El golpe de Estado para derrocar a la Segunda República estuvo a punto de morir antes de nacer. Ocurrió en Melilla la tarde del 17 de julio de 1936, un día antes de la fecha oficial fijada para el levantamiento militar liderado por el general Emilio Mola. Una redada policial imprevista acorraló a los cerebros de la conspiración en el Protectorado de Marruecos, pero la irrupción in extremis de un grupo de legionarios cambió el destino del golpe y aceleró la historia de España.
La trampa en la Comisión de Límites
Eran las cuatro de la tarde. En el edificio de la Comisión de Límites de Melilla (el departamento cartográfico militar) se habían reunido los coroneles Juan Seguí y Darío Gazapo. Ultimaban los detalles logísticos del golpe de Estado previsto para los días siguientes. Mientras distribuían mapas y asignaban misiones a los militantes de Falange, las Fuerzas de Asalto de la República rodearon el edificio por orden del gobernador militar de la plaza, el general Manuel Romerales, que sospechaba de los movimientos rebeldes.
El teniente de Asalto Juan Zaro entró en el local con la orden de registrarlo con la excusa de buscar un depósito clandestino de armas. Este imprevisto podía poner en jaque todos los planes de los militares "africanistas", ya que, si la policía registraba el lugar y detenía a los cabecillas, el levantamiento en el Protectorado de Marruecos quedaría descabezado. El Ejército del Protectorado era el más experimentado de España, por lo que su caída podía arrastrar al fracaso los planes en el resto de la península.
El contraataque del Tercio
La salvación de la conspiración llegó a través de una llamada telefónica desesperada. En medio de la discusión entre el coronel Gazapo y el teniente Zaro para retrasar todo lo posible el registro, un teniente de la Legión, Julio de la Torre Galán, logró escabullirse hasta un teléfono. Llamó de inmediato al sargento de guardia del cuartel del Tercio más cercano con la siguiente orden: "¿Representación de la Legión? ¡Rápido, con todos los legionarios que tengas a la Comisión de Límites!".
A los pocos minutos, un camión cargado de legionarios, armados hasta los dientes y con las bayonetas caladas, se presentó en la plaza. Los guardias de Asalto leales al Gobierno, que hasta ese momento controlaban la situación, se vieron de repente superados numéricamente y rodeados por una experimentada fuerza de choque. Ante la disyuntiva de iniciar un tiroteo en plena calle, la patrulla policial se decantó por deponer las armas y terminó sumándose al alzamiento.
El efecto dominó que desató la guerra
Pero este choque accidental destruyó la sincronización del plan original de Mola. Al verse descubiertos, los militares sublevados no pudieron dar marcha atrás ni esperar al día 18. Con el apoyo de las tropas coloniales ya desplegadas, el coronel Seguí se dirigió directamente al despacho del general Romerales y lo arrestó a punta de pistola. A las cinco de la tarde, Melilla estaba bajo el control total de los rebeldes y el estado de guerra se proclamó en las calles.
El "rescate" de la Comisión de Límites por parte de la Legión actuó como la chispa que encendió el polvorín antes de tiempo. Forzó al resto de las guarniciones españolas a improvisar sobre la marcha en los días posteriores, pero aseguró la plaza norteafricana más importante. Esto proporcionó a los golpistas la base de operaciones segura que necesitaban para recibir, pocas horas después, al general Francisco Franco e iniciar de manera irreversible la Guerra Civil Española.
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