"Me llamaban tortuga". Esa etiqueta, que Khloe cargó durante años, resume también la experiencia de muchos niños con dislexia. La sensación de ir más despacio, de no entender por qué, de quedarse atrás. Estas dificultades suelen confundirse con falta de esfuerzo o desinterés, cuando en realidad responden a una forma distinta de procesar la información.
La dislexia afecta aproximadamente a entre un 5% y un 10% del alumnado, aunque en muchos casos no se detecta hasta que las dificultades ya son evidentes. No es una incapacidad ni tiene que ver con la inteligencia. Es una dificultad de aprendizaje que afecta a la lectura, la escritura y, en muchos casos, a la autoestima. Cuando no se identifica a tiempo, el impacto va más allá del aula. La incomprensión, las etiquetas —"vaga", "lenta"— y la comparación constante pueden derivar en un mayor malestar emocional y en una pérdida progresiva de confianza.
En este contexto, la detección temprana y el acompañamiento educativo resultan clave. En algunos centros, herramientas digitales como Dytective, impulsada por la Fundación "la Caixa", se están incorporando como apoyo para identificar el riesgo de dislexia y otras dificultades de aprendizaje mediante test de cribado y así trabajar habilidades cognitivas desde edades tempranas. Pero más allá de la tecnología, el reto sigue siendo estructural: entender que no todos los alumnos aprenden de la misma manera ni todos los entornos cuentan con los mismos recursos para detectarlo a tiempo o acompañarlo después.
De la incomprensión al acompañamiento
Ese fue el punto de inflexión para Khloe. Antes de cambiar de colegio, las dificultades ya eran evidentes, pero no encontraban respuesta. "No puedes tachar a una niña de vaga cuando el esfuerzo que hacía en casa, con 6 o 7 años, era tremendo", recuerda su madre, María Ruiz. La falta de comprensión en el entorno escolar no solo afectaba a su rendimiento, sino también a su integración social y a su forma de relacionarse con el aprendizaje. "Me llamaban tortuga porque era muy lenta haciendo las cosas. Me quedaba chof y no entendía por qué me lo decían", cuenta Khloe. Como en otros muchos casos, el problema no era solo académico. También tenía que ver con cómo se percibía a sí misma dentro del aula.
Este tipo de situaciones, en bastantes ocasiones, no se identifican hasta que ya han tenido impacto en el aprendizaje y en la autoestima del alumnado. La detección tardía, por tanto, no solo dificulta la intervención educativa, sino que agrava las consecuencias emocionales, especialmente en edades tempranas.

La situación cambió al llegar al CEIP Ramón y Cajal de Alpartir (Zaragoza), una escuela rural con aulas multigrado y un modelo educativo basado en la inclusión. En este centro de la comarca de Valdejalón, donde conviven alumnos de distintas edades, lenguas y contextos, la diversidad no se percibe como un obstáculo. "Todas las evidencias dicen que la heterogeneidad enriquece", defiende Juan Antonio Rodríguez, director del centro.
Inclusión posible en la escuela
El CEIP Ramón y Cajal no solo destaca por su enfoque pedagógico, sino también por su implicación con el entorno y el reconocimiento recibido a lo largo de los años. En un contexto marcado por la diversidad cultural y social, el centro ha desarrollado una forma de trabajo en la que la atención personalizada y la colaboración entre alumnado, profesorado y familias son claves.
En estas aulas multigrado, el aprendizaje no se organiza únicamente por edades, sino también por ritmos y capacidades. Esta estructura permite que el alumnado avance de forma más flexible y que quienes tienen más dificultades encuentren apoyo tanto en el profesorado como en sus propios compañeros.
En este modelo, la inclusión no se plantea como una medida excepcional, sino como una base educativa. La convivencia entre distintas edades y niveles facilita dinámicas de apoyo mutuo. Al mismo tiempo, refuerza la idea de que cada alumno puede avanzar a su ritmo sin quedar fuera del sistema. Experiencias como esta siguen siendo, sin embargo, más la excepción que la norma dentro del conjunto del sistema educativo, donde la atención a la diversidad depende en gran medida de los recursos disponibles en cada centro.
Tecnología al servicio de la equidad
Dentro de ese enfoque, el uso de herramientas como la aplicación Dytective se integra como un recurso más. A través de un test de cribado, el profesorado puede detectar posibles dificultades de aprendizaje y adaptar la intervención a cada caso. Posteriormente, el alumnado realiza un entrenamiento cognitivo diario de unos 20 minutos mediante juegos, retos lingüísticos y ejercicios de atención.
Este tipo de dinámicas no solo refuerzan habilidades concretas, sino que también contribuyen a generar una relación más positiva con el aprendizaje, especialmente en alumnos que han acumulado experiencias de frustración.
La aplicación, desarrollada por Change Dyslexia, está disponible en el centro sin coste para las familias gracias al programa EduCaixa. Evita así que el acceso a este tipo de apoyo dependa de la capacidad económica y contribuye a reducir desigualdades en el aprendizaje, especialmente en entornos rurales o con población en riesgo de exclusión social.
Entender para avanzar
Pero más allá de la herramienta, el cambio más importante fue entender qué ocurría. "Cuando me explicaron lo que era la dislexia, me quedé fascinada al ver que había más personas como yo", recuerda Khloe. Su madre incluso le dibujó cerebros con edificios para explicarle que el suyo simplemente hacía conexiones diferentes. Esa identificación fue clave para resignificar la experiencia: "No era un problema, solo había que saber cómo funcionaba".
Esa comprensión es determinante. Según un estudio del Observatorio Social de la Fundación "la Caixa", los niños -y más especialmente las niñas- con trastornos del neurodesarrollo presentan un mayor malestar emocional. La investigadora Luz Rello, creadora de Dytective y diagnosticada con dislexia a los 10 años, lo resume así: "Cuando no puedes confiar en lo que lees o escribes y no entiendes por qué, pierdes confianza en ti misma".
Para Khloe, la dislexia no es una carga. "Es otra forma de pensar. Es como un superpoder, una forma de ver las cosas más abierta, te das cuenta de cosas que los demás no ven", explica. Para entender cómo funciona su cerebro, utiliza una metáfora relacionada con los espejos. "Todos tenemos unos espejos que nos sirven de camino. Los neurodivergentes los tienen más revueltos, colocados de otra manera, y la luz va para todos los lados; la gente normal los tiene alineados y la luz va en una dirección".
Esta visión no solo es un alivio para ella, sino una lección para el sistema educativo: la inclusión no consiste en obligar a todos los espejos a apuntar en la misma dirección, sino en enseñar a cada niño a manejar los suyos.
Más allá de proyectos concretos
Hoy, Khloe estudia secundaria en Zaragoza dentro del Plan de Aprendizaje Inclusivo (PAI). Su evolución refleja el impacto que tiene un entorno que acompaña en lugar de señalar y pone de manifiesto la importancia de adaptar el sistema educativo a la diversidad del alumnado.
El caso de Alpartir, que comenzó como una prueba piloto en 2017 y fue reconocido con la Medalla al Mérito Educativo de Aragón, se ha extendido ya a más de 4.500 centros educativos en España con el impulso de la Fundación "la Caixa". Sin embargo, el desafío sigue siendo garantizar que la inclusión no dependa de proyectos aislados o iniciativas concretas. Debe formar parte estructural de cualquier sistema educativo. Entender cómo aprende cada niño no es un añadido, sino el punto de partida.
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