El continuo desprecio de Trump hacia europeos y canadienses está dejando huella. Hay una crisis de confianza seria. ¿Cómo fiarse de quien usa los aranceles como arma de coerción, trata mejor al agresor (Rusia) que a la víctima (Ucrania) y llega a amenazar con invadir un territorio (Groenlandia) vinculado a un país amigo? Tanto Canadá como la Unión Europea y el Reino Unido saben que poco a poco han desacoplarse de EEUU. Y diversificar su estrategia comercial. Un buen ejemplo es el acuerdo firmado por la UE con la India esta semana. Trump ha dado el empujón final. China también va a aprovechar el momento. A su pesar, Trump va a hacer grande a China y a la India.

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Las llegadas a China de mandatarios occidentales son constantes. En diciembre hizo su cuarta visita el presidente francés, Emmanuel Macron. Justo antes del Foro de Davos estuvo en Pekín el primer ministro canadiense, Mark Carney. Este martes se ha visto con Xi Jinping el primer ministro de Finlandia, Petteri Orpo, y antes estuvo el irlandés Micheál MartinEl primer ministro británico, Keir Starmer, vuela el miércoles al gigante asiático. En febrero irá el canciller federal alemán, Friedrich Merz.

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El viaje de tres días de Starmer va a seguirse con especial atención en Estados Unidos. Trump ya amenazó a Canadá con aranceles del 100% si firmaba un acuerdo de libre comercio con Pekín. Con Reino Unido EEUU mantiene una "relación especial". Pero Trump no la cuida como debería.

En Londres los ofensivos comentarios de Trump sobre la aportación de los aliados en Afganistán irritaron al Gobierno y a la monarquía. Tampoco se ha entendido el acoso a Dinamarca para que ceda Groenlandia. Starmer recibió a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, a la que brindó apoyo. Con Starmer los británicos han estrechado lazos con la Unión Europea, sobre todo por su voluntad de ayudar a Ucrania.

Primer viaje de un premier desde 2018

En este momento de tensión con Estados Unidos, Starmer quiere mejorar las relaciones con Pekín. Starmer espera impulsar la economía británica, bajo la atenta vigilancia de los halcones que sospechan de Pekín. La visita es la primera de un líder británico desde 2018. Le acompañan el secretario de Comercio del Reino Unido, Peter Kyle, y decenas de directivos de empresas. Reino Unido busca, sobre todo, tecnología e inversiones chinas.

Las relaciones sino-británicas vivieron un momento dorado en 2015, cuando era primer ministro el conservador David Cameron. Sin embargo, la represión de Pekín contra las libertades civiles en Hong Kong, el apoyo de China a Rusia en la guerra de Ucrania y la creciente preocupación por el espionaje han deteriorado la relación. Incluso se llegó a prohibir la inversión china en sectores como telecomunicaciones.

Con Starmer se están revisando las relaciones. En un discurso en diciembre, el primer ministro británico dijo que Reino Unido debe dejar de pasar del frío al calor con China. "Tuvimos una edad de oro, que luego se convirtió en una edad de hielo. Rechazamos esa elección binaria".

Su enfoque se guía por el pragmatismo: sigue protegiéndose de una eventual injerencia china, pero aboga por profundizar en el diálogo y la cooperación económica. El visto bueno a la nueva megaembajada de China en Londres, con 20.000 metros cuadrados cerca de la Torre de Londres, simboliza esta nueva etapa.

Alternativas a una relación incierta

En lugar de considerar a China como un socio o un adversario, los analistas afirman que Gran Bretaña, al igual que Canadá, la Unión Europea y otras naciones occidentales, está tratando a Pekín como una "realidad estratégica" que debe gestionarse. "Reino Unido tiene que encontrar alternativas", afirma Kerry Brown, profesor de Estudios Chinos en el King's College de Londres, en The Washington Post. "En realidad, todo el mundo tiene que hacerlo".

Es lo que también ha comprendido el canadiense Mark Carney. "Aceptamos el mundo tal y como es, no como nos gustaría que fuera", dijo al explicar el acuerdo alcanzado con China casi un año después de que calificara a China como "la mayor amenaza para la seguridad" a la que se enfrenta Canadá.

Según el acuerdo, Canadá suavizará los aranceles sobre los vehículos eléctricos chinos que impuso junto con Estados Unidos en 2024. A cambio, China reducirá los aranceles de represalia sobre los principales productos agrícolas canadienses. Ya solo este paso ha puesto nervioso a Trump. Pero la relación con China es "más predecible" que la relación con Estados Unidos. Así explica Carney que haya "recalibrado" su relación de forma "estratégica, pragmática y decisiva".

El fin de los valores compartidos

Estados Unidos está pagando un alto precio por las políticas de Trump, según confirma una encuesta divulgada recientemente por el European Council on Foreign Relations (ECFR). Solo el 16 % de los encuestados en 10 países seleccionados de la UE (Alemania, Francia, Italia, España, Polonia, Dinamarca, Estonia, Portugal, Hungría y Bulgaria) considera a Estados Unidos un aliado. Un fenómeno similar se observa en Reino Unido. Ahora solo uno de cada cuatro británicos ve a Estados Unidos como un aliado.

Para uno de cada cinco encuestados, Estados Unidos es un rival o incluso un adversario. En otras palabras, la abrumadora mayoría de los europeos ya no cree que las relaciones transatlánticas se basen en valores compartidos. El papel de Estados Unidos como líder del mundo libre ha pasado a ser cosa del pasado. 

Este no es un cambio temporal. Al menos, así lo perciben los encuestados. Solo el 25% de los residentes de los países de la UE mencionados cree que las relaciones de su país con EEUU se fortalecerán en los próximos cinco años. El 9 % afirma que son débiles y que seguirán siéndolo, y el 23 % teme que se debiliten aún más. 

Mayor influencia de China

Los Estados Unidos de Donald Trump han sustituido la defensa de los valores occidentales tradicionales por un enfoque transaccional en las relaciones internacionales. Es uno de los pilares de su agenda Make America Great Again (MAGA). El 43% de los estadounidenses cree que su país ganará influencia en la próxima década (el 21% mantendrá la misma influencia que ahora), pero entre los europeos, esta cifra se reduce al 37% (el 33% cree que la situación se mantendrá sin cambios en los próximos 10 años).

China se beneficia sin duda del nuevo mundo que emerge ante nuestros ojos. Al preguntarles si la influencia de China crecerá en la próxima década, un número significativamente mayor de europeos (53%) responde afirmativamente. Lo mismo ocurre con los propios estadounidenses: el 54% cree que el poder chino está en auge. La misma cifra alcanza el 50% entre los británicos. Una de las razones clave de esta evaluación es el poder tecnológico de China.