Albiñana y el nacionalismo español: la misión de salvar a España a golpes

José María Albiñana (segundo por la izquierda), en una reunión con miembros del Partido Nacionalista Español.

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Albiñana, el médico patriota que abrió camino al fascismo en España

Por entonces los odios ya se habían desbordado en España, arrollando a su paso cualquier resquicio de piedad. La venganza era el único combustible que movía la patria. No otra cosa perseguían los milicianos que en la noche del 22 de agosto de 1936 se hicieron con el control de la cárcel Modelo de Madrid. A la capital habían llegado los ecos de la matanza perpetrada pocos días antes por el ejército franquista en Badajoz y aquella sangre solo admitía un castigo semejante como desagravio. La suerte de José María Albiñana estaba echada.

Aquel hombre que se había erigido durante todo el régimen republicano como uno de sus más enconados enemigos había acudido al centro penitenciario en busca de refugio. El estallido del levantamiento militar del 18 de julio le había pillado en Madrid y, sabedor de que no tardaría en encabezar las listas de objetivos de los grupos izquierdistas, trató desde un primer momento de encontrar un escondite seguro.

Disfrazado de invidente, buscó primero asilo en el Palacio de las Cortes, valiéndose de su condición de diputado electo. Y tras conocerse su presencia en la sede del poder legislativo, aceptó la invitación del presidente del Congreso, Diego Martínez Barrio, y el jefe del Gobierno, José Giral, de trasladarse a la cárcel Modelo, donde, esperaban, estaría a salvo de las ejecuciones que aquellos días teñían de sangre las calles de la capital.

Los asaltantes de la cárcel Modelo se ensañaron con Albiñana, al que arrancaron la cabeza tras ejecutarle

Para entonces, sin embargo, la seguridad y el orden se contaban ya entre las primeras víctimas de la contienda. Las distintas milicias de los grupos que apoyaban -con unos u otros objetivos- la causa republicana hacían y deshacían a su antojo, sin cortapisas, y si habían decidido que los presos de la Modelo debían pagar con sus vidas los desmanes de las tropas de Juan Yagüe en tierras pacenses, así se haría. Y lo habían decidido.

A pocos podía sorprender que Albiñaba fuera uno de los primeros en pasar por el tribunal que, para dar cierta apariencia de legalidad a sus asesinatos, decidieron montar los asaltantes de la prisión, ni tampoco que fuera una de las víctimas con las que más se ensañaron antes de ejecutarle. Aquel hombre, considerado como «la imagen misma del reaccionarismo y de la violencia fascista para la izquierda» fue golpeado «con saña, simularon varias veces su fusilamiento con balas de fogueo y terminaron matándole con dos balazos. Luego, los milicianos separaron la cabeza del tronco y la colocaron entre las piernas del cadáver. Así fue enterrado en una anónima tumba colectiva del Cementerio del Este», explica Julio Gil Pecharromán en la obra Sobre España inmortal, solo Dios. José María Albiñana y el Partido Nacionalista Español (1930-1937).

Un nacionalista español radical

El fundador del Partido Nacionalista Español (PNE), que vio la luz durante la primera mitad de 1930, fue uno de los primeros en portar la etiqueta de fascista con la que los seguidores de los grupos de izquierda denostaban a la mayoría de los políticos más representativos de la derecha en aquella convulsa época.

Pero lo cierto es que a Albiñana y a su PNE la etiqueta de fascista no terminaba de encajarle, pese a algunas similitudes que llevan al profesor Eduardo González Calleja a hablar de «seudofascismo». Aunque el propio Albiñana se llegaría a declarar como fascista -«el pueblo español dirige esperanzado sus miradas a la Italia de Mussolini y a la Alemania de Hitler», llegó a escribir- «resultó poco convincente puesto que no hubo indicación alguna de cambios fundamentales en la postura derechista y monárquica de esta pequeña organización», escribe Stanley Payne. De hecho, no tardaría mucho en desdecirse y denunciar los valores del fascismo como exóticos y anticatólicos, lo que le valió un duro enfrentamiento con la Falange.

Sea como fuere, sí es cierto que el partido fundado por aquel médico nacido en la localidad valenciana de Enguera en octubre de 1883 se «aproximaba a los grupúsculos fascistas de aquel entonces» en «su renuncia al juego democrático y su abierta disponibilidad hacia la violencia», comenta González Calleja en Contrarrevolucionarios. Radicalización violenta de las derechas durante la Segunda República, 1931-1936.

