El torero Andrés Vázquez ha fallecido este viernes a los 89 años de edad en el Hospital Comarcal de Benavente. El diestro de Villalpando (Zamora), donde será enterrado este sábado, fue una de las leyendas del toreo en los años 60 y 70, abriendo hasta en diez ocasiones la puerta grande de Las Ventas. Y tuvo un idilio con la ganadería de Victorino Martín: fue el primero en triunfar con sus toros y el primero en encerrarse con seis en la plaza de la capital.

El Nono, que vivió sus últimos años cuidado por los más cercanos en su pueblo natal, toreó por última vez en julio de 2012, ya octogenario, con toros de Victorino en la plaza de Zamora. Antes de que su estado físico decayera finalmente, llegó a grabar una película experimental sobre su vida y el toro, Sobrenatural, dirigida por Juan Figueroa.

La carrera de Vázquez comenzó en su tierra, en las capeas que describió con crudeza en numerosas entrevistas y que retrató José María Forqué en 1967 en Yo he visto la muerte. Polvo, tierra y compañeros muertos hasta llegar a Las Ventas para derribar la puerta y consagrarse como torero de Madrid.

Vázquez, magnífico con el capote y sereno con la muleta, debutó en Las Ventas a hombros del público en 1962. Con Domingo Ortega de inspiración, su media naranja torera acabó siendo Antonio Bienvenida, de quien en una de sus últimas apariciones en prensa dijo que había aprendido «esa torería, ese sentido de la lidia, esa gracia y esa autoridad que hay que tener ante la vida». Cuando ya estaba retirado, a finales de los 70, volvió una tarde para torear en Las Ventas y sufragar con la taquilla la estatua a su amigo que aún hoy perdura.

Aunque ya estaba consagrado, la leyenda de Vázquez se cinceló definitivamente en 1969, con la lidia memorable al toro Baratero. Dos orejas y un idilio con los Victorino pocas veces repetido en la historia taurina.

El lujo de sus años dorados en Madrid lo mezcló con la humildad de su vida en Villalpando. En el pueblo, como una leyenda, perdura el día que entró a una cafetería con Orson Welles, a quien confundieron con un picador. Entre sus amistades estuvieron también Pablo Picasso o Marcello Mastroianni.

Sus últimos 20 años, sin embargo, los pasó sin tanto glamour, cuidado por amigos y algunos familiares, sacando a veces el capote en las fiestas de San Roque y más a menudo en el Polideportivo, donde entrenó a algunos toreros en formación. Frente a la monumental Puerta Villa de la localidad se ubicó en homenaje a él y a otros el Parque de los Toreros, aunque su recuerdo más personal, y más humilde, perdura en la puerta de su casa en la calle Amargura en forma de simple placa: «Andrés Vázquez, maestro de maestros».