Aparecen cuando se desempolva la historia. Figuras que el tiempo enterró y que el relato arrinconó. Hombres y mujeres que no figuran en los libros ni en los callejeros, pese a que sus vidas bien podrían haberlos hecho merecedores de hacerlo. Es lo que Lorenzo Silva descubrió cuando le hablaron de Miguel Campins (Alcoy, 1880), un militar africanista cuya vida estuvo marcada por la soledad, el deber y la lealtad.
Con solo cinco años, el cólera le arrebató a su madre y a su hermano. Con el paso de los años se distanciaría de su padre, también militar, teniente de infantería. Su infancia la vivió interno en un colegio en La Habana después de que su padre solicitara el traslado a Cuba para salir de las penurias económicas. Aquel ambiente militar en el que creció le marcaría a su regreso a Madrid. Su formación militar culminó con su ingreso en la Academia de Infantería de Toledo cuando apenas era un adolescente de 17 años.
Lealtad a la II República y el fin de una amistad
Los últimos 20 años de su vida fueron los más felices en lo personal y los más desgraciados en lo profesional. Con 36 años encontró el amor junto a Dolores Roda. Su lealtad a la II República supuso el final. Ni siquiera su amistad con Franco, ni la solicitud de piedad que reclamó para él, le libraron de morir fusilado en Sevilla en agosto de 1936, traicionado por los suyos, tras un proceso de guerra.

La vida de Campins la descubrió Lorenzo Silva a través de uno de sus nietos. La familia siempre ha creído que su historia debía ser contada. Ahora, Silva la relata en su última obra “Con nadie” (Editorial Destino), en referencia a la situación de abandono por ambos bandos en la que se encontró durante el levantamiento de 1936 contra el Gobierno de la República, que él inicialmente se esforzó por respetar por representar la legalidad que un militar debe defender.
“Me atraía su carácter de personaje secundario”, asegura Silva. Asegura que Campins acreditaba una hoja de servicios en Marruecos como pocos podrían acreditar. Fue allí donde se calentaron las brasas que después encenderían la sublevación en julio de 1936 y donde él vio comportamientos de mandos militares que siempre quiso evitar: “Se distanció mucho de lo que vio en África. Siempre procuró preservar la vida de sus soldados; creía que un jefe no sacrifica a sus soldados alegremente, como había visto hacer”.
La estrecha relación profesional con el general Franco
Además de una larga trayectoria en Marruecos y en otros muchos destinos, Campins fue reclamado para formar parte de la comisión que debía organizar la Academia General Militar que presidiría su entonces amigo, el comandante Franco. En 1927, Campins fue nombrado director de la Academia por Franco, que ya había ascendido a general: “Franco le había adelantado en la jerarquía militar, ya era general, pero él siempre mostró un respeto y lealtad por la jerarquía militar. Franco también lo respetaba”, recuerda Silva.
Todo se torció tras el alzamiento que lideró Franco. Los militares sublevados en buena medida venían de África; era el núcleo duro del Ejército Nacional. Aquel alzamiento le pilló a Campins recién nombrado comandante militar de Granada. Campins dudó entre mantener la lealtad al gobierno de la II República o sumarse a los sublevados. “Él era un hombre de estudio y reflexión, un hombre leído”.

El respeto a la ley y el orden le llevaba a proteger el gobierno legítimo más que a sublevarse ante él: “Él escribió a sus hijos una carta en la que les decía que ‘los militares no estamos para esto, no estamos para gobernar el país, sino para combatir cuando lo requiere el país. Ese es nuestro lugar. No estamos preparados para gobernar’. Es claro que él no se veía entre los militares ‘salvapatrias’ como podían ser Franco o el general Mola”.
Soledad y fusilamiento: el olvido de una figura clave
Él siempre aseguró que no estaba comprometido con ninguno de los bandos: “Él estaba comprometido con su deber militar que no quiere corromper; él había prestado, como el resto de militares, promesa de fidelidad a la República, al gobierno, que él creía que no debía ser suplantado por los militares”.
Aquella posición la logró mantener apenas tres días, los que contuvo a sus tropas en Granada “para evitar un baño de sangre”. Hasta que buena parte de sus propios hombres se sublevaron y se sumaron al alzamiento. Para entonces, tampoco el gobierno de la República “se le ponía al teléfono”: se encontró solo defendiendo la legalidad. De algún modo, pienso que aquella posición estaba relacionada con su carácter solitario en el que había vivido toda su vida.
Campins siempre pensó que acabaría siendo detenido. Silva señala que incluso pudo haber cierta ingenuidad o esperanza algo infundada de que no iría más allá. Es lo que se desprende de las misivas que escribió a su mujer: “Le transmitía que todo iba a ir bien. Quizá solo buscaba tranquilizarla. Le decía: ‘bueno, a ver si me destituyen, me echan y por fin podemos vivir juntos’”. Una esperanza que escribe a una esposa con la que llevaba 20 años casado pero a la que no había visto mucho por haber pasado gran parte de ese tiempo en diversas guerras.
Los tres días en los que "evitó un baño de sangre en Granada"
Para entonces, quien ejercía el verdadero poder en Andalucía era el general Queipo de Llano, quien reprobó a Campins su actitud y desobediencia. Ordenó el arresto y traslado a Sevilla el 4 de agosto de 1936 para enfrentarse a un Consejo de Guerra donde fue sentenciado a muerte. Murió fusilado el 14 de agosto. Ni siquiera la petición de clemencia de Franco fue escuchada: “Campins terminó su vida fusilado por los nacionales por rebelde y expulsado por el ejército de la República por haber declarado el estado de guerra”.
Es ahí donde Silva sitúa la razón de su olvido como figura relevante en aquellos días. “Por un lado se opuso al golpe y por otro declaró el estado de guerra. Por eso creo que ni las autoridades nacionales iban a reivindicarlo ni en democracia se iba a recordar a un general que acabó declarando el estado de guerra. En realidad, es injusto. En esos tres días que Campins intentó evitar un baño de sangre, en los que mantuvo el control de la situación en Granada, salvó muchas vidas. Después la sangre corrió a raudales, pero al menos en esos días él preservó la legalidad republicana, el orden social y la seguridad de personas y bienes y eso creo que merece un reconocimiento”.
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