El PNE se aproximaba a los grupos fascistas en su renuncia a la democracia y su disposición a la violencia

Pero si había decidido emprender aquella aventura política en 1930, en plena crisis del sistema monárquico, no había sido para proponer una transformación política y social de España sino para defender los valores intrínsecos de la patria, que veía amenazados ante el auge del republicanismo. Y para ello no dudaría en emplear las armas que fueran precisas, con el fin de «aniquilar» a los enemigos de la patria. El trono y el altar como sustentos de la grandeza tradicional de España eran la base de una política que había tomado como lema «España sobre todas las cosas. Y sobre España inmortal, sólo Dios».

Albiñana, que por entonces ya se acercaba al medio siglo de edad, no se había mostrado siempre cercano a los postulados de la extrema derecha. Al contrario, en su pasado residían episodios de militancia en el republicanismo anticlerical y sus primeros -y frustrados- pasos en la política española los dio de la mano del liberalismo, en tiempos de la Restauración.

Sería años después, durante su estancia en México, cuando este prestigioso neurólogo experimentaría un profundo viraje hacia las posturas más extremas del nacionalismo español, en un movimiento que Gil Pecharromán achaca, entre otras razones, a las posturas antiespañolas que adoptaba por entonces el Gobierno mexicano de Plutarco Elías Calles.

Poco después de su regreso a España se enfrentaría con intensa turbación a la caída de la dictadura de Miguel Primo de Rivera y a la crisis que amenazaba con hacer caer la monarquía. Para hacer frente a aquella situación, que, según su visión, era resultado de un complot mundial, orquestado por el judaísmo para destruir España y la civilización cristiana, Albiñana puso en pie, en paralelo al PNE una organización paramilitar bautizada como Legionarios de España, que se presentaba como «la Contrarrevolución y actuaremos por sorpresa, cuando nadie lo espere, rescatando a nuestra patria de la anarquía y arrollando por la fuerza todo cuanto se oponga a su seguridad y engrandecimiento».

El PNE formó unas milicias bautizadas Legionarios de España que protagonizaron constantes episodios violentos

Estas milicias, compuestas en buen número por excombatientes de las guerras de Marruecos, que lucían camisas azul celeste con una cruz de Santiago roja bordada en el pecho, no tardarían en protagonizar, aún antes del nacimiento de la República, acciones violentas en las que incluso llegaría a verse damnificado el líder socialista Indalecio Prieto.

Pese a que las acciones de Albiñana y sus Legionarios les granjearían algunas simpatías -y, en menor medida, algunos fondos económicos- entre los elementos más conservadores de la sociedad española, el Partido Nacionalista Español no pasaría en ningún caso de ser un partido minoritario en la escena política republicana, quedando al albur de los intereses de las fuerzas predominantes de la derecha para desempeñar algún papel mínimamente protagonista.

Pero el escaso peso del partido contrastaba con la popularidad de Albiñana, que con sus dotes de demagogo y su violencia -tanto verbal como física- había logrado erigirse en uno de los políticos más reconocidos de la derecha española, al tiempo que uno de los más odiados por los grupos de izquierda, que no dudaron en convertir, desde el mismo advenimiento de la República, a los nacionalistas del PNE en uno de los blancos favoritos de sus ataques.

Mientras, los políticos de la izquierda republicana, que veían con inquietud sus nada veladas amenazas -«si el poder estuviese en mis manos, yo diría a esos delincuentes sanguinarios [los socialistas]: por lo que tienes de político y social te perdono. Pero por lo que tienes de asesino y de ladrón te fusilo»-, recurrieron a una persecución política y judicial que conseguiría convertirlo en un mártir de la causa monárquica.

A puñetazos en el Congreso

Encerrado primero en la cárcel Modelo de Madrid; confinado más tarde como preso gubernativo en la región cacereña de Las Hurdes, Albiñana tuvo que esperar a las elecciones de 1933, cuando se produjo la victoria de los partidos de la derecha, para ganarse un lugar como diputado en las Cortes. Allí llegó dejando claro su papel: «No soy republicano, sino antirrepublicano, sin ninguna clase de excusas ni pretextos». Sus obras no harían más que confirmar este mensaje, pues si en 1932 no dudaría en ponerse a él y a su partido al servicio del golpe de Estado del general Sanjurjo, tampoco se negaría a jugar un papel relevante en el alzamiento militar de 1936.

