Desde que a mediados de marzo percibió «un aumento extraordinario de ingresos» en las camas de los hospitales Monte Sinaí de Nueva York (EEUU), el prestigioso cardiólogo Valentín Fuster y el equipo que dirige intuyeron que la nueva enfermedad conllevaba problemas de coagulación.

Desde aquel momento el español, jefe de cardiología del Monte Sinaí y director del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) en España ha dirigido dos estudios observacionales que le han llevado a confirmar el papel de los fármacos anticoagulantes en el tratamiento del COVID-19. El último de ellos se publica hoy en la revista Journal of the American College of Cardiology (JACC) con los datos de 5.000 pacientes y concluye que la administración de este tipo de fármacos consigue reducir un 50% la mortalidad y hasta un 30% la necesidad de intubación.

«Este estudio observacional amplio es un nuevo eslabón en el conocimiento de esta enfermedad», explica a El Independiente Valentín Fuster desde Nueva York, «tenemos que ser cautos pero nos da mucha motivación y nos ha servido de base para poner en marcha un gran estudio prospectivo en 50 hospitales de todo el mundo para confirmar los hallazgos».

El cardiólogo, Premio Nacional de Investigación el pasado año, destaca otro de los aspectos que ha revelado el nuevo estudio y que se basa en 26 autopsias analizadas. «Hemos visto que el 42% de los fallecidos presentaban coágulos de sangre en el pulmón, el corazón o el cerebro que no se habían manifestado clínicamente. Esto nos habla de la importancia de la coagulación en esta enfermedad», afirma Fuster.

El cardiólogo Valentín Fuster. EP

El estudio publicado hoy muestra los datos de cerca de 5.000 pacientes que fueron tratados entre el 1 de marzo y el 30 de abril en cinco centros hospitalarios de Nueva York. En este caso, el 65% de los pacientes recibieron alguna dosis de anticoagulantes y la diferencia en mortalidad fue del 50%. De todos los pacientes hospitalizados, el 10,6% preciso intubación y ventilación mecánica, aunque en el grupo de los medicados con anticoagulantes la probabilidad fue un 30% menor.

El estudio también observó que tres de los seis anticoagulantes analizados (heparina subcutánea de bajo peso molecular en dosis terapéutica alta o profilaxis y apixaban) funcionaron significativamente mejor que los demás. «En estos tres se dieron menos casos de hemorragias, un efecto negativo habitual con los anticoagulantes. Esto nos ha servido para el estudio que ahora se desarrolla y que comparará los efectos entre los tres, puesto que ya no se plantea no tratar con algún anticoagulante a no ser que haya una razón específica para ello, como que el enfermo tenga problemas de coagulación», indica el cardiólogo.

Fuster estima que en tres meses habrá resultados definitivos sobre el papel de los anticoagulantes y aunque se muestra cauto, sí cree que será un hito en el tratamiento de los pacientes COVID-19. «Lo que nos ha enseñado esta pandemia es sobre todo mucha humildad. Porque estamos aprendiendo a la vez que ejecutamos. Yo me sentí muy presionado desde el día 1 para hacer estudios randomizados pero no sabía ni cuál era la pregunta ni qué anticoagulantes emplear. El anterior y el estudio que publicamos hoy nos han servido para diseñar el estudio ideal», concluye.