Exilió huyendo de Franco y se topó con Pinochet. Fue una ‘vida en tránsito’ como tantas otras a bordo de un barco cargado de mentes deseosas de otra oportunidad. Porque así fue el Winnipeg, el barco de Neruda que en la memoria de españoles y chilenos sigue navegando como el inmortal barco de la esperanza.

Y así fue ella. Una mente deseosa de otra oportunidad y de muchas vidas refugiadas en el rescate apócrifo de otras como la de ella. Pero literarias.  

Con un libro de impresionismo bajo el brazo y un abrigo, Roser Bru (Barcelona, 1923-2021) llegó al puerto de Valparaíso cuando tenía apenas 16 años. Lo hizo un 3 de septiembre de 1939 junto a 2.199 exiliados españoles rescatados por el que fue nombrado cónsul especial para la inmigración española en Chile, el poeta Pablo Neruda. Bru era la 2.200 y como un número más, su destino se acechaba deslumbrante en una mezcla de inserción, silencio y afiches contra el régimen del dictador chileno. Como su arte en una mezcla de blancos y negros, y algo de color.  

Roser Bru fue parte del Grupo de Estudiantes plásticos junto al también exiliado catalán y pintor José Balmes, estudio grabado en el Taller 99 de su amigo y artista Nemesio Antúnez, y fue una de las fundadoras de la Escuela de Arte de la Universidad Católica de Chile, donde dictó clases en la década de los sesenta.  

Imagen de archivo de Roser Bru. ©RoserBru

Su obra, ahora expuesta de una forma no comercial hasta el próximo 30 de octubre en la Galería Memoria de Madrid con el apoyo de la Fundación Roser Bru, establece un umbral de visualidad de su experiencia a la vez que plasma, de forma poética, la evocación de la vida y de la muerte, y su condición de mujer, madre y artista que la caracterizan.

Entre una veintena de creaciones y documentos, comprendidos entre 1963 y 1995, y bajo el nombre Vidas en tránsito, destacan Made in Spain (1966) -también exhibida en la nueva colección del Museo Nacional Reina Sofía-, o alguna de las obras más icónicas de Bru inspiradas en personajes de las letras y las artes del siglo XX como Kafka, Milena Jerenska, Ana Frank, Frida Kahlo o Velázquez. Porque Roser, dice el curador de arte y responsable de la exposición Alejandro de Villota en palabras para El Independiente, «se insertó en personajes con los que ella se identificó. Las historias y relatos que ella revive en su arte llevan inmersa su capacidad de relatar no la historia de éste sino la historia del siglo XX a través de pequeñas sugerencias y gestos que subliman el dolor y la pérdida, y los duros sucesos que ella misma vivió en su biografía personal. Roser Bru logra traer al presente un relato que parece seguir vivo».

La vanidad de un hombre se construye en el arte de una manera mucho más solida y orgánica»

alejandro de villota

Roser pintó y dibujo cuerpos, rostros, y objetos con fuertes cargas denotativa. Su quehacer artístico se tornó cada vez más crítico, como sus circunstancias o las de la sociedad. La misma que entorna ahora una reflexión sobre el poso de conocimiento, humanismo y positividad de un relato al que tristemente se le ha dado conocimiento institucional tras su muerte. No antes. Porque «han tenido que pasar noventa y ocho años desde su nacimiento para que España revise el relato y se pregunte el porqué esta artista es importante para la historicidad e identidad ya no solo como nación, sino desde una vertiente visual y en sus aportaciones a la historia del arte. El desconocimiento de artistas como Roser Bru nos hace una nación pobre. Ahora hay un boom y oportunismo político en el arte que me molesta, pero que su vez sirve para realzar figuras como la de la gran Roser Bru», señala de Villota, quien conoció personalmente a la artista y a su familia, y reivindica también el papel de las mujeres en esta vertiente artística: «La vanidad de un hombre se construye en el arte de una manera mucho más sólida y orgánica a la de una mujer».

La memoria, su fragilidad y su incapacidad de recomposición han sido el hilo conductor de su producción hasta su fallecimiento. En un viaje constante al pasado, Roser deja como legado la construcción de una memoria en la que hay lugar para los conflictos sociales y los hechos históricos que hacen frente a la injusticia, a la guerra o a la tortura, representada en sus cuadros con cintas negras, fotografías invertidas, frases, o números que asocian permanentemente el pasado y el presente.

Hay un ‘boom’ y un oportunismo político en el arte que a mí me molesta»

alejandro de villota

La muestra, además de rendir un homenaje a la artista fallecida el pasado mayo, recoge cinco obras de otras dos artistas que compartieron tránsito del exilio y sus orígenes con Bru: Marta Palau (Barcelona, 1934) con sus Sellos de la España Sellada (1975), Homenaje a Lázaro Cárdenas (1981) y un tapiz de 1966; y Gracia Barrios (Santiago de Chile, 1927-2020), que presenta una obra mural sobre seda de gran carga histórica, Rostros (1973).

Desaparecidos, 1973. Óleo sobre gasa de seda. ©ColecciónMemoria ©ColecciónMemoria