Pero antes de eso tuvo tiempo para dejar su sello en el Parlamento, donde incluso los suyos lo calificaban de «estridente», «amigo terrible» y denunciaban su «mal humor» y su «sectarismo». Menos de dos semanas después de la apertura de las Cortes, Albiñana ya se había liado a puñetazos con el doctor Cayetano Bolívar, único diputado comunista. Y poco meses después protagonizaría otro altercado violento con Indalecio Prieto, que le abofeteó después de que el líder del PNE le zarandeara con virulencia.

Su actividad parlamentaria fue, en términos generales, modesta, centrada principalmente en el problema agrario. Aunque tuvo tiempo para abordar cuestiones más polémicas como el nacionalismo catalán, a cuyos líderes recomendaba deportar a Guinea. Llamó al boicot a los tejidos catalanes, ya que «no queremos que cubran nuestras carnes con tejidos impregnados de odio contra España» y se negó a participar del homenaje al fallecido presidente de la Generalidad Catalana, Francesc Macià, al que calificó de «enemigo de España», lo que causó otro tumulto en el hemiciclo.

Albiñana denunció en el Congreso la cesión de competencias a los nacionalistas catalanes, a los que recomendaba deportar a Guinea

Perseguidas las actividades de su partido en territorio catalán, Albiñana aprovecharía para denunciar la cesión de competencias a la Generalidad, advirtiendo de que «entregar el orden público a Cataluña equivale a entregar como prisioneros de guerra a todos los que en Cataluña piensan en español» y que los gobernantes catalanes utilizaban la educación para enseñar «un antiespañolismo con toques socializantes», de modo que «si Dios y el Gobierno no lo remedian, las escuelas catalanas llegarán a ser madrigueras de lobeznos».

El líder del Partido Nacionalista Español logró reeditar su escaño en las elecciones de 1936. Pero para entonces estaba ya más preocupado en la preparación del golpe militar que en su labor parlamentaria. Albiñana, como buena parte de los políticos de la época, había afrontado aquellos comicios como una dramática pugna entre dos bandos entre los que no cabía reconciliación.

En su opinión, ante el Frente Popular, en el que se reunían «todos los malhechores de Casas Viejas, socialistas, comunistas, anarquistas y todos los detritus de la sociedad en quiebra» era necesario que se levantara «todo el país, para arrollar a los traidores que, obedeciendo órdenes extranjeras, actúan de agentes interiores en la conspiración contra España». Su derrota le empujó definitivamente por la vía insurreccional.

Gracias a la fuerza de su partido en la provincia de Burgos y a su condición de diputado, Albiñana tendría un papel protagonista en los preparativos del golpe de Estado, actuando como nexo entre el general Emilio Mola y los conspiradores en Madrid. «Con el triunfo del Frente Popular, todos nos convencimos de que no cabían legalidades ni acatamientos…Hay que derribar todo esto, oí un día decir al doctor Albiñana en una conversación que sostuvimos en Burgos. Así no se puede continuar y el levantamiento tiene que producirse cuanto antes. Desde entonces, los trabajos del doctor Albiñana en pro del levantamiento fueron incesantes, llevados a cabo con gran calor y energía», escribiría su compañero de partido José María Zugazaga.

Ese afán por cumplir hasta el final con su parte en el golpe sería lo que le conduciría a Madrid en vísperas del 18 de julio, pese a las advertencias de sus compañeros, que sabían que la capital podía convertirse en una trampa mortal. «Los que hemos preparado la sublevación tenemos la obligación inexcusable de permanecer en los puestos de mayor peligro», replicó él, comenzando a escribir ahí el epílogo de su vida.

Con su muerte, Albiñana pasaría a convertirse «para la propaganda del primer franquismo en precursor del fascismo y mártir de la Cruzada, en un profeta del Nuevo Estado nacional y nacionalista», escribe Gil Pecharromán, quien añade, no obstante, que, «por su sinuosa trayectoria política y por su personalidad atrabiliaria», estaba condenado a jugar un papel secundario entre los referentes del régimen. Su figura y la del Partido Nacionalista Español no tardarían en quedar sepultados bajo el olvido de un régimen nacido de un proceso destructivo al que sin duda su nacionalismo violento y autoritario contribuyó en buena medida.

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