El alcohol está asociado en muchos casos, a momentos de fiesta y de diversión, pero sus efectos reales en el cerebro quedan en segundo plano. Cada vez que se consume se ponen en marcha los mecanismos que alteran funciones neurales esenciales como son la memoria, el aprendizaje y la percepción del yo. La neurología hace años que advierte de que beber no solo produce resacas, sino que modifica estructuras cerebrales elementales. Entender la manera en que ello sucede permite hacerse eco del daño que se va haciendo de manera silenciosa a golpe de copa.

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El alcohol en la memoria

El hipocampo es el núcleo de las memoria nueva y del aprendizaje de una jornada cualquiera. El hipocampo organiza los hechos recientes, pero también los incluye en la memoria de largo plazo. Cuando el alcohol llega al cerebro, el hipocampo ralentiza su trabajo de forma notable. Esa interferencia condiciona a la baja la capacidad de anclar una experiencia, y esto es así pese a que la persona mantenga una conducta aparentemente normal.

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El bloqueo cerebral

El alcohol actúa de forma directa sobre los receptores análogos de nuestra área neuronal encargada de consolidar la memoria y los recuerdos. El cerebro experimenta estímulos, emociones y sensaciones, pero no es capaz de almacenarlos, por esa circunstancia se producen las lagunas que todos conocemos y que son habituales después de una noche de excesivo consumo de alcohol. Por ello hay muchos momentos vividos que no se recuerdan no por falta de atención, sino por la incapacidad del cerebro para activar ese proceso de guardado interno.

Alcohol de forma habitual

El consumo de alcohol provoca modificaciones y daña a las neuronas del hipocampo. A lo largo del tiempo, esta pérdida de neuronas conlleva una disminución en el número, en la proliferación de estas células. La consecuencia del daño a las células nerviosas del hipocampo es la disminución de la capacidad cerebral para formar nuevos recuerdos y aprender. Y el daño no solo ocurre en los episodios de consumo alcohol extremo, también se daña en un consumo moderado cotidiano y reiterado.

Menos materia gris

La atrofia neuronal implica una pérdida de sustancia gris, la cual es reemplazada por líquido y conlleva a un cambio en la estructura del cerebro y en la memoria autobiográfica. Recordar experiencias, personas y emociones forma parte de la identidad. El debilitamiento de este proceso a causa del alcohol, permite un desgastamiento de la propia historia personal.

Consecuencias a corto y largo plazo

Mientras se está consumiendo alcohol en grandes cantidades, la persona es capaz de relacionarse con relativa normalidad, habla, se mueve, etc., pero el cerebro no registra qué ocurre. Al despertarse, al día siguiente, esos recuerdos son inexistentes pese a la falsa sensación de control que se ha tenido la noche anterior. El daño cerebral ya se ha producido y se está perdiendo parte de la experiencia vivida.

Juventud y tolerancia

Se da la circunstancia de que, en el periodo de juventud, la capacidad del cerebro para resistir el consumo de alcohol parece ser superior debido a la mayor reserva neuronal cuando se es joven. Esta resistencia puede llevar a subestimar el riesgo, pero el hecho es que, con cada una de las ingestas, se va forzando al hipocampo y acelera su deterioro a medida que se repite el consumo. Con el paso del tiempo, la recuperación cuesta más y el deterioro acumulado se va haciendo más evidente.

El lugar que ocupa el alcohol en el ámbito de las relaciones sociales es significativo, pero su impacto en la neurología es un hecho contundente y de largo alcance. La pérdida de memoria no se percibe de manera inmediata, pero avanza de manera ininterrumpida. Disminuir la frecuencia y la cantidad en el consumo contribuirá a la protección del cerebro, a preservar su identidad y a mantener la aptitud de almacenar recuerdos futuros.