Elisabeth Tova es una ensayista y escritora, que cuando tenía apenas 30 años y tras regresar de un viaje, empezó a sufrir los síntomas de un trastorno neurológico. Debido a sus dificultades para levantarse, estuvo durante un año postrada en una cama que redujo totalmente su contacto con el mundo exterior. «Como estaba enferma y no podía llevar una vida normal, empecé a contemplar un caracol que llevé a mi habitación, y que me permitió seguir en contacto con lo que había ahí fuera», cuenta la propia autora a El Independiente. Durante ese tiempo, «estuve contemplando día y noche cómo crecía el pequeño animal».

Esta vivencia inspiró a Elisabeth Tova para escribir El sonido de un caracol salvaje al comer, libro que ha publicado bajo un seudónimo para no dar a conocer información personal y proteger su identidad. Además, el título ha encontrado un lugar especial en el ámbito de las humanidades médicas, y se está utilizando en el entorno de la educación secundaria y superior.

A medida que se suceden las páginas, el lector irá descubriendo el consuelo y la sensación de asombro que despertó en la autora esta misteriosa criatura, que también le permitió comprender su lugar en el mundo. Tova pasa a ser una observadora astuta e ingeniosa, que ofrece una mirada sincera y cautivadora de este pequeño animal. Descubrió que «los caracoles generalmente viven solos, aunque también lo hacen en colonia».

Cuando el caracol llegó a su habitación, la autora empezó a conocer su rutina diaria y nació en ella la necesidad de conocer todo lo que había a su alrededor. «Me reconfortó mucho ver que el caracol, que normalmente vive en un bosque, podía adaptarse a una habitación». Contemplar al animal le dio fuerzas para aprender a vivir en una situación diferente como la suya, condicionada por una enfermedad que la tenía encerrada en su habitación. «Aprendí que la vida es inesperada e incierta, y que podemos adaptarnos a pesar de que esté llena de incertidumbres».

El aislamiento al que se vio obligada a someterse Elisabeth Tova, puede recordar a más de uno al confinamiento en el que está sumido el mundo entero, debido a la crisis del coronavirus. De esto también ha hablado la autora, que recomienda a los que peor están llevando el encierro que «conecten con el mundo natural a través de una planta de interior, un gato o un perro». También sugiere mirar por la ventana, una práctica que considera «muy saludable» y que ayuda a pasar el día.

Además, recomienda a los confinados hacer algo totalmente nuevo, «como cocinar, reformar su vivienda en medida de lo que sea posible o acercarse al arte. En definitiva, actividades que no hayan podido llevar a cabo antes por falta de tiempo». En caso de que el aislado eche de menos el aire libre, Tova aconseja leer libros basados en el mundo natural. La literatura es un auténtico «refugio» en tiempos de cuarentena, porque es una forma «de llevar tu mente en cualquier dirección».

Tener la imposibilidad de salir al mundo exterior cuando a uno le apetezca, como le pasó a la autora con su enfermedad, dio rienda suelta a su faceta creativa y a la imaginación, a reflexionar sobre «qué hacer en un mundo más pequeño. El pensamiento que nos mantiene en marcha, que sería un animal, una ventana, nos permite pensar cómo llenar nuestro tiempo en el pequeño mundo de nuestras casas», sentencia.