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Literatura

Juan Carlos Onetti, el confinamiento deseado

El día 30 de este mes se cumple un nuevo aniversario de la muerte en la ciudad de Madrid, del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994), y al que recordamos en estos tiempos de aislamiento obligado en nuestras casas, por haber pasado voluntariamente durante más de una década, confinado en la habitación de su domicilio madrileño.

Concretamente los últimos cinco años de su existencia atrincherado en su cama, ya que era donde tenía lugar «todo lo importante», tal y como confesó públicamente en más de una ocasión. Sin embargo, Dolly Muhr, violinista y viuda del literato, confesó en un diálogo cultural en los Cursos de Verano de El Escorial del año 2018, que era por «pereza».

En aquella habitación del número 31, piso 8, apartamento 3 de la Avenida de América de Madrid, «Juan dormía, comía, leía y hacía el amor», detalló Muhr, que vivió con su marido desde que aterrizaron en la capital española en 1974. «En realidad —escribió Dolly, para el Preámbulo de las obras completas—, no debería decir que Juan permanecía acostado, sino recostado, puesto que para leer y escribir mantenía un increíble equilibrio sobre su codo derecho, maltrecho al cabo de tantos años de emplear esa postura».

En la cama en la que estuvo hasta su último aliento, Onetti estuvo acompañado de su máquina de escribir, libros con comentarios personales y algunas cartas que intercambiaba con Octavio Paz o Gabriel García Márquez. Lo más curioso es que durante esos últimos años, sus lecturas estaban basadas en novelas policíacas de serie B y ediciones baratas, por lo que los ejemplares se iban deshilachando entre sus manos, según las iba leyendo.

Pese a que muchos le consideraban una persona hosca y agresiva, era un hombre que «entendía las debilidades y los fracasos humanos. Tenía una visión entrañable y no juzgadora», defiende Muhr. Esa visión la corraboró personalmente en el mítico programa de Televisión Española, A fondo, donde a las preguntas del gran periodista Joaquín Soler Serrano, achaca su estilo de vida solitario a la timidez y el deseo de escribir con total libertad.

Esa personalidad tan difícil, no impidió que contrajera matrimonio en cuatro ocasiones, dos de ellos con sendas primas hermanas, aunque la mujer que le acompañaría hasta sus últimos días, sería la argentina de origen alemán Dolly Muhr, con la que se casó en 1955.

El hecho definitivo que le traerá a tierras españolas, sucedió en el año 1974 cuando la Junta Militar gobernante en Uruguay, le encarceló durante tres meses acusado de haber formado parte del jurado del premio literario Marcha, que concedió el primer premio a un cuento tachado de «pornográfico».

Una vez libre, su esposa vendió todos los objetos de valor para que Onetti ingresara en un psiquiátrico, que le ayudará a superar los meses que estuvo en la cárcel. Quedarse sin sus pertenencias creó un gran vacío existencial en el escritor, y según declaró en el discurso de recogida del Premio Cervantes, con el que fue galardonado en el año 1980 «llegué a España con la convicción de que lo había perdido todo, de que solo había cosas que dejaba atrás y nada que me pudiera aguardar en el futuro. De hecho, ya no me interesaba mi vida como escritor”, 

De hecho en el año 1974 el matrimonio llega a España «con lo puesto», pero contarán con la ayuda inestimable de sus amigos los poeta Félix Grande y Luis Rosales, entre otros. Aquí pasarán dos décadas, en las que Onetti pagaba las facturas gracias a las columnas que escribía para EFE. «Yo cuidaba a Juan aunque él intentó convencer a mis padres de que él me cuidaba a mi para que nos dejaran estar juntos», comentó Muhr, que se hizo cargo de todas las tareas y responsabilidades, «desde pasar los artículos y libros a máquina a firmar los contratos de las viviendas».

Placa conmemorativa en el número 31 de la madrileña avenida de América

La escritora Hortensia Campanella, que conoció a Onetti en 1978, confesó a la agencia EFE que «con mucha frecuencia lo encontraba en la cama», sin embargo también recalcó que también se incorporaba de la cama cuando había visita, y en el mes de agosto, iba de vacaciones con su mujer. Algunos de los personajes que se acercaron a la vivienda de los Onetti, fueron su compatriota Mario Benedetti y el nicaragüense Tomás Borge, a los que atendía sentado. Sin embargo contaba su compatriota Eduardo Galeano, que una vez «envié a dos jóvenes amigos a ver a Juan Carlos. Llamaron y llamaron a la puerta hasta que al fin se deslizó un papelito con la letra inconfundible de Onetti por debajo de la puerta, que explicaba: ‘Onetti no está'».

En el año 1979 ve la luz su novela Dejemos hablar al viento, que recupera Santa María, ese territorio imaginario donde el autor uruguayo solía situar sus libros, e iniciada en 1950 con La vida breve, y continuada con El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964). Una vez reinstaurada la democracia en Uruguay en 1985, el presidente electo Julio María Sanguinetti le anima a que regrese, petición que rechaza.

Y es que curiosamente, el enclaustramiento en su hogar madrileño viene precedido de una huida, la de su país natal, que según uno de sus más rendidos admiradores, Mario Vargas Llosa, «es una fuga de América Latina, donde los intentos de democratización fracasan una y otra vez, los hombres decentes al final son barridos por los espadones, por los militares, y los gobiernos deshonestos, ladrones una y otra vez, embarcan a los países en aventuras que los empobrecen».

En 1987 publica la novela Cuando entonces, concebida ya en su estilo de vida propio de un ermitaño, y que él justificaba asegurando que «más de una vez yo dije sin ningún propósito de vanidad que mi reino no es de este mundo. Y en verdad no es. Mi mundo es el que yo me invento, y este en el que vivo sólo existe en cuanto me da material para el otro. Es en ese sentido que vale para mí. El hecho de que sea de aquí de donde yo saco la materia para construir el mundo de mi literatura, hace que viva este mundo con gran distancia.»

El 30 de mayo de 1994, a los 84 años, fallecía Juan Carlos Onetti en una clínica de la capital debido a una afección hepática. Sus restos fueron incinerados en el Cementerio de La Almudena, siguiendo su última voluntad. Solamente queda recordar el título de su postrera novela madrileña, Cuando ya no importe (1993), toda una declaración de intenciones.

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