España

El presidente ingeniero, pianista y poeta que no hubiera tenido TikTok: "No levantes las alfombras porque no vas a encontrar nada"

Nacido hace un siglo, Leopoldo Calvo-Sotelo fue de los pocos jefes de Gobierno españoles cuya trayectoria estuvo marcada por una idea intelectual de la política

Leopoldo Calvo Sotelo recibe el aplauso del hemiciclo tras su investidura como presidente del Gobierno, el 25 de febrero de 1981.
Leopoldo Calvo Sotelo recibe el aplauso del hemiciclo tras su investidura como presidente del Gobierno, el 25 de febrero de 1981. | Europa Press

Leopoldo Calvo-Sotelo hubiera cumplido cien años este 14 de abril de 2026. La efeméride permite recuperar la figura de un presidente singular en la democracia española: ingeniero de formación, europeísta temprano y uno de los pocos jefes de Gobierno cuya trayectoria política estuvo atravesada por la lectura ingente, la escritura y una idea intelectual de la política. Su mandato fue una breve transición dentro de la Transición: entre el 23-F tras la dimisión de su jefe de filas, Adolfo Suárez, y la victoria aplastante del PSOE de Felipe González en 1982, con el hundimiento aparejado, hasta la casi desaparición de su partido, la UCD. Pero Calvo-Sotelo dejó huella a su manera: la imagen insólita de un hombre culto que escribía poemas y tocaba el piano ya era entonces una rareza en las altas instancias de la política.

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Nacido en una familia de tradición política marcada por el asesinato de su tío José Calvo Sotelo en vísperas de la Guerra Civil, Calvo-Sotelo estudió entre Ribadeo, su tierra familiar, San Sebastián y Madrid. Quiso ser "físico o filósofo", recordaba a la hora de su muerte en 2008 Marcelino Oreja, correligionario y compañero en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. El sentido práctico le llevó por el camino de la ingeniería: terminó la carrera de Caminos en 1951 como el número uno de su promoción. Pero nunca renunció a la inquietud intelectual que había en aquella temprana vocación filosófica.

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Mucho antes de ser presidente fue ingeniero del Estado, directivo industrial y empresario. Ingresó en el Banco Urquijo en su último año de carrera, dirigió la textil Perlofil, fue consejero delegado de Unión Explosivos Río Tinto y en 1967 fue nombrado presidente de Renfe. Esa larga etapa al margen de la política profesional explica parte de su rareza en la vida pública española: llegó a La Moncloa con experiencia empresarial, formación técnica y una relación temprana con Europa, construida en viajes de trabajo y en su participación en los primeros círculos europeístas del franquismo. Lo explicó en su discurso de ingreso en la Academia en 2004: durante la dictadura, "los hombres de la empresa privada éramos casi los únicos viajeros habituales por aquel espacio mal conocido que se llamaba genéricamente el extranjero; entre ellos empezaron a reclutarse los primeros europeístas".

Europeísta pionero

Su europeísmo no fue sobrevenido. Desde posiciones monárquicas y liberales participó en las Juventudes Monárquicas, en la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y en la Asociación Española para la Cooperación Europea. Cuando llegó la Transición ya traía una idea formada de España: una monarquía parlamentaria, inserta en Occidente y alejada del ensimismamiento nacional. Calvo-Sotelo participó en lo que bautizó como la "Transición exterior", es decir, el proceso que situó a España en el lugar que permitió un rápido reconocimiento internacional de su proceso democrático y su ingreso en las Comunidades Europeas.

Su convicción europeista marcó su carrera ministerial. Tras la muerte de Franco fue ministro de Comercio con Arias Navarro, de Obras Públicas en el primer Gobierno de Súarez y después ministro para las Relaciones con las Comunidades Europeas. Abrió oficialmente las negociaciones de adhesión al Mercado Común en 1979 y convirtió la entrada en Europa en una tarea política y pedagógica. De las dos grandes metas de la política exterior española de la época, la Comunidad Europea y la Alianza Atlántica, a él le tocó “coronar la segunda”, mientras en la primera se quedó “a poca distancia de la cumbre”.

