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Sociedad

Ex reclusos, sobre el confinamiento: "Es una libertad presa"

Si alguien puede estar «preparado» para el aislamiento que ha precipitado la crisis del coronavirus, son las personas que han pasado un tiempo entre las rejas de una celda. Algunos ex reclusos que participan en programas de acompañamiento laboral de la Asociación Arrabal-AID, como Ezequiel Cabañas, afirman que la situación actual «es una libertad presa» y que la cárcel es «una prisión presa». A diferencia del segundo estado, el convicto recuerda los formalismos, las instrucciones estrictas y la falta de libertad. Una vez fuera, recuperó muchas comodidades, entre las que se incluía el aseo propio. «En prisión haces todo dentro de la celda que compartes con otra persona, y ahora estamos en familia», cuenta.

Julia Rodríguez también estuvo en prisión. Confiesa que el de Covid-19 es un confinamiento diferente: «No es que sea como una cárcel. Porque podemos salir a comprar el pan o cualquier cosa. El aire te da en la cara». Y, además, está «encerrada» con sus niños. Admite haberse «acostumbrado a todo», pero le está costando un poco más porque sus hijos «lo llevan peor». En definitiva, lo que sí tienen en común la situación actual y la cárcel es esa sensación de «encierro».

Permanecer en un sitio sin mucho que hacer te permite desentrañar cosas de ti mismo», reconoce Cabañas

En relación al tiempo que lleva adaptarse a cualquier tipo de «encierro», Julia Ramírez tiene malos recuerdos de su primer año en prisión, ya que «te acostumbras muy lentamente». Su día a día lo llevaba «muy mal» y se sentía rara porque nunca se había imaginado allí dentro. Después, en cambio, descubrió que la vida en la cárcel es más que estar en la celda: «Nos levantábamos a las ocho, desayunábamos y luego algunas íbamos a trabajar a la lavandería hasta las dos y media». En ese rato estaba fuera del módulo, «lo que suponía un cambio». Hacía talleres de costura y había un gimnasio «no muy grande» en el que podía hacer deporte. Una vez de vuelta en la celda, «me ponía a leer los libros que me traían de la biblioteca y, como se me daba bien el punto de cruz, me pasaba las horas cosiendo».

Por su parte, Ezequiel Cabañas también recuerda sus años en prisión y no duda en compararlo con el confinamiento: «Aprecio más el tiempo que tengo en casa para hacer muchas cosas. En la cárcel valorabas lo poco que pasabas en el patio, que eran cuatro horas por la mañana y cuatro por la tarde». El resto, como ahora, estaba encerrado leyendo y acercándose al dibujo. Cabañas afirma haber descubierto su talento para dibujar -algo que nunca había hecho-, estando en la cárcel. «Permanecer en un sitio sin mucho que hacer, te permite desentrañar cosas de ti mismo».

Tanto antes como durante el confinamiento, es muy común el uso activo del teléfono, Internet y el ordenador. Lo mismo le pasa a Cabañas. En ocasiones, el ex recluso retoma el hábito que tenía en prisión de «aprovechar el tiempo» alejado de la tecnología. Al igual que el dibujo, la literatura fue una de sus formas de «acabar con el aburrimiento» y despertó en él la necesidad de escribir letras. Ahora, es rapero.

Por ello, Cabañas anima a los confinados a que se obliguen a alejarse del teléfono, Internet y ordenador y se tomen un tiempo «para sí mismos», al igual que hizo él en prisión. «Desde mi punto de vista, esto me ayudó a entender que, estés preso o no, sigues privado de libertad cuando no te das un tiempo a ti mismo, cuando deseas hacer algo pero estás limitado por otras cosas, como el trabajo, las redes sociales o alguna vanidad». Considera que «una persona se tiene que dar su propia cuarentena para que fluyan las ideas». Por su parte, la ex convicta anima a leer y «hacer flexiones». Cuando estaba en la celda, ella pasaba el tiempo cosiendo y leyendo. «Ese era mi entretenimiento», cuenta.

La vida después de la cárcel (y del confinamiento)

Julia Ramírez entró en prisión por «coger comida para mis niños». Tiene cinco retoños y un marido discapacitado sin ningún tipo de pensión, y se vio en una situación en la que «no recibía ayuda de nadie». A la desesperada, se llevó bolsas de supermercados hasta que le «pillaron». Lamenta haber cometido el delito que hizo que acabara en prisión, pero reconoce que, una vez fuera, temía por volver a su situación. Por suerte, actualmente trabaja de camarera en un hotel gracias a una entidad de inserción laboral. «Al principio lo pasé muy mal porque estaba entre la espada y la pared, pero salí adelante».

Algo similar le pasó a Cabañas, que estaba «aterrado» por no tener oficio: «Prefería seguir dentro, donde no me obligaban a trabajar, tenía techo y comida». Y es que en el mundo real, dice, hay que pagar por todo, «incluso si eres rico». Sin embargo, encontró un empleo recogiendo fundas de almohadas de turistas que lavaba y que le permitió salir de una situación que rozaba la mendicidad.

A las dificultades que suponen ser un ex convicto en busca de empleo, se suman los problemas desencadenados por el coronavirus. Personas como Julia Ramírez están sufriendo los síntomas propios de la ansiedad «debido a la situación de confinamiento». Cuenta que debería haber cobrado el ERTE el día 10 de abril, y no lo hará hasta 10 de mayo. «Desde el 14 de marzo, que tuve un ‘mierda’ sueldo, carezco de ingresos». De nuevo, a la desesperada, se vio obligada a llamar a la directora del hotel, a la que considera «buena gente» y, «por suerte», ha dado a todos los trabajadores un adelanto de 300 euros para que vayan «tirando»: «Nos lo descontarán de la siguiente nómina, pero lo agradezco».

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