Cultura

El silencio de la mujer obrera: de las cigarreras de ojos negros del Madrid de ayer a las 'Kelly' de hoy

Una taquillera de Metro en torno a los años 40. METRO DE MADRID

«A veces, es más fácil reconocerse en lo que fuimos que en lo que somos». Y ellas fueron lavanderas, aguadoras, verduleras, castañeras, cigarreras o modistas que comenzaron a tejer el frágil telar que es la memoria y abrieron un camino «que sigue hasta hoy, donde es fácil extrapolar sus motivaciones e inquietudes a las del presente». Y es que sustentaron una ciudad sin calles ni placas que las recuerden, cuidaron de sus hijos y sus casas, fueron viudas, solteras o casadas y denunciaron, aunque en la sombra de su propio silencio, o el de la historia, la condescendía y el paternalismo, y el relato valiente y combativo de ser mujeres obreras.

Ahora, en boca de sus hijas, nietas y bisnietas, la periodista Victoria Gallardo (Madrid, 1990), publica sus vidas anónimas en Fuimos indómitas. Los oficios desaparecidos de las mujeres de Madrid, que, tras dos años de investigación en hemerotecas, documentación histórica y «escasos» títulos previos, pretende poner en valor la memoria familiar de las descendientes y la lucha real, muchas veces romantizada, de los que fueron sus grandes oficios: «El libro surge a partir de la reflexión y el caer en la cuenta de que no sabia nada acerca de la calidad y maneras de vivir de las mujeres que levantaron la capital desde 1850 y hasta nuestros días. Yo nací en Madrid y para mí sus vidas eran prácticamente desconocidas. Entonces empecé a curiosear y buscar qué se ha contado sobre ellas. Por desgracia me di cuenta de que lo poco que había eran soslayos, sin explicar que muchas eran cabeza de familia, madres solteras o viudas, sin explicar cómo compaginaban sus oficios con el trabajo que les esperaba en casa. Quise poner nombre y cara a esas mujeres, y restituir el masculino genérico del narrador por el femenino plural sin nostalgia ni dulcificación», explica Victoria en palabras para El Independiente.

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En 134 páginas, la periodista recuerda la historia de como Clara Campoamor logró las oposiciones a Telefónica antes de lograr el Bachillerato en una época donde las mujeres no era frecuente que escribieran o leyeran hasta, con suerte, los 20 años; a la vez que recaba testimonios de las lavanderas del Manzanares que murieron de frio, de aquellas encorvadas sobre la costura, o con los ojos negros de tratar la nicotina: «Me pareció injusto hablar de estas mujeres o poner en sus bocas palabras sin que fueran un testimonio real. Por eso acudí a sus hijas, nietas o bisnietas. Siempre me he sentido más atraída por las historias íntimas que por los grandes personajes, y de mi intento de rescatar algunas de ellas nace este libro. Quería que esas mujeres recobraran la importancia que ellas nunca quisieron darse». Y acudió a Amalia Maroto, sobrina de Pepa, castañera hasta los 70 años; a Angelines, hija y nieta también de castañeras y con seis décadas aguardando el carbón en la glorieta de Bilbao; a Ana, que confiesa que aunque le encantaba estudiar, tuvo que dejarlo cuando su padre cayó enfermo; a Teresa, que recordaba los sabañones en los dedos de las manos de su bisabuela, lavandera y testigo de las heladas y nevadas en el Manzanares; o a Elena, que con dieciocho años recién cumplidos ingresó como operaria junto a las máquinas de liado y empaquetado de la Fábrica de Tabacos de Madrid: «Antes de entrar en Tabacalera, podía estar hasta las doce de la noche o la una de la madrugada haciendo cigarros. Cuando me ofrecieron trabajar en la fábrica, corrí como una loca. Allí, cuando a una se le paraba la máquina, otra cedía la suya para que pudiera trabajar. Nosotras no podíamos fumar en la fábrica, teníamos que irnos al servicio. Los hombres, en cambio, sí. Cuando sancionaban a alguna compañera por fumar, encendíamos todas el cigarro», cuenta su compañera Tomasa en el libro.

Y es que en la anécdota también está la lucha, porque «todas tenían el carácter de reivindicar lo que era suyo y de llevar su pelea y su discurso al espacio público para hacer partícipe a la sociedad. A todas esas mujeres les debemos mucho más que el trabajo de sus manos, demostraron que solas no podemos, pero juntas, sí. Les debemos el relato real con el que tanto se ha romantizado en la literatura o los medios de comunicación. Cualquiera tiene en el imaginario a la cigarrera de ojos negros y cuchillo en la liga, a esa mujer de ‘rompe y rasga’, sin embargo, esas mujeres estaban enfermas».

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    BNE

En este sentido Fuimos indómitas. Los oficios desaparecidos de las mujeres de Madrid también equipara los tiempos de antes y de ahora, y es que lo que parece una lucha lejana se traslada al presente con la asociación de las camareras de piso, conocidas como ‘las kellys’ que, con presencia mayoritaria de mujeres, sigue precarizado, al tiempo que ha denunciado el incumplimiento de todas las promesas que ha hecho el Gobierno en los últimos años para mejorar su situación laboral: «Al escribir el libro me llamó la atención descubrir que desde su fundación en 1919, Metro de Madrid estableció una regla por la cual las taquilleras que contrajeran matrimonio debían pasar a excedencia forzosa. Metro consideraba que los deberes que impone el atender a un hogar y sus hijos, son para la mujer incompatibles con los que el desempeño del cargo que el Metropolitano exige debido a la rigidez del servicio, que exige una constancia y una puntualidad perfectas. Esto fue así hasta 1984, y es una fecha nada lejana. Lo mismo pasa con la invisibilización de las Kelly, sería la lucha de antes trasladada al presente», sostiene Victoria.

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