Obra de Jeff Muhs en la Exposición anual de miembros de artistas de Guild Hall 2018. ©Jeff Muhs

Cultura

Bikinis en cuerpos de hormigón; la representación del cuerpo femenino a ojos de Jeff Muhs

Decía Leonardo Da Vinci que «la belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte», y bajo esa premisa, aunque cruzando el charco, Muhs dilucida la figura de la mujer como tantos otros lo han hecho, asociada con la moralidad y el vicio, con la santidad y el pecado, aunque sin depender de las creencias y valores -o más bien estereotipos- del momento.

Porque a él le da igual el ‘90 60 90’ y la ruptura hacia lo convencional. Le da tan igual que su arte lo restringe, ata y asfixia en una reflexión y reivindicación por mostrar todo aquello que vivir en sociedad esconde: «La mayoría de mis esculturas de hormigón pretenden representar la figura femenina como nunca se ha hecho. Los artículos de ropa y accesorios para mujeres que las acompañan son en realidad, ingeniería inversa. Los elementos que se hicieron para restringir ‘a la carne’ humana o cuerpos femeninos, son ahora los que dan forma al hormigón y muestran realidad», declara en palabras para El Independiente.

Jeff Muhs (Nueva York, 1966), experimenta y explora las formas de hacer del arte una expresión. A ello ha dedicado la mayor parte de su trayectoria; desde sus inicios en la pintura como un proceso de «simplificación y abstracción» y hasta su salto a la escultura más figurativa en madera o cemento, material con el que el artista “quería explorar nuevas formas y metodologías”: «Mi formación es clásica en pintura representativa y escultura. Mi viaje artístico se basa en la experimentación de las formas, y mi esculpir es muy aleatorio, aunque mis primeras incursiones en la escultura fueron muy figurativas y usando la madera como único material».

Sus pinturas y esculturas son muy diferentes entre sí, tanto, que ni el propio autor ve conexión entre ellas más allá del uso de elementos gráficos de color «para definir la forma de una masa gris más nebulosa”, aunque hablando de forma estética, porque significativamente, todo su arte, en la modalidad que sea, despierta al gigante dormido de la belleza humana como algo innato. Una belleza que, como Goliat -en una paradoja-, es vencida por un David de «estándares imposibles y dañinos».

A ‘sus’ mujeres las deja sin aire. Y es que los coquetos corsés, zapatos de tacón, bikinis o cuerdas que parecen oprimir al duro hormigón, son a la vez que la antítesis de la belleza o erotismo, un compromiso con la exploración de la historia del arte, el uso de materiales encontrados, y la metáfora de que el humano más allá de destruir la belleza en la que vive, atenta unos contra otros, y quita, en una vulnerabilidad permanente, el aliento y la pureza a su origen.

Comprometido con el medio ambiente, Jeff trabaja con herramientas que él mismo fabrica y materiales desechos e industriales: «Todo lo que fabrico, lo invento. Aquello que no se ha hecho antes requiere de herramientas que no existen. Yo las invento».

El trabajo del artista estadounidense ha pasado por varias colecciones públicas y privadas como las del Beth Rudin DeWoody, Caesars Palace Las Vegas, Ronald Lauder, Cantor Fitzgerald, Time Warner, Inc., Los Ángeles County Museum, el Hunter Museum of American Art en Chattanooga o el Guild Hall Museum en Nueva York, donde fue ganador de la exposición anual de miembros de artistas de Guild Hall en 2018.

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