Hace 85 años, durante la madrugada del 22 de junio, comenzó la invasión alemana de la Unión Soviética. Los despachos del Kremlin bullían de actividad ante un Iosif Stalin que se negaba a aceptar la realidad. Durante meses, el escritorio del secretario general del Partido Comunista se inundó de informes de inteligencia que avisaban de una posible fecha de la invasión: finales de junio de 1941. Sin embargo, Stalin confió en la vigencia del pacto germano soviético, firmado en vísperas del comienzo de la guerra, y sobre todo en el compromiso personal de Adolf Hitler de que no atacaría a la URSS, o al menos, no tan pronto. 

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Soldados de las Waffen SS en la Unión Soviética, 1941. Los tres soldados forman parte de un equipo de mortero ligero.

La red de espionaje soviética, una de las más eficaces del mundo, hacía meses que alertaba sobre los preparativos que se estaban llevando a cabo los nazis en la frontera rusa. Figuras como Richard Sorge, el legendario espía soviético en Tokio, llegaron a informar de la fecha exacta de la invasión, pero Stalin lo despachó llamándolo "un pequeño pervertido que abre burdeles en Japón". No solo eso, Winston Churchill envió varias advertencias basadas en la decodificación de mensajes de la máquina Enigma, con la que los nazis encriptaban sus comunicaciones. Pero de nuevo, Stalin las ignoró, convencido de que era una burda maniobra británica para arrastrar a la URSS a la guerra.

Los vuelos de reconocimiento alemanes violaron el espacio aéreo soviético cientos de veces en las semanas previas. Ante esta situación, la orden de Stalin fue tajante: prohibido derribarlos para no provocar. Pensaba que Hitler no cometería el error de otros militares como Napoleón de abrir un segundo frente mientras Gran Bretaña siguiera en pie y luchando, por lo que tildaba a los informes de invasión como "desinformación capitalista".

El desertor que no pudo cambiar la historia

Pero las advertencias no acabaron ahí. Hubo un último aviso la noche previa a la invasión, cuando un soldado alemán llamado Alfred Liskow cruzó el río Prípiat y se entregó a los guardias fronterizos soviéticos. Después de su detención, les dijo a sus captores: “Mañana a las 3:15 AM atacaremos”.

Una lancha-pontón que transporta soldados llega a la orilla.

Rápidamente los guardias informaron al mariscal Georgy Zhúkov, Jefe del Estado Mayor del Ejército Rojo, que a su vez llamó a Stalin para transmitirle la información proporcionada por el desertor. A pesar de todo, la respuesta del dictador refleja su estado de negación absoluta: "¿No habrán enviado los generales alemanes a este desertor para provocarnos?", preguntó. Minutos después, ordenó ejecutar al soldado por considerarlo un agente provocador.

No obstante, a regañadientes y casi la medianoche, Stalin firmó la "Directiva Número 1" . Un documento ambiguo que pedía poner a las tropas en alerta, pero les prohibía responder a las "provocaciones" alemanas.

El telefonazo que descompuso a Stalin

Finalmente, a la hora señalada, el frente occidental soviético se convirtió en un infierno de fuego de artillería y bombardeos de la Luftwaffe. Había comenzado la Operación Barbarroja. Zhúkov volvió a llamar al Kremlin, desesperado por recibir la orden de contraatacar, pero Stalin dormía en su dacha de Kuntsevo y había dado órdenes de no ser despertado.

Tras mucho insistir a los guardias, Zhúkov logró que el líder se pusiera al teléfono. El mariscal describió la situación mientras se escuchaba la pesada respiración de Stalin al otro lado de la línea. El silencio duró varios segundos. Como apuntó el propio Zhúkov en su autobiografía Memorias y reflexiones, Stalin estaba en estado de shock. No era solo miedo a la guerra, era el colapso psicológico de ver que su confianza había sido traicionada por el único hombre en el que había decidido creer. Incluso en esas primeras horas, Stalin se negó a declarar el estado de guerra, pensando que era una acción no autorizada de "generales rebeldes" de la Wehrmacht y que Hitler no estaba enterado de la situación.

El silencio del líder

El impacto de la traición de Hitler quebró psicológicamente al líder soviético. Durante los días siguientes, mientras las tropas alemanas avanzaban cientos de kilómetros destruyendo a divisiones enteras del ejército rojo, el dictador se aisló en su dacha, sumido en un mutismo casi absoluto.

Prisioneros de guerra rusos

Dejó que fuera su ministro de Asuntos Exteriores, Viacheslav Mólotov, quien le diera la noticia al pueblo soviético el mediodía del 22 de junio, mientras toda la defensa rusa se disolvía como un azucarillo. Stalin tardaría casi dos semanas en hablarle a la nación y lo haría el 3 de julio, con un discurso que, por primera vez, no empezó con el clásico "Camaradas", sino con un: "Hermanos y hermanas... me dirijo a ustedes, mis amigos". El descubrimiento de la invasión nazi no cogió por sorpresa a la Unión Soviética; fue una sorpresa para su líder.