Solo quienes están dentro de un grupo de Whatsapp de padres y madres del colegio de su hijo sabe de los efectos que tiene el alcance de los mismos en la salud mental de los participantes. Y de éstos, los que están comprobando continuamente que sus hijos están bien se llevan el título de ‘padres helicóptero’.

Puedes detectar a una madre o padre helicóptero por mensajes como estos: “mi hijo no hace eso”, “les ponen demasiados deberes”, “a mi hijo no le hace caso”, “¿alguien me pasa los deberes que han dejado hoy?”. Son padres que actúan en nombre del amor, pero “a causa del miedo”, completa Sonia Díez, licenciada en Psicología y Ciencias de la Educación y autora del libro ¡Educacción! 10 acciones para el cambio que nuestros hijos merecen y necesitan. Esa sobreprotección o falta de confianza “es producto del miedo ante un futuro cada vez más incierto”, explica la experta.

A los padres y a las madres se le culpa pero no se les educa. “Se les culpa de la inadaptación de los niños a un sistema que está creado para otro momento y otra sociedad diferentes”, dice Díez. No es una frase de cajón cuando se dice que ser madre o padre es la carrera más compleja que vayas a tener en la toda la vida. Una carrera, además, sin manuales, sin fórmulas garantes ni mucho menos con talla única.

La familia es la institución que más ha cambiado en los últimos 10 años

La familia es la institución que más ha cambiado en los últimos 10 años. “Se ha multiplicado por el doble el número de divorcios, de las familias monoparentales 9 de cada 10 son encabezadas por las madres y tenemos una eclosión de familias muy diversas”, señala la psicóloga educativa y concluye que este cambio en el modelo de familia no se ha visto reflejado en el modelo del sistema educativo.

Hasta ahora “un padre sabía hacia dónde dirigir a su hijo y el Estado era el que tomaba las iniciativas por nosotros”, pero el mundo de hoy no es el mismo para el que se creó el actual modelo de colegio, ni siquiera las familias para las que se creó existen. “Antes eran familias muy grandes en comunidades muy pequeñas, ahora tenemos familias muy pequeñas en comunidades muy grandes”.

Así, los padres “no encuentran en quién apoyar con garantías suficientes eso que entienden que a sus hijos se les va a demandar y el colegio no está cubriendo suficientemente”, por ello, “toman iniciativas que no les corresponde” y “a lo más que llegan es a culpar a unos y otros en los grupos de Whatsapp”, asegura Díez.

Con el amor no basta pero sin el amor es imposible”

Y aunque no se puede hablar de una fórmula infalible para la educación, Sonia Díez se muestra tajante ante un elemento que es transversal a todos los padres y madres del mundo y que es innegociable: el amor. “Falta que las necesidades reales de los niños estén presentes en cualquier mesa de negociación. Ese amor a los niños no se refleja en las cosas de las que hablamos cuando hablamos de educación”, reflexiona.

Uno de los quebraderos de cabeza de los padres tiene que ver con el castigo. Para Díez, el castigo es absolutamente necesario como principio de justicia y “tiene que servir para comprender la ofensa, para resarcir el daño realizado y para reconducir la conducta para que no vuelva a suceder”.

Nos dirigimos hacia un modelo de familias responsables”

Con todo, la mirada al futuro es esperanzadora, “nos dirigimos hacia un modelo de familias responsables. Las familias de hoy en día están queriendo saber más sobre cómo ser mejores padres”, dice Díez. Pero sigue siendo necesario ese acompañamiento de las instituciones sobretodo para aquellas “familias que no pueden acceder a los tiempos y a los espacios para poder hacer esa función mejor lo que les lleva a tirar la toalla”.

Sonia Díez habla de la importancia de enseñar a esos padres que sienten que llevan el peso del mundo encima a distribuir ese peso para que la tarea se convierta en un “privilegio”. Para conseguir esto “tiene que haber mucho más que escuelas de padres, tiene que haber comunidades de padres, un programa específico y un acompañamiento de las instituciones”, sentencia la autora del libro, que según José Antonio Marina le “hubiera gustado escribir”, cuyos beneficios van para las labores de voluntariado de la ONG Mensajeros de la Paz.