Cultura

Del pintor que ponía la cara de su mujer a las vírgenes, a la postura de Venus que copian las celebrities

Dos mujeres fotografían obras digitalizadas de Dalí durante la visita a la exposición ‘Desafío Dalí’, en IFEMA

Dos mujeres fotografían obras digitalizadas de Dalí durante la visita a la exposición ‘Desafío Dalí’, en IFEMA Europa Press

La Gata Verde -así se hace llamar-, tampoco sabía que le gustaba el arte. Al menos no tanto. Quizás porque llegó a ella tarde, tras una «larga, intensa y dispersa adolescencia» en la que no era más que la eterna repetidora, la calientabanquillos, la reserva. «Me gustaba todo y nada a la vez, no sabía qué quería, pero al menos sabía que se me daban muy mal las mates y los idiomas. Asumí que estaba abocada al fracaso profesional, igual que había fracasado escolarmente», dice. Y así, perdida en sí misma, decidió clavar la chincheta en el mapa y huir tres semanas con un dinero que le había dejado su abuela al morir: Florencia.

De la ciudad italiana creía que era una especie de parque temático del Renacimiento sin saber muy bien qué era expresamente aquello. Pero allí cambió todo. «Descubrí que cuando iba a los museos sentía fascinación y paz mental, y esto no era poco cuando se está inmersa en una adolescencia dilatada. El caso es que allí tuve mi segundo síndrome de Stendhal, que me recordó que con siete años había tenido el primero viendo a Goya en el Museo del Prado en una excursión del colegio. En ese momento no tenía ni idea de que unos meses más tarde me matricularía en Historia del Arte en la Universidad de Granada. Tampoco sabía que sería la mejor decisión que tomaría en mi vida. Cuando empecé a estudiar, en septiembre de 2006, me di cuenta de que no me aburría como con el resto de asignaturas que había dado en el instituto. Todo me fascinaba», explica Sara Rubayo -su verdadero nombre-.

Excepto una cosa. ¿Por qué no aparecía casi ninguna artista en el temario obligatorio, desde el siglo XX hacia atrás? ¿Cómo podía ser y cómo no se había dado cuenta? Estaban Boticelli, que ponía la cara de su amada Simonetta tanto a las vírgenes como a las diosas del amor, Leonardo Alenza y Nieto, Da Vinci, Velázquez o Rembrant, pero ni rastro de Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lehbrun, Adélaïde Labille-Guiard, Rosalba Carriera, Anna Dorothea Therbusch o Lavinia Fontana, cuyas figuras recuerdan a la de la Venus Calipigia, que significa la de las bellas nalgas, con una postura icónica desde la Antigüedad que se sigue utilizando hoy en día.

La respuesta a esas preguntas está desde 2015 en su canal de Youtube, que creó para «acercar la historia del arte a personas de todas las edades de forma divertida, pero rigurosa», y, ahora, también en su nuevo libro Te gusta el arte aunque no lo sepas (Paidós). Una visión del arte que no conocemos, en la que descubrir que, «efectivamente y aunque todavía no lo sepas, te gusta el arte porque su historia es tu historia», y que se desvincula del único punto de vista desde el que se enseña: el del sesgo del hombre blanco europeo que «dejaba fuera todo lo demás, sobre todo a la mujeres». «No podía vivir ignorando la mitad de la realidad, así que me propuse conocer a esas mujeres y hacer que llegasen a todos a través de mis redes. Y sigo en ese camino. Así fue como decidí hacer mi propia Historia del Arte, más inclusiva, real y justa, con todos sus artistas, hombre y mujeres», señala.

«Este libro es un fragmento de ella que quiero compartir por si, como yo en el pasado, tu tampoco sabes todavía que te gusta el arte. En los últimos años he descubierto que para mí la Historia del Arte es la historia de las emociones humanas; y, por desgracia, no he encontrado libros ni manuales que tengan esta visión. Si observásemos el arte más allá de su utilidad y significado, veríamos que es totalmente cíclico, o fractal. Simplificándolo mucho, da la sensación de que desde los albores de la humanidad hasta el siglo XX el arte va fluctuando entre la esquematización y el realismo sin parar».

Así, Te gusta el arte aunque no lo sepas, pretende ser ese manual mediante un recorrido cronológico de dieciocho capítulos que van desde la prehistoria y la construcción de la arquitectura monumental con enormes piedras sin tallar, como Stonehenge; hasta la Mesopotamia, el Antiguo Egipto, la idea de como los antiguos griegos consideraban que la belleza era algo que se captaba con los sentidos y que se podía manipular de manera artificial con las matemáticas, hasta dar con las medidas consideradas perfectas con el fin de alcanzar la pureza de las forma; y hasta el románico y gótico, el neoclasicismo, las vanguardias o la postmodernidad que refleja como, «después de un montón de vueltas, idas y venidas del canon y de lo que está fuera de él, hay estilos que retuercen el estilo anterior , otros que tratan de darle una respuesta y otros que directamente nacen para tocarle las narices».

Para la autora la historia es fractal, «porque todo vuelve, pero renovado o al menos distinto». De forma que hemos llegado al momento en que el arte es autoinmoló para liberarse y abrir «todas las puertas posibles a todas las dimensiones y opciones existentes. Debemos desechar la idea de la obra maestra única e irrepetible, al menos con el arte que tenemos ahora, más que nada porque es incompatible con la realidad».

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