Durante meses sólo hablaba del mar. Quería irse sí o sí y no conseguía que nadie le dejase embarcar. No quería darse un paseo, quería entrar hasta el fondo, hasta el caladero más peligroso, el de Gran Sol. El poeta y periodista Antonio Lucas (Madrid, 1974) se empeñó en embarcar en un arrastrero y tras siete meses de llamadas y búsquedas acabó faenando en el Nuevo Confurco.

Hasta allí le llevó la historia de un amigo. Del periodista Manuel Villanueva, que durante una cena le contó que su hermano Agustín había muerto durante su primera marea. Hasta allí le llevaron las ganas de vivir algo diferente y, sobre todo, que es siempre lo que mueve a Lucas, de escribir algo distinto.

Lo consiguió en julio de 2018, 22 días en la mar, que no el mar que vemos desde la orilla, que le trastocaron y le marearon tanto que no le bastó con los seis reportajes que un mes más tarde publicó en el diario El Mundo y empezó a pensar en la novela.

«Ni un sólo día desde que bajé del arrastrero he dejado de pensar en aquel viaje», asegura. Y de todos estos pensamientos y muchísimo trabajo: Buena mar. Un libro magnífico, intenso, sencillo y singular en el que Lucas demuestra que ser uno de los mejores poetas no te impide ser un impresionante novelista.

Vídeo de Nacho Encabo.

P.- ¿Qué lleva a un poeta y periodista madrileño a embarcarse en un barco pesquero en Castletownbere (Irlanda)?

R.- Empiezo este viaje por la historia de un amigo cuyo hermano muere en Gran Sol y en una sobremesa me cuenta que su padre había sido marinero y que su hermano había fallecido en su primera marea.

Recordé en ese momento las lecturas que tuve a los 20 años de Ignacio Aldecoa, cómo me emocionó aquel libro, el impacto que tuvo en mí y la curiosidad por saber qué era Gran Sol.

Después de tres licor café le prometí que haría la misma ruta y le pedí que me ayudase a embarcarme en uno de los arrastreros. Eso se convierte en una obsesión que dura 7 meses, porque no conseguíamos los permisos para subir en uno de esos barcos, y al final me voy en junio de 2018. Embarco en Castletownbere en Irlanda y estoy 22 días. Aunque como mucho iban a ser 15 días, hubo un problema del motor y se alargó. Y de aquello salieron los reportajes para El Mundo.

P.- La marea de Gran Sol es una gran desconocida.

R.- Sí, pero se trata de uno de los caladeros de pesca de altura más peligrosos del mundo, es un espacio que está en el Atlántico Norte entre los paralelos 48 y 60, que es casi camino de Terranova (Canadá). Es un caladero mítico desde finales del XVIII, principios del XIX, donde principalmente hay tres banderas faenando: irlandesa, francesa y española. La flota mayor es la española, principalmente gallega, y se llamó la flota de los 300. Hoy solo quedan 60 barcos.

Es un caladero terrible, muy penoso. Es peligroso y esta gente se pasa 300 días de su vida embarcados y el resto en tierra. Son 2 meses y medio, tres, depende de las capturas, y luego en tierra una semana o 10 días.

¿Merece la pena arriesgar la vida 300 días al año? ¿El frío, la inclemencia, la ausencia? Si fallece alguien en tu familia, casi nunca estás. Si nace, no estás. No sueles estar en navidades, en cumpleaños»

P.- ¿Qué capturan y cómo son las condiciones?

R.- Capturan principalmente merluza, rape, gallo, lenguado. También algo de marisco, como cigalas, pero, sobre todo, lo que ellos llaman pescados de fondo.

Estos hombres son invisibles. Ahora estamos hablando (son las 13 horas en Madrid) y a esta misma hora la gente con la que yo fui a Gran Sol está en Gran Sol, faenando con rachas de sueño de no más de 3 horas seguidas…

Todo eso sucede allí arriba y son invisibles. Hay pocos oficios legales que sean tan invisibles como estos. Sobre la ganadería o el campo hay una atención mayor, porque los periodistas llegamos hasta su terreno, pero esta gente no tiene quien vaya a verles. Es muy difícil acceder a un barco de estos.

P.- En tu libro cuentas que uno de los marineros, Bieito, te dice que lleva «toda la vida metido en una cárcel».

R.- Tiene esa sensación porque el barco es un territorio muy limitado. El ámbito de viabilidad es muy reducido y lo comparten con el resto de marineros. Eso se convierte en una prisión de la que no puedes salir.

Estás en altamar, en ese mar inclemente, feroz. No hay manera de salir de allí hasta que no llegas a puerto y obviamente no puedes recibir visitas, así que es incluso peor que la prisión en ese sentido. Aquí los dos meses y medio de marea solo tienen teléfonos que no siempre funcionan.

P- ¿Cómo encaja un periodista, y un poeta, aquí?

R.- No sabía a lo que iba. Había leído y visto algún reportaje y la fantasía vence sobre la sensación de realidad que uno se encuentra allí. Yo encajé bien por la bondad de ellos pero lo normal es que cualquiera que sea ajeno a esos protocolos del mar, y en esos lugares y con esas inclemencias, encaje mal.

La cabeza se te va, el ánimo se te va, el sueño se te va, el hambre… Todo te deja bastante a la intemperie. Y en el caso de esta aventura, en ese barco con esta gente, que para mí fueron como hermanos, padres, amigos, protectores… Encajé porque ellos se empeñaron en que encajara.

P.- Hay mucho de Antonio Lucas en el protagonista. Profesión, ciudad, miedos…

R.- El protagonista se va a mudar de piel pero yo no necesitaba ningún cambio. Me fui llamado por la curiosidad y el apetito. Me fui a vivir una historia que quería contar.

Pero soy capaz de empatizar con el protagonista, es el lugar perfecto para cambiar de piel, porque si regresas es que has cambiado la piel de verdad y, si no, es que estás muerto. Cuando fui allí pensé mucho pero no me confundo con el protagonista aunque tenemos muchos intereses comunes.

P.- ¿Han leído los marinos Buena mar?

R.- Todavía no. Han leído los reportajes y les entusiasmaron. Cuando les dije lo del libro me preguntaron que cuántas fotos había (en el periódico había muchas imágenes de ellos) y no hay ninguna, así que creo que los decepcionaré.

P.- ¿Merece la pena?

¿Merece la pena arriesgar la vida 300 días al año? ¿El frío, la inclemencia, la ausencia? Si fallece alguien en tu familia, casi nunca estás. Si nace, no estás. No sueles estar en navidades, en cumpleaños.

¿Merece la pena vivir 56 años con 30 de mar encima? Para mí, no. Para ellos, sí.