Edward James Hughes (West Riding of Yorkshire, 17 de agosto de 1930 – Londres, 28 de octubre de 1998), más conocido como Ted Hughes, fue un poeta y autor de libros infantiles que está considerado como uno de los mejores de su generación. Estuvo casado con la también poetisa Sylvia Plath hasta que esta se suicidara en 1963, a la edad de 30 años. Su relación estuvo marcada por la polémica y las trifulcas con feministas y admiradoras de Plath. De hecho, el último trabajo de Hughes, Cartas de cumpleaños (1998), es un análisis de la institución matrimonial.

La revista Time colocó en 2008 a Hughes en el cuarto puesto de la lista de los 50 mejores escritores británicos desde 1945, y el 22 de marzo de 2010 se anunció que el poeta iba a tener un monumento en la Abadía de Westminster, en Londres.

Con motivo del 90 cumpleaños de Edward James Hughes, presentamos una selección de cinco poemas para que aquellos que los conozcan refresquen su memoria y, quienes no, los descubran por primera vez.

Libertad de expresión

En tu sexagésimo cumpleaños, a la luz del pastel,
Ariel se sienta en tu nudillo.
Le das de comer uvas, primero una negra, luego una verde,
De entre tus labios fruncidos en un beso.

¿Por qué eres tan solemne? Todo el mundo ríe
Como agradecido, la reunión entera:
Amigos viejos y nuevos,
Algunos autores famosos, tu corte de mentes brillantes,
Y editores y doctores y maestros,

Sus ojos entrecerrados por una risa satisfecha:
Hasta las amapolas muertas ríen, una pierde un pétalo.
Los cabos de las velas tiemblan
Intentando contener su júbilo. Y tu madre
Ríe en su asilo de ancianos. Tus hijos
Ríen desde lados opuestos del globo. Tu padre
Ríe en su ataúd profundo. Y las estrellas,
Sin duda también las estrellas se estremecen de risa.

Y Ariel,
¿Qué pasa con Ariel?
Ariel está feliz de hallarse aquí.
Sólo tú y yo no sonreímos.

El minotauro

La tabla de la mesa de caoba que rompiste
había sido el ancho tablón superior
del armario legado por mi madre:
surcado por las cicatrices de mi vida entera.

Se venció bajo el martillo.
aquel día blandiste un alto banco
enloquecida por mi retraso
de veinte minutos para cuidar a los niños.
“¡Espléndido! —grité—. Adelante,
rómpela en mil pedazos.

¡Eso es lo que estás omitiendo en tus poemas!”
Y después, obsequioso y más tranquilo:
“Dale ese ímpetu a tus versos
y lo habremos logrado.” En la honda caverna de tu oído

El duende tronó los dedos.
¿Qué le había dado yo?
El sangriento extremo de la madeja
que deshilachó tu matrimonio
dejó a tus hijos resonando
como túneles en un laberinto,
llevó a tu madre a un callejón sin salida
y te condujo a la tumba
cornuda y rugiente de tu padre resucitado
con tu propio cadáver dentro.

Aullido de lobos

Es algo sin mundo
¿Qué es eso que arrastran y estiran con sus largas traíllas de sonidos
disipándose en el silencio del aire?

Luego el llanto de un niño, en este bosque de famélicos silencios,
atrae a lobos en carrera
la nota de una viola, en este bosque tan sensible como el oído de un búho,
trae a lobos en carrera a esos agresivos cepos babeándose,
acero revestido con piel para evitar que el frío lo fracture,
ojos que ignoran cómo han llegado
a tener que vivir esta vida,
esa que deben vivir

la inocencia reptaba entre minerales.
Una ráfaga de viento, el encorvado lobo tirita.
Ahora aúlla, nadie sabe si de agonía o de pleno gozo.

La tierra yace bajo su lengua,
es un peso muerto de oscuridad intentando ver a través de sus ojos.
El lobo vive de la tierra.
Pero es un lobo diminuto, de poco entender.

Va de aquí para allá arrastrando sus patas traseras, gimiendo trágicamente.
Tiene una piel que alimentar.
Está nevando estrellas esta noche y la tierra cruje.

Luna llena y la pequeña Frieda

Una tarde fresca se redujo al ladrido del perro y al ruido metálico de un balde –
Y tú, muy atenta.
Una tela de araña, tensa para el tacto del rocío.
El balde ya alzado, quieto y repleto – Espejo
que tienta una estrella temprana a temblar.

Las vacas se van a casa por aquel sendero, enrollando setos
con las cálida espirales de su respiración –
Un oscuro río de sangre, montones de peñascos,
hacen equilibrio sin derramar la leche.
‘¡Luna!’ gritas de repente, ‘Luna! ¡Luna!’

La luna da un paso hacia atrás
como cuando un artista maravillado contempla una obra
y esta lo señala con asombro.

Septiembre

Vemos la oscuridad cernirse lenta:
no la miden relojes.
Cuando besos y abrazos se repiten
desaparece el tiempo.

Es verano. Las hojas cuelgan quietas:
a mi espalda una estrella,
bajo un brazo sedeño un mar me dice
que ya no existe el tiempo.

Las hojas no midieron el verano
ni hacen falta relojes,
sólo tenemos lo que recordamos:
minutos que nos llenan la cabeza

como a esos reyes desafortunados
que el populacho acosa,
mientras, lentos, los árboles reflejan
sus copas en el charco.