En Orán, la ciudad donde el español sobrevivió al exilio y se mezcló con el árabe en las aceras, en los mercados y en la memoria, se diseñó una operación que pudo haber cambiado el rumbo de España y la larga dictadura franquista que atraviesa la historia del siglo XX. El plan no nació en los despachos de Washington ni en los archivos de Londres. Se fraguó entre republicanos derrotados, presos, guerrilleros y hombres sin país bajo el impulso del espionaje estadounidense. Recibió el nombre de Banana dentro de una mayor denominada Backbone. Su ambición: derrocar a Francisco Franco desde el norte de África.
“Orán fue el zócalo de la operación. Ahí se armó todo técnicamente”, explica en conversación con El Independiente Jean-François Bueno, hijo de uno de sus protagonistas y autor de El espejo para alondras, un libro que bajo el nombre ficticio de Operación Cervantes novela aquella maniobra que en 1943 debía haber allanado el camino para el desembarco aliado en la península ibérica. “El punto de partida fue Argel, pero la operación se organizó en Orán, con mi padre a la cabeza”. Lo que reconstruye no es solo una trama de espionaje. Es, en sus palabras, “una operación enorme y un desembarco previsto, algo que hubiera cambiado el destino de España y de Europa”.

Antes que operación, Backbone (Columna vertebral, en inglés) fue un paisaje humano. El Orán de los años cuarenta era una anomalía histórica: una ciudad profundamente española al otro lado del mar. “El 80% hablaba español… incluso los árabes”, recuerda Bueno. “En mi calle estábamos mezclados y no había racismo”. Fue el resultado de dos oleadas que se superpusieron: la emigración andaluza del siglo XIX y el exilio republicano tras la guerra civil. En ese espacio híbrido, la política no era teoría sino experiencia cotidiana, y la derrota no había cerrado la historia.
De ahí salieron los hombres de Backbone. Tras la Operación Torch, el desembarco aliado en el norte de África, Estados Unidos identificó un riesgo estratégico: Gibraltar podía caer si Alemania utilizaba España como plataforma. La respuesta fue diseñar un desembarco preventivo en el sur peninsular. Pero antes había que preparar el terreno. Y ahí surgió el problema.

Infiltrarse y coordinarse con los maquis
“Primero pensaron en mandar latinoamericanos, pero los detectarían enseguida”, explica Bueno. “Entonces dijeron: tenemos a los mejores en los campos del norte de África, los españoles”. Eran combatientes republicanos, muchos formados en inteligencia durante la guerra civil, conocedores del terreno, de los acentos, de las rutas clandestinas. “Mi padre era agente del SIEP [El Servicio de Información Especial Periférico, la agencia de espionaje de la II República]. Sabían exactamente cómo infiltrarse”.
Así tomó forma una alianza improbable: la OSS estadounidense, embrión de la CIA, y el Partido Comunista español en el exilio. “Tú imagínate una operación organizada por la OSS, súper anticomunista, con los comunistas españoles. Eso parece increíble, pero existió”. Más de 250 hombres fueron reclutados. Jóvenes, en muchos casos de poco más de veinte años, curtidos por la guerra, por la cárcel y por los campos de concentración en el desierto.
Tú imagínate una operación organizada por la OSS, súper anticomunista, con los comunistas españoles. Eso parece increíble, pero existió
En concreto, los estadounidenses la bautizaron como la operación Banana, una de las ramificaciones operativas de Backbone, el plan más amplio diseñado para preparar una posible invasión aliada del sur de España y derribar el régimen de Franco. Banana no era el desembarco en sí, sino la fase preparatoria.
El plan era ambicioso y preciso. Infiltrar comandos en la costa andaluza, especialmente entre Málaga y Granada, estudiar los puntos de desembarco y activar la guerrilla antifranquista en el interior. “Había 30.000 o 40.000 hombres en la sierra. Podían ayudar cuando llegara el desembarco”, explica Bueno, afincado en el sur de Francia. La idea era abrir una pinza: ataque exterior aliado y presión interior de la guerrilla. España podía convertirse en un nuevo frente de la II guerra mundial.

Más que una operación para los republicanos españoles
Para los reclutados, no era solo una operación. Era una promesa. “Les dijeron: participa en la operación y vamos a liberar España. Franco se va y habrá un régimen democrático”, recuerda Bueno. “Esa fue la zanahoria”. Después de la derrota, de la cárcel, del exilio, de la pérdida de contacto con los seres queridos que quedaron en la península, la posibilidad de volver lo era todo.
También lo era, en muchos casos, la necesidad de creer. De recuperar la esperanza en corregir el curso de los acontecimientos que había caído sobre los perdedores como una losa. La historia tiene, sin embargo, otro tono cuando se mira desde la memoria familiar. Durante años, Bueno no creyó del todo a su padre. “Cuando tienes siete u ocho años y tu padre es James Bond, te gusta mucho”, recuerda. “Pero yo pensaba que no tenía ningún fondo real, que se le habían cruzado los cables”. Solo décadas después, al acceder a documentos de la OSS, a archivos policiales y a testimonios, entendió que aquello era cierto. “Le pedí disculpas delante de su foto”, reconoce.

