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La espada de San Pablo que obsesionó a Franco

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La espada de San Pablo que obsesionó a Franco

El dictador español ordenó en varias ocasiones la búqueda de la espada con la que presuntamente Nerón había degollado al apóstol San Pablo y que había sido una de las reliquias más veneradas de la ciudad de Toledo hasta su desaparición a inicios de la Guerra Civil

Se busca el cuchillo con el que fue degollado San Pablo». El 3 de enero de 1950, los lectores de El Alcázar se encontraron con este llamativo titular en la portada del diario. La información remitía a un convento toledano, el de Las Jerónimas de San Pablo, al que habrían acudido los bomberos municipales para tratar de recuperar aquel objeto del «pozo donde fue ocultado durante el periodo rojo».

El mismo jefe de Estado, Francisco Franco, había dado la orden de iniciar la búsqueda, para lo que fue necesario que el arzobispo primado de Toledo, Enrique Pla y Deniel, levantara temporalmente la clausura del convento. El testimonio de una de las monjas apuntaba a que la también conocida como espada de San Pablo había sido arrojada a un pozo por Juan Mora, el demandadero del monasterio, para evitar que cayera en manos de las milicias republicanas que el 25 de julio de 1936 asaltaron el edificio.

En aquellos primeros días tras el golpe militar del 18 de julio, parte de quienes respaldaban el régimen republicano dieron rienda suelta a su animadversión hacia la Iglesia y los religiosos y el convento de las Jerónimas de San Pablo fue víctima de la oleada anticlerical que se desató en las regiones en las que no había triunfado la sublevación. Al igual que el capellán del convento, José López Cañada, Mora fue ejecutado en los días posteriores al asalto, llevándose consigo el secreto sobre el paradero del alfanje paulino, que 14 años después los bomberos trataban de localizar en un pozo del convento.

En 1950 se celebraba el año del apóstol Pablo de Tarso, por lo que Franco quiso obsequiar al Papa Pío XII haciéndole entrega del arma con la que, según la tradición, el emperador Nerón había decapitado a uno de los más grandes difusores del mensaje de Jesús. Al menos esa era la versión que sostenía la prensa de la época, férreamente controlada por el régimen franquista.

El dictador español dio a lo largo de su vida notables muestras de cierto gusto por lo esotérico y un fuerte apego hacia las reliquias religiosas

Sin embargo, Francisco José Rodríguez de Gaspar, autor del libro El enigma de la espada de San Pablo (Almuzara, 2018), defiende que «la motivación de Franco Bahamonde se sustentaba sin duda en algo más personal, en una pretensión propia que no se puede comprender si no se analiza su personalidad con más amplitud».

Según su relato, el dictador español dio a lo largo de su vida notables muestras de cierto gusto por lo esotérico y un fuerte apego hacia las reliquias religiosas, como queda evidenciado a través del relicario de la mano de Santa Teresa de Jesús -que usaba a modo de amuleto y solía llevar consigo en sus viajes- o del manto de la Virgen del Pilar, que empleó durante sus meses de enfermedad, como bálsamo para sus dolencias.

La espada de San Pablo

La espada de San Pablo YOLANDA LANCHA

Franco había tenido ocasión de conocer la espada de San Pablo durante su estancia en Toledo, adonde llegó en 1907, a la edad de 14 años, como un joven cadete de la Academia de Infantería de la ciudad castellanomanchega. Por entonces, la espada de San Pablo disfrutaba de una posición relevante en el calendario festivo toledano. No en vano, Gregorio Marañón calificó como «una de las tradiciones más antiguas y veneradas de la ciudad» la costumbre de acudir, cada 25 de enero, festividad de la conversión del apóstol, a adorar aquella reliquia que custodiaban las monjas jerónimas en su convento. El denominado Caudillo de España, además, frecuentaba el convento para arrodillarse y rezar frente a la espada, según los relatos de las propias monjas.

La espada había llegado a Toledo, según detallan varios libros antiguos, en el siglo XIV, donada por el cardenal Gil de Albornoz, que la habría recibido de manos del papa Urbano V, en agradecimiento por los múltiples servicios prestados a Roma. El sumo pontífice premiaba así a uno de los más fieles colaboradores de la Iglesia católica -fue uno de los principales artífices de la recuperación de Roma como sede del papado- con una preciada reliquia.

