Lola era fuego. Chispa, llama y brasa. Fue y es arte. Única nació entre las 21 millones de personas que habitaban España aquel 1923 en el que llegó al mundo María Dolores Flores Ruiz, hija de Rosario, la costurera y Pedro, tabernero payo. El Jerez de la Frontera de entonces todavía contenía el eco apagado de una revolución campesina, y la pobreza acechaba en cada esquina. El silencio amortiguado por el vacío de la nada se rompía en cantes domésticos al calor de las cocinas de carbón, y en Semana Santa con algún quejío prolongado a lo largo de una saeta. Pero el arte y el duende no tardaron en encontrar huésped en el barrio de San Miguel, dentro del cuerpecito grácil y vivaracho de la niña Lola.

Nada más le faltó a la pequeña verse con cinco años de edad en la ciudad del color, Sevilla. Las monjas de Santa Teresita trataban de poner orden y disciplina mientras ella, con los ojos de quien descubre el juego de lo que va el mundo, disimulaba al santiguarse. Seguro. Como si la viera.

De vuelta a Jerez había que ver si lo de la niña era arte de verdad. Y ahí estuvo, aprendiendo el oficio de encandilar con embrujo, para el que nació. Si preguntas, habrá quien dirá que era actriz, pero muchos otros la llamarán cantaora. Otros, bailaora. Pero lo que ponía en el cartel de teatro Villamarta de aquel 10 de octubre de 1939 era Luces de España con Lolita Flores Imperio de Jerez: joven canzonetista y bailarina.

Si es que no podemos encerrar el duende de la “canzonetista” ni para encasillar su talento por categorías. De hecho, si bien se demostró que es erróneo, por no decir falso, que un periodista del New York Times afirmara aquello de que “ni canta ni baila pero no se la pierdan”, si el bulo ha llegado hasta hoy es porque es una excelente definición de lo intangible y la magia de esta prestidigitadora del arte español por excelencia.

Como si no hubieran pasado ya 28 años (¡28!) y acabara de dejarnos atónitos con su portazo final, el afán de las plataformas de vídeo “on demand” por resucitar a todo aquello que menee un poco el interés del respetable ha hecho que vuelva el mito. Eso, y un anuncio. La voz fumadora de su hija Lolita contribuyó junto a nuestra ya conocida inteligencia artificial a hacer que Lola se colase otra vez en las televisiones de casa.

En plena posguerra española le llegó la abundancia de las 16.000 pesetas al día, que tuvo cabeza y habilidad para gestionar hasta el final de sus días, en otra vertiente no tan conocida de la estrella. No era tonta, precisamente.

Los amoríos bien sabía la Faraona que no eran solamente cuestión de pasión. Tardaba en calentarse el horno que luego cocía a fuego lento al hombre que decidiera unirse a tamaño remolino. El empoderamiento de Lola era tan grande que supo hacer que sobreviviera en medio de una España con más negro que blanco y negro. Generosidad, la llaman algunos. Su lucha contra el desequilibrio social le valió honores al final de su vida. Y no creo que fuera ingenuidad cuando no se cortó al defender que todos los españoles podíamos dar una peseta cada uno para saldar su deuda con el fisco, o sea, con todos nosotros, por todo lo cobrado durante buena parte de los años 80.

Ese NO-DO rodado en el Bar Chicote de Madrid en el momento de su rúbrica para ir a hacer las américas por seis millones de pesetas, su triunfo al otro lado del mar y sus cantes pegadizos no hacían más que hacer más suyo el trono de la Reina del arte flamenco.

Se ha dicho todo ya. Yo, que jamás he sido de los que se ponen una playlist de Lola Flores, no dejo de admirar a los seres extraordinarios que han sabido no privar al mundo de saber quienes son. Por derecho, como se dice por la tierra de la andaluza. Que aprendan las y los jóvenes influencers de moda de dónde sale el éxito verdadero y para siempre: de dentro. Lo de la Flores se llamó encanto natural llevado a la enorme potencia del arte flamenco. Y eso es algo reservado para quienes tienen “ange” de verdad. Y desparpajo como para jugar al fútbol contra las “finolis” en el equipo de las folclóricas y marcarse unos bailes en el estadio del Rayo Vallecano a cuatro grados bajo cero.

No le queda mal la equipación futbolística. Al recordarla no sé si la veo de flamenca y cuerpo de guitarra, o con vestidos largos, botines altísimos y sombrero extravagante, o con vaqueros rotulados y pañuelito al cuello. No sé, sabía llevarlo todo. Menos los pendientes pesados al bailar en televisión, claro.

Ya forman parte del patrimonio de una nación entera sus interpretaciones de “A mi manera”, o “La Zarzamora” con su arte, pero permítanme los raperos más “modernuquis” del momento que les dé una lección Lola, con un rap que infructuosamente traté de imitar siendo yo niño en el colegio.

Hay quien se ha atrevido a ponerle percusión “latin – house” a la pieza. Y no queda mal. Quizá porque nos devuelve a lo más tribal del sentido del ritmo inherente a nuestro instinto humano.

No hay mucho que añadir a los ríos de datos que corren por la red sobre el amor que vertió la semi gitana en su vida sentimental. Es bonito leer de nuevo su descripción del momento de su reencuentro con el Pescaílla con aquel “cogí el cielo con las manos”. ¿Y qué no vas a coger tú, Lola, sí está a tu alcance? Su boda en El Escorial fue portada merecida, y más tranquila que el famoso episodio denominado “si me queréis, irse” ocurrido en la de su hija Lolita.

Conocí a Antonio, su hijo. Apareció por la radio, de promoción, pocos días después de la muerte de la Faraona, y otros tantos antes de la suya. En shock y con una bolsa de plástico en su mano izquierda, respondía como un robot a mis preguntas. Casi ausente, casi vacío. Supe después que fue su penúltima entrevista, antes de aquel último concierto en Madrid del ser humano que heredó quizá el lado más lírico de la canzonetista. Porque es innegable que Flores Jr. fue un excelente músico.

Lola no quiso arrancarse un pecho, de los que asomaron en Interviú. Y el cáncer se la llevó. Así de duro y corto. Sin bises. Pero ¡ay de aquel que afirme que ha muerto! Podrá haber dejado de estar en la lista de los habitantes de este planeta, pero no está muerta. Su vida está en todas las imágenes de sus ojos, en sus miradas. Todas las que nos dejó. Le contó bien al Loco Quintero dónde encontrarla viva: