Un soldado, mientras estaba tendida en el suelo, comenzó a patearme. Primero en la cabeza, después en las costillas, en el estómago… acabó destrozándome la vejiga a puntapiés. Cuando terminó conmigo, me dejó agonizante sobre un charco de mi propia sangre”, Eugenia Unger (Varsovia, 30 de marzo de 1926) hace una larguísima pausa valorativa. Tiene la mirada perdida, en un infinito que está más allá del salón del pequeño apartamento que tiene en un céntrico barrio de Buenos Aires. “No sé cómo pude sobrevivir”, murmura entre dientes reviviendo un horror que durante dos larguísimos años tuvo que sufrir en carne propia. “Llegué a preferir que me mataran a continuar un día más con vida en ese sitio. ¡Malditos nazis de mierda! Me robaron a mi familia, mi infancia y mi vida”, protesta de manera airada.

Han pasado 75 años -que ahora se conmemoran- de la liberación del campo de exterminio, pero Eugenia debe seguir tomando medicación cada día para espantar las pesadillas que, cada noche, la visitan para atormentarla con recuerdos imperecederos. “¿Sabes? La gente suele calificar Auschwitz como un matadero, pero eso es quedarse cortos”, añade.

Dormí durante meses en la calle, pedía comida y limosna, me violaron varias veces… Y pensé: ¡Quiero volver a Auschwitz!», asegura la prisionera 48.914

Sus ojos, color verdoso, se cierran. Suspira profundamente y, con una voz apenas audible, susurra. “Mis cuatro hermanos y mi padre perdieron la vida durante la II Guerra Mundial. ¿Por qué sobreviví yo? ¿Por qué salí con vida de aquel horror?”, se pregunta esta anciana mientras, con la yema de los dedos, se acaricia una marca que la acompaña toda su vida: 48.914. El número con el que los nazis la marcaron en Auschwitz. “Vivir o morir dependía, única y exclusivamente, de la suerte. Un solo día en aquel lugar equivalía a la muerte. Y yo pasé dos años de mi vida allí encerrada”.

Pero el calvario de Eugenia comenzó mucho antes de llegar a Auschwitz. Durante cuatro años vivió hacinada en el gueto de Varsovia, el más numeroso del mundo. Vio morir a sus tres hermanos y a su padre. Pasó por dos campos de concentración en Polonia antes de acabar en Auschwitz. Y, después, recorrió más de 300 kilómetros, a pie, durante la marcha de la muerte. “El camino estaba plagado de cadáveres. Y aquellos que no podían continuar eran rematados por los nazis de un tiro en la cabeza”. En este periplo pasó por otros tres campos más, todos ellos en Alemania, y fue separada de su madre, aunque se reencontraría con ella nueve años después, en Argentina. “¿Sabes? Cuando recuperé la libertad regresé a Polonia. Dormí durante meses en la calle, pedía comida y limosna, me violaron varias veces… Y pensé: ¡Quiero volver a Auschwitz!”.

Eugenia Unger Antonio Pampliega

En todas las culturas, al igual que Paraíso, ha habido un Infierno. Los griegos lo denominaron Hades, para los vikingos era Helheim y para los romanos Inframundo… ¿Y si nosotros tuviéramos que buscar un infierno moderno? Auschwitz, sin lugar a dudas, sería lo más parecido. Pero el campo de extermino erigido por los nazis era algo tangible. “El tren se detuvo. Fuera escuchábamos a los perros ladrar. Abrieron la puerta y comenzaron a gritarnos. Fuimos sorteando los cadáveres de todos aquellos que no fueron capaces de completar el viaje. Formamos. Un miembro de las SS iba pasando revista. Apuntaba con su arma mientras jugaba a ‘pinto-pinto-gorgorito’. Aquel al que señalaba era sacado de la fila para ser conducido a la cámara de gas. Los restantes éramos despojados de nuestra ropa. Nos rapaban el pelo y nos tatuaban un número, como si fuésemos ganado”, rememora Eugenia, cuya voz tiembla al recordar cómo su madre, con 38 años, fue escogida para ir a la cámara. “Se pudo salvar gracias a la intervención de Edith Goldstein, una de las presas más antiguas del campo”, afirma.

