desglosar esa genialidad ultra funky, simpática, salvajemente excéntrica, loca, mágica y bohemia de Prince Rogers Nelson».