logo
Lucía Mbomío: "Si buscas mujer en Google, tarda en salir una negra"

Libros

Lucía Mbomío: "Si buscas mujer en Google, tarda en salir una negra"

Sandra es una niña de seis años que está a punto de ir por primera vez al colegio. Es el Madrid de 1987, momento en que las niñas se ven obligadas a ir con un tipo de ropa que fija el de código de vestimenta, el que rige el canon de belleza. Porque incluso desde pequeñas eso importa.

En esta preparación para ir uniformada junto al resto, Sandra tiene que ‘trabajar’ un poco más: su padre nació en Guinea y el resto de niños de clase va a encontrar extraño el color de su piel. «Ser negra no es nada malo, hija, pero mucha gente cree que sí, así que tienes que cambiar la idea sobre ti», fueron las palabras de Aurora, su madre. Esa es la primera vez que Sandra descubrió que era diferente, o por lo menos, que el resto iba a cuestionar su lugar de nacimiento.

Esta historia pertenece en realidad a Lucía Asué Mbomío Rubio, autora de Hija del camino y afrodescendiente. Aunque no sea directamente su historia, se ha inspirado en el tiempo y lugar en que Sandra vivió, el Alcorcón de los 80. La propia Lucía Asué Mbomío Rubio ha contado a El Independiente cómo se sentía en esa época: «En el 81 había un nivel de soledad brutal, solo veía a mi padre, mi hermano y mi reflejo en el espejo».

Lucía Asué Mbomío Rubio

La escritora cuenta que ahora hay más espacios de convivencia, que habría sido más fácil porque tendría más amigos. Las amistades resultan ser bastante influyentes en los primeros años de vida, «ya que acabas creyéndote todo aquello que te dicen». Y es que incluso tus seres más queridos acaban haciendo apología al color de tu piel si no lo comparten.

Lucía siente que ese «terrible color carne» del que no es su piel la ha limitado desde pequeña, y que todos los que pasan por este tipo de discriminación aprenden, tarde o temprano, que «eres negro desde que naces, pero tienes que saber qué es ser negro en esta sociedad. Es interesante, doloroso e incómodo». Este proceso por el que pasó la autora le hizo dudar de sus antiguas parejas e incluso de su madre «blanca» que pudo haber pensado que el pelo de su hija es un problema.

Una vez alcanzada la adolescencia, Lucía reconoce -al igual que la protagonista de su libro- haberse pegado un montón tras recibir insultos tipo «negra de mierda». Explica que «una cosa es lo que significa ser negra a nivel social, que se adquiere con el proceso de toma de conciencia, pero saber que eres diferente desde pequeña, desde que tienes recuerdos en los años de los ochenta cuando te preguntaban de dónde eres…» Y todo por tener una apariencia distinta. Desde pequeña me han extranjerizado y se han hecho «gracias por el color de mi piel».

La búsqueda de la identidad

Lucía, nacida en Alcorcón, no fue a Guinea hasta que cumplió 25 años. Una vez allí, «conocí a mi familia y sentí que volvía a casa, aunque nunca hubiera estado». Para los afrodescendeientes, visitar su lugar de origen supone volver a casa, no es un viaje de ida. Lucía, una vez en el país africano, sintió un impacto muy brutal: «El clima, esa humedad tremenda que te envuelve».

Afirma ser la ntang en Guinea, un término que significa que viene «de fuera» y que tiene una «apariencia distinta». Allí es un pariente blanco, pero siente que forma parte de una tribu, de su nzomo. En España afirma sentirse incómoda al verse obligada a repetir hasta la saciedad que es de Alcorcón. Ellos «quieren ir más allá, más lejos. Tienes que defender algo que es normal. Nadie elige donde nace, es producto absoluto de la casualidad».

La autora denuncia que «si pones en Google la palabra ‘mujer’, tarda mucho tiempo en aparecer una mujer negra». De hecho, lo ‘habitual’ es añadir su apellido o el color de su piel, ya que sino la sociedad «visualiza a una mujer blanca».

La historia de la novela y de la joven, no son en realidad «un relato sobre el racismo», afirma Lucía. La narración enmarca la historia de la chica, pero sobre todo su búsqueda de la identidad. «No sabe a donde pertenece no solo por la raza, sino por la normatividad y la estética».

En definitiva, el tema de no sentirse de ningún sitio, porque tus padres se han movido mucho, es que no puedes llamar casa a ningún lugar o bien llamas casa a muchos lugares. Tanto los migrantes como los hijos «hablamos de vuelta, por qué algo a lo que llamamos ida es vuelta, el lugar al que regresan es otro».