"Nada puede resistir el empuje de la falange (...) Un soldado se ve obligado a luchar contra diez lanzas a la vez, algo que un hombre por sí solo no puede ni cortar a tiempo ni abrirse paso a través de ellas." — Polibio, Historias (Libro XVIII, 29-30)

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A mediados del siglo IV a.C., las sofisticadas ciudades-estado o polis del sur de Grecia (como Atenas, Tebas o Esparta) miraban al reino de Macedonia por encima del hombro. Para ellos, el reino del norte era un territorio atrasado, un rincón de bárbaros y pastores de cabras. Pero un hombre se encargaría de hacerles ver que se equivocaban. Ese hombre era Filipo II de Macedonia.

Niketerion (medallón de la victoria) con la efigie del rey Filipo II de Macedonia, siglo II d. C.

Su juventud la pasó en Tebas como rehén, donde estudió las tácticas de legendarios generales de la época como Epaminondas o Ifícrates. Al volver a su patria, Filipo concibió una idea: transformar a su ejércitos en una fuerza invencible, una que el mundo no hubiera visto jamás.

El erizo de hierro

Lo consiguió. Filipo revolucionó el armamento de sus ejércitos creando la sarissa, una pica descomunal de entre 5 y 6 metros de largo, construida con madera de cornejo (extremadamente dura y flexible) y rematada con una moharra de hierro afilada en su extremo. Era tan pesada que requería el uso de ambas manos, lo que obligó a reducir el tamaño del escudo tradicional (el hoplon) a una pequeña protección de bronce (la pelte), sujeto al brazo izquierdo del falangita.

La unidad básica de esta maquinaria era el syntagma, un cuadro de 16 soldados de frente por 16 de fondo (256 hombres). Cuando el syntagma avanzaba, los soldados de las primeras cinco filas bajaban sus picas horizontalmente hacia el frente, dando al enemigo la ilusión de chocarse contra un auténtico bosque de lanzas. Cualquier ejército que intentara acercarse, se estrellaba contra una densa muralla de puntas de hierro que sobresalían a distancias escalonadas. Además, las filas de la 6 a la 16 mantenían sus picas elevadas a unos 45 grados, que funcionaba como un techo protector que desviaba las lluvias de flechas y jabalinas lanzadas por el enemigo.

Representación de un syntagma macedonio, con la falange en posición de ataque.

Un ejército multinacional

La infantería griega de la época, los hoplitas, combatían en formaciones armadas con lanzas de unos 2.5 metros de longitud, un arma incapaz de alcanzar a ningún soldado macedonio integrado en un sintagma. Gracias a ello, el reino de Macedonia dominó a toda la Hélade en solo 25 años y consagró a Filipo II como Hegemón, el comandante supremo, de todas las polis griegas.

Además, el rey macedonio integró a los soldados de todas estas ciudades-estado y los organizó explotando las especializaciones y el talento de cada región bajo un mando único. Así, cuando Filipo murió poco antes de lanzar a su ejército contra el imperio Persa, contaba con una fuerza puramente panhelenica (de toda Grecia). Contaba con tropas como los peltastas tracios, infantería ligera que lanzaba proyectiles o la afamada caballería tesaliana.

Peltastas tracios. | Autor Johnny Shumate
Caballería tesaliana. | Autor johnny Shumate

La táctica del Yunque y el Martillo

Filipo construyó la máquina, pero fue su hijo, Alejandro Magno, la lanzó a la conquista del mundo conocido. Su estrategia ganadora radicó en la geometría de los cuerpos y en una coreografía táctica bautizada como "el yunque y el martillo".

Una muralla de lanzas impenetrable da una defensa magnífica, pero un ejército conquistador necesita de una movilidad mayor. La falange por sí sola era lenta de maniobrar y muy vulnerable a ataques por los flancos (sus laterales) y la retaguardia. Si un enemigo lograba rodear a la formación, los infantes no podían girar rápidamente sus lanzas de 6 metros y eran masacrados.

Para solucionar esto, Alejandro ideó la doctrina de armas combinadas. El ejército macedonio dejó de ser un bloque único para convertirse en un sistema de dos piezas complementarias que debían operar en perfecta coreografía.

El yunque: la Falange

En el centro del campo de batalla se desplegaban las falanges. Su misión era la de avanzar de forma lenta y compacta, pero imparable. Al encontrarse con el grueso del ejército rival, la falange enganchaba al enemigo en el combate. Las picas mantenían a los rivales bloqueados y bajo una presión psicológica terrible, sujetando al enemigo en un punto fijo del campo de batalla.

El martillo: la caballería de Hetairoi

Alejandro introdujo otra innovación, la formación en cuña (en forma de triángulo o punta de flecha) para la caballería. Esto permitía al líder guiar la carga desde el vértice, penetrar como un cuchillo en los flancos desprotegidos del enemigo y realizar una maniobra envolvente.

Formación de cuña.

Au papel en la batalla era ser principalmente una tropa de choque. Mientras el enemigo estaba inmerso en el combate contra las terribles sarissas, la caballería de élite de la nobleza macedonia, los Hetaiori (trad. Compañeros) esperaba a que las líneas enemigas se abriesen o debilitasen.

La caballería galopaba hacia la retaguardia enemiga y cargaba con furia. Eran el "martillo" que golpeaba con velocidad de choque, aplastando al enemigo contra el "yunque" de la falange.

Ejemplo del "Yunque y Martillo" en la batalla del río Gránico. La caballería de Alejandro carga en el centro para ganar tiempo a que las falanges crucen el río. Tras esto, la caballería macedonia envuelve al ejército persa, aniquilándolo por completo.

El legado: una máquina invencible

Con esta sincronización matemática, Alejandro Magno destruyó al colosal Imperio Persa de Darío III, conquistó Egipto y llevó la estrella argéada de sus estandartes hasta la India sin perder una sola batalla. Tan sólo en una brillante campaña de 10 años. Así, el mundo antiguo entendió que la guerra ya no se decidía por el número de combatientes, sino por la fluidez de un sistema militar coordinado.

Imperio de Alejandro Magno en su apogeo.

La falange macedonia demostró que la infantería y la caballería debían funcionar como los órganos de un mismo cuerpo. Su dominio duró casi dos siglos, hasta que otra maquinaria bélica, nacida en la península itálica, reclamó su lugar en la historia: las legiones romanas.