Cultura

Cuando Picasso conoció a Chanel y construyeron el siglo XX

Imagen de Pablo Picasso y Chanel con creaciones suyas

Carmen Vivas

Algunos dicen que los presentó Jean Cocteau en la primavera de 1917, otros que fue Misia Sert pero de lo que no hay duda es de que la conexión tardó pocos minutos en llegar. Él era el gran pintor, una de las mentes del cubismo y ella la diseñadora que había transformado la moda, liberado a las mujeres. En aquel primer encuentro eran muy jóvenes pero sus carreras ya eran meteóricas. Se hicieron amigos rápido y no dudaron en trabajar juntos. Coco Chanel (Saumur, Francia, 1893) y Pablo Picasso (Málaga, 1891) mezclaron artes distintos y generaron otros. Destruyeron conceptos para generar nuevos, para construir el siglo XX pero sin deshacerse de todo lo anterior.

La relación entre ambos fue una amistad y una obra de arte. También una intromisión en las creaciones del otro. La mujer de Picasso, Olga Khokhlova, era una fanática de los diseños de la francesa y fue lo que se puso durante gran parte del verano de 1918 en Biarritz, donde la diseñadora tenía una tienda y el matrimonio había ido a pasar unos meses para que Olga se recuperase de una operación en la pierna. Allí, mientras ella leía, pensaba o cosía, Picasso la pintaba y en muchos de los retratos se colaron diseños de Chanel. También ocurrió al revés, muchos de los cuadros del español acabaron en los vestidos de la diseñadora.

Son esos retratos y otros muchos cuadros y diseños (en total 67 obras y 52 vestidos) los que ahora llegan al Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid y que se podrán ver hasta el próximo 13 de enero en la exposición Picasso/Chanel. Una muestra que se enmarca dentro de las celebraciones por el 50 aniversario del fallecimiento del pintor y que aúna, gracias a decenas de donaciones, lo mejor de ambos y sus nexos de unión durante las décadas de 1910 y 1920.

Desde 1910 puede hablarse ya de una moda de influencia cubista que trasladaban a los vestidos la nueva estética creada por Braque y Picasso»

Porque aunque Picasso y Chanel se conocieron casi en los años 20 y no trabajaron juntos hasta 1922, ya imaginaban partiendo de la misma idea, con los mismos patrones. «‘Simple’, ‘puro’ y ‘preciso’ son términos que se generalizan en las primeras décadas del siglo XX en el lenguaje de la prensa de moda y describen la vanguardia tanto en el vestir como en las artes plásticas y escénicas. Desde 1910 puede hablarse ya de una moda de influencia cubista que trasladaban a los vestidos la nueva estética creada por Braque y Picasso», aseguran desde la institución y añaden que «la forma de vestir que Chanel propone tiene en cuenta las interacciones constantemente cambiantes de las personas».

En palabras de Carlos Alberdi, presidente del comisionado para la conmemoración del 50º aniversario de la muerte de Pablo Picasso, su relación artística era como la relación entre la ciencia pura y la ciencia aplicada. «Picasso era el investigador, el que hace de su taller un laboratorio e inventa. Chanel, por su parte, va un paso más y con esas ideas es capaz de desarrollar una nueva moda que libera a la mujer», explica durante la rueda de prensa.

Y se puede ver como fue lo que ocurrió tanto en su trabajo por separado como en sus proyectos comunes. En diciembre de 1922, Cocteau presentó la versión reducida sobre Antígona que había escrito durante el verano y que estaba dirigida por Charles Dullin e interpretada por un elenco que perdió protagonismo en favor de la puesta en escena.

Le he pedido el vestuario a Mademoiselle Chanel porque es la mejor couturiére de nuestra época y no me imagino a las hijas de Edipo mal vestidas»

JEAN COCTEAU

Un cielo azul ultramar y una enorme tela donde se veían dibujas unas columnas dóricas hacían de escenario, unas máscaras les tapaban la cara a los actores y unos escudos con vasos griegos antiguos como decoración protegían a los guardias. Todo firmado por Picasso. Además, la Grecia arcaica inspiró a Chanel para realizar el vestuario. Creó unos vestidos de lana gruesa escocesa, todos en tonos marrón y rojo para que no desentonasen con el decorado. También unas diademas con piedras semipreciosas que llevaban los protagonistas y que a día de hoy se consideran las primeras joyas que diseñó la francesa.

«Le he pedido el vestuario a Mademoiselle Chanel porque es la mejor couturiére de nuestra época y no me imagino a las hijas de Edipo mal vestidas», declaró el 10 de febrero de 1923 Cocteau a Gazette des Sept Arts.

‘Las bañistas’, de Picasso.

Fue tal éxito que el dramaturgo volvió a juntarlos en 1924 en El tren azul. Como explica Hélène Fulgence, de la fundación que preserva el patrimonio de Chanel, «ambos tenían una visión del cuerpo similar. Parten de la espalda y la cadera como bases de su geometría. Fueron capaces de destruir y construir con cánones nuevos y duraderos». Y esto se plasma perfectamente en el trabajo que realizaron para esta opereta bailada.

El productor, Serguéi Diáguilev, le encargó a Henri Laurens, el escultor cubista, el decorado pero un mes antes del estreno se encontró con Dos mujeres corriendo por la playa en el taller de Picasso y le pidió encarecidamente utilizarlo como imagen para el telón. La obra de teatro, cuyo título venía dado por el tren nocturno que unía París con la Costa Azul, iba a ser un ballet moderno y desenfadado con mujeres tomando el sol y haciendo deporte así que le pareció perfecta. Picasso no dudó en decir que sí y Chanel se basó en Las bañistas, otra obra del malagueño de 1918, para realizar los trajes de baño de los bailarines.

El tren azul, de Jean Cocteau.

Volvió a ser más que un éxito, una obra completa que englobaba baile, pintura, moda y música y que cambió el concepto de este tipo de espectáculos. No volvieron a trabajar juntos, o no de aquella manera, pero la impronta que ambos dejaron en el otro fue eterna. La que dejaron en la sociedad sigue intacta 50 años después de la muerte de Picasso.

«Destruyó para luego destruir. Llegó a París en 1900, cuando yo era una niña, y ya sabía dibujar como Ingres, diga lo que diga Sert. Soy casi vieja y Picasso todavía sigue trabajando; se ha convertido en el principio radioactivo de la pintura. Nuestro encuentro sólo podía haber ocurrido en París», diría Gabrielle Chanel.

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