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Wyoming vivió ajeno al movimiento "pseudopijillo" de la Movida

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Wyoming vivió ajeno al movimiento "pseudopijillo" de la Movida

«Yo era paralelo a la Movida madrileña», afirma un Gran Wyoming que presenta su cuarto libro, La furia y los colores. Antes de Alaska estaba el rock, una música totalmente suburbial perteneciente a los barrios obreros de la periferia. En La Elipa estaba Burning y en Carabanchel, Rosendo. Para este médico reconvertido a humorista, era una vida que no se correspondía con los cánones del Régimen: «La gente de bien no hacía esas cosas». Explica que, con la entrada de la modernidad, «los hijos de la clase media entran en la música». Tienen otro talante y hacen otro tipo de sonido. «Pero yo ya estaba metido en el rock and roll. La Movida me pilló en otro lado».

Un centro de reunión de aquellos años era el bar La Bobia, junto al Rastro. Allí «se juntaba lo mejorcito de Madrid, allí se calentaba el magma que más tarde haría erupción en forma de la Movida, una amalgama de músicos, pintores, cineastas, escritores noveles y editores de fanzines y comics, aderezados por la presencia de fashion victims». «Se creó un frente de la moda que aglutinaba todas las tendencias […] como si de un museo de la moda a través del tiempo se tratara» en el que el único nexo común fuera romper el molde.

Entonces surgieron los punkis de Kaka de Luxe, adolescentes de clase media alta con una jovencísima Alaska de 14 años, que fueron el germen de la Movida. «Su planteamiento era de simple provocación […], pero nada de repulsa, ni crítica a lo que estaba pasando». La Movida vino a liberar la música de los progres. «Dio la espalda deliberadamente a aquella lucha que se libraba en la calle. No iba con ellos. Ni ganas». Lo suyo era el desenfado, la espontaneidad, la actitud lúdica; eran grupos con calidad de conjunto musical de instituto, con ansias de romper con lo que ya existía, el rock. «No hubo la más mínima intersección entre los toscos rockeros y los glamurosos estetas de la Movida», «eran dos ambientes, dos ideas, dos mundos incompatibles».

Y como todo se atropellaba, enseguida llegó el glam bajo la estela de David Bowie. «Se creó una legión de grupos que podrían acabar con las existencias de complementos de disfraces de Caramelos Paco en una tarde», escribe Wyoming. «A España los distintos movimientos musicales, que representaban a diferentes estratos sociales, llegaban a la vez, con lo que se producía un curioso sincretismo entre el punk y el glam, que eran fenómenos contrapuestos, pero en nuestros escenarios lo normal era que el guitarrista de un grupo fuera punk, el bajista glam y el batería saliera con una camiseta de baloncesto. Esa función del glam y el punk fue la esencia de nuestra revolución escénica.

Frente a las luchas políticas de la dictadura, aquella revolución lo fue «de individuos, no centralizada, ni capitaneada o dirigida por un grupo de presión de cualquier orden, una revolución sin líderes que se escapaba de control; poco o nada podían hacer para aplacar aquella efervescencia… aquella eclosión vital de tintes anarquistas». En la que, desde luego, estaba él: «Nosotros entrábamos más en el perfil de los ácratas».

En definitiva, para Wyoming la Movida «era otro género, otra gente más joven», en realidad , «bastante reducido, muy pequeño. Ha tenido muchísima más repercusión mediática de lo que fue en realidad». Era un lenguaje de vanguardia al que pudieron acceder los «cuatro gatos» que podían permitirse pagar la entrada del Rokola. Como movimiento social era un movimiento «pseudopijillo», sentencia el presentador.