Cuando Adolfo Suárez dimitió, la UCD eligió a Calvo-Sotelo, entonces vicepresidente segundo de Asuntos Económicos, como su sucesor. Su investidura quedó atravesada por el golpe del 23 de febrero de 1981 y su presidencia se desarrolló bajo esa sombra. Gobernó hasta diciembre de 1982 –cuando Felipe González se hizo con las riendas del poder tras su aplastante victoria electoral de octubre del mismo año–. Un mandato breve con la estabilización institucional, la LOAPA –la ley para el desarrollo de las Autonomías– o la entrada en la OTAN como sus prioridades.

Con altura

En el in memoriam que le dedicó la Academia de Ciencias Morales y Políticas, Oreja lo describió como un hombre de “integridad moral”, “convicciones cristianas” y “rectitud”, dotado de “una opinión inteligente, un comentario sutil y una réplica brillante”. El teólogo Olegario González de Cardedal resumió su carácter con tres rasgos: “altura, rigor, ironía”. Son adjetivos que encajan con un presidente que escribió libros, cultivó la memoria política como género literario y conservó siempre una distancia visible respecto a la demagogia que asola los hemiciclos.

En esa personalidad encaja también su afición a la poesía, que él mismo practicó –sus poemas se publicaron póstumamente en 2022–. En su biblioteca la lírica convivía con la ciencia, la filosofía, la teología o la historia. Admiraba a Ortega, Julián Marías o Jean Monnet. De ahí un pensamiento político que rechazaba el repliegue español y desconfiaba de las abstracciones vacías. En su discurso académico de 2004 sostuvo que la decadencia española había supuesto “una involución de España sobre sí misma, un ensimismamiento en sus problemas y contiendas interiores”. La democracia, para él, no consistía solo en votar, sino en volver a colocar a España en una arquitectura occidental y europea de instituciones, alianzas y responsabilidades compartidas.

Esa era también su idea de Europa. En la nota académica que dedicó en 2007 a los “males congénitos” de la Unión Europea, advirtió que desde el Tratado de Roma la construcción europea arrastraba ambigüedades de origen: el alcance territorial y funcional de la “Unión cada vez más estrecha entre los pueblos europeos” no estaba bien definido. Su europeísmo estaba hecho de adhesión tanto como de crítica.

La caja fuerte cerrada de Moncloa

Ese mismo tono aparece en su modo de entender el poder. Durante el traspaso de poderes a Felipe González, en 1982, dejó una frase para la historia: “No levantes las alfombras porque no vas a encontrar nada”. Frente a la política de la sospecha, propuso una transmisión ordenada. Lo hizo además en contraste con la manera en que él mismo recibió el poder: “Mi antecesor no había tenido tiempo de entregarme casi nada –salvo el Poder y un golpe militar, que no es poco”.

No era un reproche. Cuando llegó a la Moncloa en 1981, tras el 23-F, se encontró con una transición interna incompleta, sin información sistematizada ni un traspaso ordenado entre equipos. Cuando accedió al despacho presidencial tras el 23-F, intentó abrir la caja fuerte de la Moncloa y nadie supo cómo hacerlo. Hubo que forzar la cerradura. Dentro no había informes ni documentos reservados: solo un papel doblado con la combinación de la propia caja. En cambio, el relevo con el Gobierno socialista fue un procedimiento metódico, basado en informes, reuniones sectoriales y entrega anticipada de documentación. “A mi sucesor se la entregué [la caja] vacía, porque toda la información se la di abierta y sobre la mesa del despacho”, recordó después.

En sus últimos años defendió con insistencia el legado de la Transición y contempló con recelo la degradación del lenguaje público. Sabino Fernández Campo recordó en la Academia “el acierto de sus ideas y la elocuente facilidad de su expresión, tantas veces teñida de un humor sutil”. Hablaba como alguien que había leído demasiado para confiar en los eslóganes.

Por eso la caricatura actual de la política le habría resultado ajena. Calvo-Sotelo perteneció a una generación para la que la vida pública exigía formación, memoria, escritura y una cierta disciplina del argumento. Fue ingeniero, empresario, ministro, presidente, diputado europeo, académico y memorialista –dejó en ese sentido tres libros importantes: Memoria viva de la Transición (1990), Papeles de un cesante: la política desde la barrera (1999) y Pláticas de Familia (2003)–. En una época dominada por la emocionalidad, las palabras vacías y el pavoneo sonrojante en redes sociales, su recuerdo plantea un contraste incómodo.

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