Salud

"En la pandemia ha habido muchísima desinformación oficial"

José María Martín Moreno, doctor en Epidemiología y Salud Pública por la Universidad de Harvard, advierte que ya están circulando 'fake news' de nuevas alertas sanitarias como la hepatitis infantil de origen desconocido o la viruela del mono.

Imagen de Fernando Simón con unas manos que sostienen un móvil del que salen coronavirus. A la derecha Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la OMS

Carmen Vivas

La inmediatez de los medios digitales y las redes sociales han impulsado la circulación de noticias falsas o fake news, especialmente durante la pandemia. Bulos o desinformación que han surgido, a veces, desde las propias autoridades sanitarias. «Suele considerarse este tipo de desinformación deliberada con fines perversos, pero a veces también hay desinformación oficial, que busca que la gente no se ponga nerviosa, por ejemplo. Puede ser por un buen motivo pero se está faltando a la verdad. Otras puede no ser intencionada y se debe a la incompetencia, por ejemplo hablo de Donald Trump», explica a El Independiente el catedrático de la Universidad de Valencia y doctor de Salud Pública por la Universidad de Harvard, José María Martín Moreno, que ha ocupado cargos como director de Salud Pública del Ministerio de Sanidad y director de Gestión de Programas para Europa de la OMS.

Martín Moreno ha hablado sobre desinformación y pandemia en el foro El derecho a la verdad, organizado por el Centro de Estudios de Políticas Publicas y Gobierno celebrado en el Congreso de los Diputados. El experto en Salud Pública afirma que, más allá de su origen u objetivo, «toda la desinformación perjudica la salud» y que «ha habido muchísima desinformación oficial». «Desde el inicio, además de los movimientos conspiranoicos, las propias fuentes oficiales fueron responsables de la desinformación con aquello del ‘creemos que España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado».

Martín Moreno denuncia que los datos eran deficientes y que se informó de las muertes con datos que no coincidían con lo que estaba dando el MoMo (el sistema de vigilancia de mortalidad del Instituto de Salud Carlos III de Madrid). También que se dijera que las mascarillas no eran necesarias y que era hasta egoísta llevarla si no estabas infectado. «Esto es desinformación. No creo que sea deliberadamente enviada con el objeto de confundir, probablemente con el objeto de quitar ansiedad. Pero creo que la información tiene que reflejar la mejor verdad imposible, no tenemos el monopolio de la verdad pero eso de decir ‘ voy a decir solo la mitad de la verdad para ver si con esto genero menos alarma’, no tiene sentido. Y eso se ha hecho».

Martín habla también de la falta de reconocimiento de la transmisión del coronavirus por aerosoles, la falta de planificación en la gestión de las Navidades o el trabajo de los temporeros, así como de la previsión de impacto de las variantes: «El mismo portavoz dijo que ‘el impacto de la variante, en caso de tener algún impacto, será marginal’ en relación a ómicron. Errar es humano pero persistir en el error no es aceptable».

Además de esos errores, Martín Moreno cree que el gran fallo en relación a esto ha sido la falta de autocrítica. «El Gobierno dijo en un artículo en 2021 en El País que el Gobierno negaba haber cometido errores. No reconocer eso es desinformación», incide.

Las fake news pueden proceder de otras fuentes en busca del clicbait o de la desestabilización, como puede haber ocurrido, apunta Martín Moreno, «en elecciones o el Brexit». Cuando la desinformación tiene que ver con partidos políticos extremistas, el epidemiólogo las relaciona con la posverdad. «En el fenómeno de la posverdad los datos objetivos tienen menos importancia para el público que las emociones u opiniones. La posverdad es que ya no hay una verdad, que la verdad es interpretable. Aceptar ese principio perverso hace que pasen estas cosas».

El problema de estas noticias falsas es que circulan de forma mucho más efectiva que la información veraz, las noticias políticas hasta tres veces más. Así lo reflejó en Science un estudio impulsado por twitter en 2018, que concluía que, en general, las fake news se compartían un 70% más.

«El problema es que el método científico es un método, no un dogma. Se ve la mejor evidencia disponible, sabiendo que tiene limitaciones y necesita tiempo. Todo ello da sensación como de incertidumbre cuando la gente quiere el ‘dígame la verdad, de una vez’. La certidumbre, la falta de matices, las afirmaciones contundentes son mucho más simples y se suelen aceptar con más facilidad. Son como la comida basura, pasas un buen rato mientras te la comes pero son calorías vacías, no hay valor».

Respecto al origen de las fake news y su gravedad, el catedrático cree que tanto ‘oficiales’ como inintencionadas o con otros objetivos «tienen su nivel de gravedad y responsabilidad». No obstante, afirma que «evidentemente las autoridades y quienes están en la toma de decisiones tienen que hacer un ejercicio de autocrítica, asumiendo que genuinamente tienen que hacer el bien, tienen que minimizar ese tipo de errores. Y desde ese punto de vista cuanto más poder, más grave es equivocarse de una manera deliberada o sin poner medios en el asunto».

El epidemiólogo advierte, además, que en estos momentos en los que la pandemia de Covid ha perdido atención pública, otras alertas sanitarias como la hepatitis infantil de origen desconocido o la viruela del mono son víctimas ya fake news. «Ya ha habido quien ha intentado asociarlas con las vacunas del Covid. Aunque no se sustente desde el punto de vista de mecanismos biológicos, ya se ha difundido la hipótesis».

Todos estos fenómenos son una amenaza para los ciudadanos, que tienen dificultades para distinguir si la información ante la que se encuentran es o no real. En concreto, una encuesta de Ipsos y Trust Project en noviembre de 2020 que el 55% de los españoles no sabía diferenciar noticias falsas. «Creo que parte de la situación está en la educación y el empoderamiento de la ciudadanía al acercamiento de la verdad. Lo primero que tenemos que hacer como ciudadanos es no contribuir a ese caos. Antes de compartir algo de lo que no estamos seguros, preguntarnos cuál es la fuente. Aunque sea un amigo, pensar a quién beneficia o perjudica. Y ante la duda, no reenviar».

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