Nos sacaron a todos de los barracones. En el patio habían colocado una horca. Allí estaban nuestras cuatro compañeras. Muertas»

«Auschwitz fue una ignominia que debería avergonzar a todo el género humano. “¿Por qué nadie nos ayudó? ¿Dónde estaban los judíos norteamericanos? ¿Y los países europeos? Nadie hizo nada por nosotros”, se lamenta Eugenia. “Todos estos años no he dejado de luchar para que lo que ocurrió allí no cayese en el olvido; porque no podemos permitir que vuelva a suceder algo igual. Deberíamos entender que allí no solo se exterminaron a judíos… Los nazis asesinaron a homosexuales, a ancianos, a gitanos, a testigos de Jehová…”.

En total, 1,1 millón de personas desde el 20 de mayo de 1940, día de la inauguración del campo, hasta el 27 de enero de 1945, el día que los soldados soviéticos liberaron a los 7.600 presos que aún quedaban en Auschwitz, demasiado débiles como para emprender la conocida como Marcha de la Muerte. “Los hornos crematorios funcionaban día y noche, sin parar. De la chimenea salía humo y fuego”, afirma Eugenia, que vuelve a quedarse muda durante un buen rato.

Los silencios, durante toda la conversación, se vuelven habituales. Eugenia estira uno de sus brazos, como queriendo tocar un fantasma que está con ella en el salón de su casa, y retoma la charla. “Varias chicas, que trabajaban en la fabricación de munición, comenzaron a esconderse balas en el dobladillo de la ropa. Lo hicieron durante meses para alimentar una rebelión dentro del campo -el 7 de octubre del 44, los Sonderkommandos judíos, presos encargados de las cámaras de gas y de los crematorios, se levantaron contra los nazis-. Alguien las denunció. A la mañana siguiente. Nos sacaron a todos de los barracones. En el patio habían colocado una horca. Allí estaban nuestras cuatro compañeras. Muertas. Entre ellas Hanka, una de mis mejores amigas”, recuerda sin poder contener las lágrimas. “¿Qué les hicimos para que nos castigasen de aquella manera? Yo sólo tenía 16 años. ¡16! ¡No era más que una niña cuando entré en el campo!”. Recuperó la libertad con 19 años y pesando 28 kilos.

Los piojos nos comían. Teníamos tantos que los podíamos vender por kilos. Mira… Así hubiéramos podido comer carne”, bromea en una conversación que la remueve por dentro y que la altera

Los ojos de Eugenia son el reflejo de su alma. Vivarachos y llenos de alegría. Son transparentes y sin rastro de maldad alguna. Al mirarlos fijamente, uno puede llegar a hacerse una idea de lo que pudieron ver. “Los piojos nos comían. Teníamos tantos que los podíamos vender por kilos. Mira… así hubiéramos podido comer carne”, bromea tratando de quitar hierro a una conversación que la remueve por dentro y que la altera, hasta tener que hacer varias pausas para que se calme.

“Un oficial de las SS se presentó en nuestro barracón. Venía a buscar a Mala Zimetbaum. Días antes había escapado del campo, pero la volvieron a detener. El nazi le preguntó: ‘¿Cuál es tu último deseo?’. Ella le escupió en la cara y sacó una cuchilla y se cortó las venas delante de todas nosotras. No quería morir en la horca…”, recuerda nuevamente Eugenia cuando le pregunto por las amigas que perdió en Auschwitz.

Este lunes 27 de enero se conmemora el 75 aniversario de la liberación de Auschwitz. Eugenia, una de las voces más conocida en Argentina, asistirá a varios actos para recordar a los que allí se dejaron la vida. “Los museos deberían ser de Bellas Artes y no para recordar el horror de la guerra”, repite como un mantra tratando que cale su discurso en las nuevas generaciones. “¿Por qué olvidamos? ¿Por qué negamos lo que ocurrió? ¿Por qué lo seguimos repitiendo? No entiendo al ser humano”, zanja esta enérgica mujer que está a punto de cumplir 94 años. “Y seguiré denunciando, mientras tenga fuerzas, lo que nos tocó vivir en Auschwitz”.