Mantener unos horarios de comida estables es una de las recomendaciones que suele hacerse a las personas que padecen insomnio, también a las que están a dieta y, en general, se sabe que es bueno para el metabolismo.

Distintos estudios ya habían demostrado la relación entre el sistema de nuestro reloj biológico y el control metabólico. También se sabía que los ritmos circadianos – los ciclos en los que funciona el cuerpo humano – se relacionan con las comidas. Sin embargo un reciente estudio ha ido más allá y ha demostrado qué le ocurre a nuestro cuerpo cuando se alteran los horarios de las comidas.

El cuerpo humano funciona en ciclos de 24 horas controlados por un reloj «maestro» y varios periféricos

El cuerpo humano funciona en ciclos de unas 24 horas, controlados por un reloj “maestro” situado en el cerebro y relojes periféricos que se sincronizan con distintas señales externas, incluida la luz. Lo que revela ahora un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Surrey (Reino Unido) y publicado por la revista Cell Press es que al menos uno de esos relojes se puede restablecer en función de cuándo una persona desayuna, almuerza o cena. Es decir, que si alguien mantiene un horario regular de comidas ayuda a sus relojes a sincronizarse.

El experimento de la Universidad de Surrey

Para el experimento, se buscó a una decena de hombres jóvenes y sanos a los que se sometió a un horario fijo de comidas – con las mismas calorías y macronutrientes –. Días más tarde, se les retrasó cinco horas el horario durante otros seis días. Después de cada comida, los hombres se sometieron a 37 horas de una rutina de laboratorio especializada que permitió la medición de sus ritmos circadianos internos. La rutina incluía luz tenue, pequeños refrigerios por hora, actividad física limitada y no dormir.

El estudio reveló que el cambio en los horarios de las comidas no influía en el hambre ni en la somnolencia de los participantes.

“Cinco horas de retraso en los horarios de las comidas provocan un retraso de 5 horas en nuestros ritmos internos de azúcar en sangre”, explica Jonathan Johnston, de la Universidad de Surrey, y añade que este hecho “se debe a los cambios en los relojes en nuestros tejidos metabólicos, pero no el reloj maestro en el cerebro”.

El estudio reveló que el cambio en los horarios de las comidas no influía en el hambre ni en la somnolencia de los participantes. No alteraba los ritmos metabólicos de la insulina en sangre y los triglicéridos. Tampoco lo hizo con los marcadores del reloj maestro del cerebro, incluyendo los ritmos de la melatonina y el cortisol. Sin embargo, los investigadores descubrieron que los retrasos de las comidas sí afectaban significativamente a los niveles de azúcar en la sangre.

Esta alteración de los ritmos del azúcar en la sangre hace referencia a la liberalización de la glucosa y, como explica el neurólogo de la Fundación Instituto San José, Pedro Bermejo, «puede provocar picos y valles de glucemia, con consecuencias que, en caso de la hiperglucemia, pueden llegar a problemas de páncreas o un mayor riesgo de ictus, infartos y diabetes a largo plazo».

La alteración de los ritmos del azúcar puede tener consecuencias tales como un mayor riesgo de ictus

El neurólogo subraya la importancia de respetar los ritmos circadianos porque «son el patrón que utiliza nuestro cuerpo para liberar hormonas y realizar otras actividades cerebrales. Es la forma que tiene de preparanos, nuestra adaptación biológica al día a día. Es fundamental y su alteración se asocia a  pérdida de memoria, menor concentración e incluso otras patologías cardiacas a largo plazo».

La importancia del hallazgo, destacan los investigadores, es que sugiere que las personas que luchan contra los trastornos del ritmo circadiano, como quienes trabajan a turnos o quienes suelen hacer vuelos de larga distancia, podrían considerar mantener unos horarios de comida cronometrados (comer cada cinco horas, independientemente de la hora que sea) como una estrategia para ayudar a la sincronización de sus relojes corporales. El grupo de la Universidad de Surrey apunta ahora a la posibilidad de estudiar más profundamente las consecuencias para la salud de la influencia del horario de las comidas en los ritmos metabólicos.