Es muy difícil predecir el futuro. Quién nos iba a decir que, en 2020, un virus nos encerraría durante semanas en nuestras casas, que Trump sería presidente de Estados Unidos o que Ucrania estaría en guerra. Pero lo que sí se puede hacer es coger un folio en blanco y pronosticar qué y cómo podría ser. De eso trata Imaginar un país, que cuenta de la mano de algunos de los escritores actuales más importantes, cómo estarán las mujeres, los niños y los ancianos dentro de tres décadas. Cómo será la educación, los colegios o los libros. Si nuestros lagos y ríos estarán cada vez más secos o si la sanidad nada tendrá que ver con pasillos y listas de espera.

Para poder contarlo bien, o mejor, imaginarlo bien, Espasa ha elegido a Jesús Carrasco, Elizabeth Duval, Espido Freire, Inés Martín Rodrigo, Sergio del Molino, Rosa Montero, José Ovejero, Lorenzo Silva y Manuel Vilas. Son los autores de estos ensayos que reflexionan sobre el pasado y el presente de nuestro país, en el que se imaginan un futuro posible basándose en los estudios elaborados en el proyecto España 2050, una iniciativa de la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de la Presidencia del Gobierno en la que participaron más de cien expertos de nuestro país.

Es difícil mirar al futuro sin prestar atención al pasado

¿Cómo será el trabajo del futuro? ¿Estamos a tiempo de parar el cambio climático? ¿Aumentará la esperanza de vida? ¿Cómo será el sistema educativo? Son preguntas que sobrevuelan entre las páginas de este libro. Sin ir más lejos, Manuel Vilas cree que, a día de hoy, «tenemos un sistema educativo razonable, pero, obviamente, mejorable». Para ello, Vilas pone un ejemplo: «imagínate que llevas tu coche al mecánico porque tiene una avería. El mecánico se queda tu coche para repararlo y te dice que te llamará cuando localice la avería y te dé una solución. Al cabo de tres meses te llama y te dice que la avería es irreparable pero que ha gastado tres meses de trabajo y que le debes 3000 euros». Para el escritor es más o menos lo que pasa cuando llevas a tu hijo a un instituto público y al recogerlo, después de tres meses, te dicen que has suspendido todas porque tu hijo no ha sido capaz de lograr los mínimos curriculares. «Entonces te preguntas: ¿para qué pago impuestos, para qué financio la enseñanza pública? Te cobran 3000 euros y te dicen que tu coche no tiene arreglo», reflexiona Vilas. «La enseñanza pública tiene la obligación de hacer que tu hijo funcione. Y de eso va España 2050, de crear las innovaciones pertinentes en el sistema educativo para que transformemos España en un país de ciudadanos útiles, felices, sedientos de conocimiento, de cultura, de ciencia, y de democracia», añade.

Los derechos no están garantizados. De la misma manera que los tenemos en el presente, nadie nos asegura que lo tengamos en el futuro

Dentro del texto hay una gran diversidad de ideas de cómo tiene que ser esa España del futuro. Aunque partan del mismo informe, cada autor ve ese futuro incierto desde su punta de vista. Para algunos escritores, más que mirar hacia el futuro, deberíamos centrarnos en el presente. Según dice Lorenzo Silva en el libro, “antes de mirar hacia el porvenir, conviene tener una idea lo más precisa posible de dónde estamos. Cuáles son las bases de esa satisfacción mayoritaria de los españoles con su vida, dónde están los focos de insatisfacción y en qué parte de la población ejercen de una manera más intensa su sombría influencia”. Para Elizabeth Duval, en cambio, “es difícil mirar al futuro sin prestar atención al pasado”. Además, en la presentación del libro, que tuvo lugar en el Instituto Cervantes el miércoles 30 de noviembre, Duval dijo que «es importante que extendamos las posibilidades de querer que este país sea otro. Que quienes proyectemos esa España de 2050 no seamos solo nosotros, si no que sean también los ciudadanos quienes lo hagan». 

¿Cómo será el trabajo del futuro?

«Como en otras revoluciones, el resultado global no solo será un aumento de la calidad de vida, y una adecuación mayor a un mundo cambiante, sino una nueva generación de trabajos, diferentes, extraños, de los que los niños y niñas que ahora aprenden a leer en las aulas ni siquiera tienen idea pero que les están esperando», reflexiona Espido Freire en Imaginar un país.

Para Freire, «el miedo, la pérdida de empleos, la precariedad y el empeoramiento de las condiciones laborales de determinados colectivos, en ocasiones ya muy frágiles y empobrecidos, deben ocupar un espacio preferente» en esa España de 2050. Dentro de tres décadas, la escritora cree que no deberíamos generalizar que sea tan difícil encontrar empleo para los jóvenes, y que, por lo tanto, «no se implante como relato, no se trate como normalidad: porque sin trabajo no existe emancipación, sin emancipación no resulta posible adelantar la edad de maternidad o paternidad y, sin ello, el envejecimiento ya preocupante de la población no mejorará». 

Los derechos sociales no están garantizados

En el último capítulo del libro, Inés Martín Rodrigo reflexiona sobre la «aporofobia», palabra que acuñó la filósofa Adela Cortina en 1995 en las páginas del suplemento ABC Cultural. Con ese término, Cortina se refería a la «fobia a las personas pobres o desfavorecidas». Como indica Inés en su capítulo, «reducir la desigualdad y la pobreza y reactivar el denominado «ascensor social» en nuestro país es uno de los desafíos más importantes que afrontamos de aquí a 2050, para recuperar el equilibrio en la balanza económica, que es la que define todo lo demás, incluso el vocabulario que usamos, la ropa que vestimos, el calzado que llevamos y hasta las relaciones que mantenemos. Todavía somos el tercer país con mayor población en riesgo de pobreza», recuerda.

En la presentación del libro, Inés Martín hizo hincapié en que «los derechos no están garantizados». «Hay que seguir peleando por esos derechos sociales, de la misma manera que los tenemos en el presente, nadie nos asegura que lo tengamos en el futuro», añade.