Desde los tiempos de Adán y Eva las desavenencias conyugales, por culpa de una manzana, dicen, saltan a la vista. Por supuesto, también hay momentos de complicidad, de amor verdadero, de guiños, de permisividad, pero por qué será que lo que chirría siempre es cuando de esas relaciones saltan chispas. 

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En este caso saltamos también varios milenios, y nos encontramos en casa de una pareja que llevan más de quince años juntos, pero que creen, al menos una de los dos, que ya va siendo hora de tomar rumbos divergentes. Y lo van a hacer al compás de los tiempos digitales que corren, de cara a todo el mundo, para que todos lo comprueben, para que todos seamos testigos de esta guerra, con algunas treguas, de esta convivencia con muchos reproches, engaños y hastío. 

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Un matrimonio sin filtros, salta directamente a las redes sociales, en canal abierto para que seamos testigos de que… a nosotros nos puede pasar lo mismo y por eso nos reímos de ello. 

El texto y la dirección corren a cargo de Javier Veiga y su pareja en la realidad, Marta Hazas, que también lo será en este caso en la ficción. Y así, entre humor, críticas, necesidad uno de otra, independencia una del otro, se va desarrollando la trama, donde nos dan a entender que sí, que muy bien, pero que no es tan fácil separarse. Porque en el fondo se quieren, porque en la forma se odian, porque se defienden y porque se atacan a partes iguales, porque no son nadie uno sin la otra y se crecen una enfrente del otro. 

Nos hacen reír sin dejar de poner en tela de juicio hasta qué punto llega la incomunicación por culpa de esas redes sociales

Las situaciones están a la orden de la actualidad, móviles, mensajes, concursos televisivos de la mal llamada reality actuality, o como se escriba, reality show, es decir, telerrealidad, de convivencia y amor, de drama emocional, de cotilleo, de sexo y parasitismo. 

Javier Veiga se basa en el supuesto de que para que una pareja decida quién se queda con el piso en el que, hasta entonces, conviven, lo hagan delante de los espectadores y sean ellos los que dictaminen como jurado que votará a quien mejor le caiga. Se tocan otros temas, por supuesto, como el machismo y el feminismo, las mentiras, las decepciones y el egocentrismo, la sinceridad y los secretos, la vergüenza ajena y el triunfo moral sobre la otra parte de la pareja. 

Nos hacen reír sin dejar de poner en tela de juicio hasta qué punto llega la incomunicación por culpa de esas redes sociales, de esas falsas apariencias y exposiciones mediáticas, del desapego quizás motivado por la rutina, la costumbre y el paso de los años haciendo siempre lo mismo, o no dando importancia, precisamente, a los pequeños detalles. 

La obra se desarrolla con ritmo, mucha complicidad entre los intérpretes y también con el público, porque se hacen cercanos, asequibles, cotidianos, parecidos a la experiencia personal de cada cual, y la maldita manzana de la discordia, antes la del árbol del paraíso del edén, ahora la de una empresa tecnológica multinacional, que encima, ya nos la ofrecen mordida. 

UN MATRIMONIO SIN FILTROS

Texto y dirección – Javier Veiga

Elenco: Marta Hazas – Javier Veiga

Música – Alfred Tapscott

Escenografía – Alejandro Andújar

Videoescena – Álvaro Luna

Teatro Maravillas – Grupo Smedia