Pero la operación nunca llegó a ejecutarse. El giro fue político. A medida que la guerra cambiaba de signo y Hitler comenzaba a perder fuerza, el interés aliado por intervenir en España se deshizo como un azucarillo. El temor a reforzar a los comunistas pesó más que la urgencia estratégica. “El problema fue el anticomunismo de los americanos”, sostiene Bueno. “Cuando ven que Hitler está perdiendo, dicen: ¿para qué vamos a poner a los comunistas en el poder en España?”.
A eso se sumó la retirada británica. “Churchill se retira y termina proporcionando las informaciones de la operación a Franco”, afirma. El efecto fue devastador. La red quedó expuesta. La represión franquista, apoyada por la inteligencia alemana, empezó a desmontar el andamiaje pieza a pieza. El fracaso no fue solo geopolítico. También fue humano.

“Eran chicos de 20 o 25 años… se ven con dinero en una España donde la gente no tenía nada”, explica Bueno. “Van a restaurantes, hablan, se exponen… no eran prudentes”. Exceso de confianza, indisciplina, juventud. “Los cogieron como conejos. La Brigada Político-Social de Franco estaba formada por gente muy especializada que había sido formada por la Gestapo de Hitler,”, admite el autor de una novela con final amargo.
El golpe resultó brutal. “En La Herradura los mataron a todos… casi 200”, recuerda. “Perdieron más de 300 hombres”. La operación no solo fracasó. Fue desmantelada con violencia. Y sus consecuencias fueron más allá del plano militar. “Esa operación cortó la cabeza del Partido Comunista en España… Hay que esperar diez años para que se recomponga”, agrega.
Los supervivientes intentaron reclamar el respaldo estadounidense. No lo obtuvieron. “Los americanos se dieron la vuelta, como si nunca hubiera pasado. 'No les conocemos' fue el mensaje”, resume Bueno. Su juicio es tajante: “Les prometieron un futuro y después les abandonaron, igual que en otras guerras”.

Sin relato y sin memoria
Backbone desapareció de la historia. No hubo relato oficial, ni reconocimiento, ni memoria compartida. “No entiendo cómo los historiadores españoles no se han apoderado de esta historia”, lamenta. “Estamos hablando de algo enorme y no hay nada. En cualquier país, en Francia o Italia, esto estaría en los periódicos”, lamenta con tristeza por esa desmemoria que ha sepultado otros capítulos de la historia reciente de España, a la que contribuyó una larga y brutal dictadura.
Quizá porque nunca ocurrió. O porque su desenlace no encajaba en el relato de la posguerra. Pero el rastro permanece. En documentos dispersos, en archivos olvidados, en relatos familiares que tardaron décadas en ser creídos. Y en una ciudad, Orán, que fue durante un tiempo el último laboratorio del exilio español. Un modesto monolito, instalado cerca del mar, sigue hoy recordando en la segunda ciudad argelina la contribución de aquellos republicanos cuya presencia la posterior y traumática guerra por la independencia del país acabó diluyendo.
Backbone no dejó monumentos ni fechas. En cambio, está escrito en vidas truncadas, nombres borrados y una posibilidad histórica que se desvaneció antes de materializarse. “En esta operación han muerto muchos inocentes… en la cárcel, torturados, las familias también”, recuerda Bueno. No habla solo de estrategia. Habla de una generación. Desde Orán, aquellos hombres miraron al norte como quien mira una última oportunidad. Veinteañeros con una guerra a la espalda y otra por delante. Cruzar el mar no era solo una misión: era volver a casa.
No lo hicieron. Y quizá por eso Backbone sigue siendo algo más que una operación fallida. Es la historia de lo que pudo ser y no fue. “Ahí tienes una mina… una historia tremenda”, dice Bueno. La de un país que estuvo a punto de cambiar de rumbo y no lo hizo. La de unos hombres que, como su progenitor, diseñaron desde el exilio una posibilidad que la historia decidió no conceder. “Hubiera cambiado totalmente la historia de España y la de Europa”, repite con la nostalgia de un futuro que nunca sucedió. Y que comenzó en Orán, en la orilla sur del Mediterráneo.
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