No hay dudas de que Julio César (100 a.C. – 44 a.C.) es una de las figuras más importantes de la historia. Y controvertida, el análisis de su vida es un ejercicio de equilibrismo entre su brillantez como estratega y como político y su crueldad en el campo de batalla y el maquiavélico uso del poder. Dos esperadas novelas sobre su figura y un esclarecedor ensayo ponen a Cayo Julio César en el centro de las librerías de toda España. 

“Por encima de todo fue un ganador –excepto al final, claro está–, y la historia gusta de los ganadores”, asegura Patricia Southern, historiadora inglesa especializada en el estudio de la historia y la arqueología de la Roma clásica y autora de Julio César, un ensayo publicado por Despertaferro en el momento en que los grandes grupos editoriales del país presentan dos novelas históricas con el Divino Julio como protagonista. 

La más esperada de todas es Roma soy yo, la novela con la que Santiago Posteguillo (Valencia, 1967) vuelve a Ediciones B, sello de Penguin Random House. Un sonado salto desde la competencia de la editorial Planeta para el que Posteguillo asegura haber estado preparándose toda la vida. Se espera que el autor español repita sonados éxitos anteriores como su serie dedicada a Julia Domma o Escipión con las que el escritor y profesor valenciano se ha convertido en un gran superventas. Con su nueva serie dedicada a Julio César, que arranca con Roma soy yo el 5 de abril, el autor da el salto al mercado estadounidense -donde su novela llega el 21 de junio- una de las razones que desde Planeta han señalado su salida hacia la competencia. 

El Grupo Planeta se ha sumado a la ola de Julio César otro superventas: Andrea Frediani (Roma, 1963). El autor italiano ha llegado a más de un millón de lectores con la trilogía Dictador, de la que ahora se ha publicado en castellano la primera entrega La sombra de Julio César dentro de su sello Espasa. Una oportuna edición en castellano con la que el grupo editorial ha llenado las librerías, semanas antes que el libro de Posteguillo.

Julio César no ha podido tener mejor homenaje editorial que con una buena guerra con su figura. En este sentido, el volumen publicado por Despertaferro se mueve en un plano diferente de la novela y con esta guerra de las grandes editoriales sólo pueden ganar. Las novelas dejarán a miles de lectores con ganas de saber más sobre un personaje y el libro de Patricia Southern estará ahí para satisfacer ese ansia de conocimiento.

“César se presentó y promovió a sí mismo tanto ante sus contemporáneos como ante nosotros a través de su propia narración de sus guerras, de ahí que nos parezca más cercano que otros romanos que no hablaron por sí mismos”, afirma la historiadora sobre el personaje de la Antigua Roma más famoso de todos los tiempos. “En sus memorias reconoce que cometió errores –aunque probablemente no admitió la responsabilidad exclusiva de los mismos–, y por ello ha pasado a la posteridad como una persona modesta, cosa que desde luego no era. En política se dejó guiar por el sentido común, incluso cuando la hoja de ruta que éste le dictaba contravenía las de otros políticos. Y por encima de todo fue un ganador –excepto al final, claro está–, y la historia gusta de los ganadores”, añade la historiadora.

César y las comparaciones odiosas

El destino ha querido que esta recuperación editorial haya coincidido en el tiempo con una guerra en Europa protagonizada por un autócrata, Vladimir Putin, quien -como Julio César- ha maniobrado políticamente para hacerse con el poder absoluto y cuya figura ocupa estos días, también, las librerías. ¿Se puede comparar a Putin con el César más famoso de todos los tiempos? Patricia Southern considera que sí, salvando todas las distancias. “Comparar a César con Putin es, cuanto menos, tentador. Por una parte César no intentaba reconstruir ningún viejo imperio, sino que se limitó a incorporar territorios en buena medida para racionalizar y proteger las fronteras de la República. En la Galia, César no puso a los civiles en el punto de mira, aunque lo cierto es que tampoco le quitaban el sueño las víctimas no romanas; en la Galia todo hombre era un guerrero en potencia, por lo que no hubo cabida para su famosa clementia –reservada a los prisioneros romanos de la guerra civil–, aunque curiosamente también consideraba “misericordioso” cortarle las manos a los cautivos galos en vez de matarlos. Esto no justifica que César también ocasionara la muerte de mujeres y niños, aunque en cifras imposibles de estimar”, asegura.

La historiadora también recuerda que César encadenó a Catón (95 a.C. – 46 a.C.) político romano que denunció la corrupción. “Pero lo soltó pronto. Dudo que Putin hubiera hecho lo mismo”, mantiene Southern. El opositor de Putin, Alexei Navalny está ahí para atestiguar cómo le acaban de caer nueve años de prisión. 

“Tampoco creo que César amedrentara tanto a su entorno como para que este solo le dijera lo que quería oír, como parece ocurrir en los pasillos del Kremlin. Respecto a la población romana, César trató de mejorar la vida de los civiles con repartos de trigo gratuito y el impulso de una reforma agraria por la que otorgar tierras a los campesinos no propietarios, así como a sus soldados veteranos, y hubo de hacerlo frente a la férrea oposición de los senadores hostiles a su persona. Tampoco parece el caso de Rusia”, añade la investigadora.

Pero hay un campo en el que no hay color entre Putin y César, el de batalla. «No hay comparación entre un César armado con espada y escudo combatiendo en primera línea, con un Putin descargando su frustración en sus generales desde el confort de su despacho. Llámame tendenciosa, pero tomaría el té antes con César que con Putin».