La antigua tradición cristiana sostenía que el apóstol San Pablo había muerto decapitado entre los años 67 y 68 por Nerón, en las cruentas persecuciones de cristianos que el emperador ordenó contra éstos, acusados de ser los responsables del gran incendio que había arrasado Roma en el verano del 64.

Es en realidad un falchión, un instrumento ofensivo de origen medieval que no se empezó a emplear hasta el siglo XI,

La espada con la que se había ejecutado la sentencia de Pablo de Tarso era, presuntamente, la que Urbano V había regalado al cardenal español varios siglos después, aunque Rodríguez de Gaspar niega de forma categórica que aquel objeto fuera el que segó la vida de uno de los principales impulsores del cristianismo. «No tuvo nada que ver con él en vida. Nunca coincidieron», escribe.

La rotundidad del autor se explica porque la conocida como espada de San Pablo «es en realidad un falchión, arma más conocida en España como bracamarte o bracamante», un instrumento ofensivo de origen medieval, que no se empezó a emplear hasta el siglo XI, mucho tiempo después de la muerte del apóstol.

Pero hacia el siglo XIV pocos tenían los conocimientos para poner en duda la veracidad de un objeto que, exhibido en el convento jerónimo de Santa María de la Sisla durante más de cuatro siglos, se convirtió en una de las reliquias más prestigiosas de la ciudad. Posteriormente, en 1820, las leyes de desamortización ordenaron la incautación de aquel monasterio y la espada pasó a formar parte del repertorio de objetos del ya citado convento de las monjas jerónimas de San Pablo, donde continuó siendo objeto de veneración. Allí fue donde Franco pudo conocer la espada y allí fue donde se mantuvo hasta su desaparición en julio de 1936.

Tal y como explica Rodríguez de Gaspar en su libro, la búsqueda iniciada en 1950 resultó infructuosa. Pese a que el interés del Caudillo hizo que el operativo se prolongara durante varios días, en los que los bomberos achicaron el agua y retiraron los escombros de los tres pozos existentes en el recinto, el operativo hubo de ser suspendido sin los resultados deseados.

Un silencio absoluto volvería a envolver el misterio de la espada hasta que en 1967, cuando se iban a conmemorar los XIX siglos de la muerte de San Pablo, el régimen reactivaría las labores de búsqueda. Las pesquisas se avivaron a partir de lo que se consideró «un hallazgo providencial», que no era otra cosa que un pergamino guardado en los archivos del Museo de Santa Cruz en el que se reproducía el arma, con todas sus características.

Al régimen no le quedó más alternativa que, a partir del pergamino del Museo de Santa Cruz encargar una serie de réplicas

Con la esperanza de que la espada estuviera en posesión de algún individuo que desconociera su valor o temiera las reprimendas por su retención, las autoridades franquistas alentaron una campaña en prensa, que pretendían extender a la televisión, para animar a quien tuviera información sobre su paradero a compartirla, sin temor a posibles consecuencias.

Nuevamente, todo fue en vano y al régimen no le quedó más alternativa que, a partir del pergamino del Museo de Santa Cruz encargar una serie de réplicas, una de las cuales le sería entregada al cardenal Vicente Enrique y Tarancón, mientras que otra fue entregada al propio Franco. Ese es, al menos, el relato que quedó reflejado en la prensa de la época.

¿Pero fue realmente así? A lo largo de su investigación, Francisco José Rodríguez de Gaspar desvela múltiples incongruencias en el relato oficial de la búsqueda que le llevan a poner en cuestión su veracidad. ¿Fue realmente una copia de aquella reliquia la espada que recibió Franco a inicios de diciembre de 1967?

Resulta imposible saberlo, porque ni siquiera existen fotos de la entrega y ni aún menos rastro de qué fue de ella tras la muerte de Franco. Pero el autor de El enigma de la espada de San Pablo no ve descabellado plantear la posibilidad de que, frente a lo publicado, el régimen franquista sí consiguiera, finalmente, dar con la auténtica espada de San Pablo y que esta pasara secretamente a formar parte de las posesiones de un Franco que tanto la había anhelado.

Sea cierta o no esta hipótesis, lo único constatable es que el rastro de la espada -o de la presunta réplica- vuelve a difuminarse a partir de entonces y nada vuelve a saberse de ella tras la muerte del dictador en 1975. La antigua y venerada reliquia toledana volvía a desaparecer entre las sombras del misterio. Quizás para siempre. O quizás no.