En ocasiones se apagó para siempre. En otras, simplemente está oculto. El cariño se lo llevó una madre ausente, lo olvidó un abuelo enfermo o se perdió en las calles de ‘la ciudad de las noticias tristes’. Los afortunados nacen arropados por él, quienes siguen siéndolo al final del camino incluso se van en sus brazos. Dicen de él que es el motor que mueve el mundo, el mismo en el que nació Maggi que jamás encontró. Por eso lo imagina. A sus doce años, el cariño no ha hecho acto de presencia. Su madre se llevó el que le debía. Al menos, su abuelo lucha por multiplicarlo en una batalla que libra con una memoria que se apaga. Es la historia de una carrera por el cariño que ambos corren en una ciudad oscura, convulsa y gris, como era el Bilbao de los años 80. Para Maggi pintar e imaginar son el mejor refugio, también en la peor trampa para no encontrarlo jamás. La timidez y un rico mundo interior son la plataforma desde la que dar un salto al vacío para reclamar al mundo su porción de cariño.

“El cariño es el lenguaje más puro que hay”, afirma convencido Martín Abrisketa. Este escritor bilbaíno lo ha plasmado en su última novela, ‘El país escondido’ (Ediciones Planeta), la historia de una niña que un día descubre que los colores con los que pintaba e imaginaba el futuro no bastarían. ‘Maggi’, a la que un día su madre abandonó siendo bebé y a la que salen en su búsqueda para evitar que le separen de su abuelo, enfermo de una demencia senil.

El cariño es lo primero que necesitas y lo último que olvidas»

Abrisketa (Bilbao 1967) no tiene duda, el cariño “es lo primero que necesitas y lo último que olvidas”. Es el hilo conductor de su última novela. Su protagonista está inspirada en otra niña cuya historia un día conoció y pronto conectó con su propia experiencia personal. “En mi novela hay varios puntos de partida”, dice. El primero fue conocer el caso de una niña con un síndrome de carencia afectiva, “una niña que durante su primer año de vida no recibió el cariño ni la atención suficiente” y eso le marco”: “La ausencia de cariño te marca de por vida. Más si se trata de niños con una necesidad brutal de cariño que no son capaces de colmar jamás, aunque les des todos los abrazos del mundo. Así es Maggi, una niña que necesita mucho cariño y a la que le quieren arrebatar a su abuelo. Eso sería quitarle la existencia”. Niños necesitados de un cariño del que carecen que buscan refugio en su mundo interior imaginario, recuerda Abrisketa, “pintando el futuro ideal, que cree que se va a hacer realidad”.

El escritor bilbaíno, Martín Abrisketa.

El escritor bilbaíno, Martín Abrisketa.

Un universo propio

El segundo punto de partida de su obra lo tenía en casa. De nuevo el cariño como conexión y el Alzheimer como diagnóstico. “El cariño es el lenguaje más puro que hay. Un enfermo de Alzheimer no te va a entender quizá lo que le dices pero en cuanto le tomas la mano te la va a apretar. Debemos saber apreciar estas cosas, seremos todos mejores”, asegura Abrisketa. El tercer punto desde el que se construye ‘El país escondido’ es su propia ciudad, o el recuerdo de ella. Este cámara de profesión no esconde que es nostálgico y que recuerda con cariño el Bilbao en el que creció, la ciudad en la que con los mismos 12 ó 13 años que su protagonista empezó a despertar a la vida. “Recuerdo que con esa edad descubrí una edad en la que podía ocurrir lo peor y lo mejor, fue aun eclosión de todo, un contexto aparentemente gris y triste pero donde en muchos casos, florece la vegetación”.

Una joven con Síndrome de Down «que se identifica con ‘Maggi’ ilustra ‘El país escondido’

Es en ese Bilbao gris y contaminado de los años 80, en el que la crisis industrial, las drogas o la violencia terrorista marcaba la vida, “donde también creo que existía más creatividad y se vivía mucho más el presente, precisamente por la falta de futuro”, señala.

En esta novela de cariño, de amor, Abrisketa cierra el círculo para su bella historia con las ilustraciones llenas de color de otra niña, otra ‘Maggi’ que demanda cariño a raudales. Es la ilustradora de ‘El país escondido’, una joven con Síndrome de Down que un día, a través de una carta de su hermana agradeciéndoles su novela anterior, -La lengua de los secretos-, le envío el dibujo de una mariposa: “Son personas que todo lo que necesitan es cariño y de alguna manera descubrí que se identificaba con Maggi, ella también dibuja su propio universo”.

Huir de lo emocional

Abrisketa no responde al perfil vasco. El no es reacio a abordar los sentimientos abiertamente: “A veces huimos de lo emocional y luego nos pesa. Nos pesaba en los 80 por no saber percibir bien el sufrimiento de los demás y nos pesa ahora. Sigue ocurriendo”. Reivindica el espejo de los niños, mirarse en él. “Debemos escucharles más”, defiende, y dar respuestas a sus preguntas, “siempre interesantes: por qué hay injusticias, por qué se muere el abuelo, por qué hay ricos, hay pobres, o por qué nos vamos…”.

A veces huimos de los emocional y luego nos pesa, nos pesaba en los 80 y nos pesa ahora»

Las emociones están en las pequeñas cosas. Y en ocasiones cerca de nosotros sin que seamos conscientes de ello. Le ocurrió en la historia que contó en su primera novela, “La Lengua de los secretos”: “Es la historia de mi padre en la Guerra Civil, una historia que en Euskadi la tenía casi todo el mundo en casa, pero cuando te das cuenta de que la tenías ahí mismito, que era una historia grande a la que no habías prestado atención…”. Por eso reivindica la necesidad de abrir los ojos y el corazón, fijarse y escuchar más y aprender de nuevo a gestionar las emociones, “hay cosas que nos perdemos”.

No se cansa en defender el cariño, como lo hace en su novela, como la vía para la transformación humana más maravillosa, “estamos rodeados de verdaderos héroes y no nos damos cuenta, debemos buscar la belleza de lo minúsculo”. Estos días, mientras promociona su último trabajo, mantiene encendido el foco para descubrir cosas que estén ahí, cerca, “pero que quizá no veamos”. Sin forzar, pero abriéndose para que en su cabeza adquiera formar la próxima historia con la que aprender, “escribo para aprender, lo tengo claro, no puedo forzar”.