En muchas instituciones de enseñanza las ventanas permanecen abiertas y, sin embargo, nadie se asoma, solo miran hacia dentro. Aulas donde se enseña mucho, pero en donde no siempre se aprende a observar. Lugares en los que el conocimiento se ordena, se clasifica, se certifica y hasta se enmarca, mientras la imaginación aguarda discretamente su turno. Y es que, a veces, lo verdaderamente revolucionario no consiste en saber más, sino en atreverse a pensar de otra manera.
De eso habla El club de los poetas muertos, que estos días se representa en el Teatro La Latina. No tanto de una historia de alumnos y profesores como de una manera de entender la vida. Y conviene decirlo: esta reflexión no necesita cobijarse bajo la sombra de ninguna película célebre ni de ningún recuerdo cinematográfico. Su mensaje tiene vuelo propio, porque pertenece a ese territorio universal donde la educación se encuentra con la libertad y la poesía con la necesidad de vivir.
¡Oh, capitán, mi capitán! no es una consigna para encabezar una revuelta, sino una llamada a despertar, a dejar de caminar con los ojos cerrados por senderos trazados por otros, a comprender que educar no es domesticar, que enseñar no significa imponer una única dirección y que el verdadero conocimiento no debería medirse exclusivamente por la cantidad de diplomas que adornan los despachos. Orquestar la educación no es adoctrinar: es ofrecer instrumentos para que cada cual encuentre su propia música.
Por eso hay que reivindicar el gesto de subirse a una mesa. Cambiar de perspectiva, mirar desde otro lugar, descubrir que lo que parecía inamovible puede tener otra forma cuando dejamos de contemplarlo desde la costumbre. Hay que ganar horizonte, perder el miedo a las preguntas y abandonar esa prudencia excesiva que tantas veces termina convirtiéndose en renuncia. No todo lo heredado merece conservarse, ni toda tradición tiene derecho a perpetuarse por el simple hecho de haber llegado hasta aquí. Algunas costumbres, por muy solemnemente que se presenten, necesitan jubilarse.
La educación debería ser precisamente lo contrario de una puerta cerrada. Tendría que alimentar la curiosidad, proteger la creación, celebrar la diferencia y permitir que las ideas respiren sin pedir permiso. En una sociedad que avanza, no podemos seguir formando a las nuevas generaciones con moldes que ya no contienen el mundo que les espera. No se trata de derribar los cimientos, sino de revisar las paredes, abrir ventanas y dejar entrar el aire.
Y en ese aprendizaje hay una palabra que importa especialmente: autenticidad. La fuerza de una mirada sin imposturas, de una voz que no necesita disfrazarse, de una emoción que no se somete al protocolo. Frente a las posturas postizas, la naturalidad; frente a las respuestas prefabricadas, la búsqueda; frente al temor a equivocarse, el valor de intentarlo. Porque vivir también consiste en desprenderse de aquello que nos obliga a representar un papel que no nos corresponde.
Orquestar la educación no es adoctrinar: es ofrecer instrumentos para que cada cual encuentre su propia música
En ese viaje, Juanjo Artero presta al profesor Keating una presencia que encuentra su sentido en la cercanía, en la complicidad y en la capacidad de transmitir sin necesidad de imponer. Su personaje no viene a ofrecer lecciones magistrales, sino a sembrar inquietudes, y ahí reside buena parte de su fuerza. A su alrededor, Manu Rodríguez, Tomy Álvarez y el joven elenco, Jacobo Camarena, Gabriel Flores, Lennon Jon Sharp, Álvaro de Paz, Sergio Aguado y Marcos Saneiro, ponen rostro y voz a esa edad en la que todo está por descubrir, donde las certezas heredadas empiezan a tambalearse y la identidad busca su propio espacio. Juan Luis Iborra, desde la dirección, articula ese encuentro entre generaciones y sensibilidades, procurando que la palabra, el gesto y la emoción encuentren un mismo pulso. Una dirección que entiende que, en ocasiones, lo importante no es subrayar el mensaje, sino dejar que llegue, que respire y que encuentre su eco en quien escucha.
No es una revolución, es emoción, es sentimiento, pasión, poesía, sorpresa. Es recuperar la capacidad de asombro, descubrir que la belleza no siempre se encuentra donde la señalan los manuales y aceptar que el riesgo forma parte de cualquier aventura verdaderamente humana. Es entender que la poesía no está únicamente en los libros, sino también en la forma de mirar, de elegir, de amar, de crear y de atreverse.
Quizá el mayor peligro no sea equivocarse de camino, sino no haber tenido nunca la oportunidad de elegirlo. Por eso necesitamos maestros que no quieran fabricar discípulos, sino despertar personas, instituciones que no confundan autoridad con inmovilidad y una educación que enseñe a pensar antes que a obedecer. Que permita volar sin señalar de antemano la altura, la dirección o el destino.
El Carpe Diem no es una invitación a consumir deprisa los días, sino a habitarlos. A no dejar para mañana la libertad de ser, la valentía de sentir o la curiosidad de descubrir. A entender que el tiempo no espera y que vivir con autenticidad exige, de vez en cuando, apartarse del camino cómodamente establecido.
Y si para descubrirlo hay que subirse a una mesa, que se suba. No para estar por encima de nadie, sino para ver un poco más lejos. Para encontrar ese horizonte que la disciplina mal entendida, las tradiciones casposas y las certezas demasiado bien aprendidas nos impiden contemplar.
El verdadero vuelo no necesita estrépito. Basta una mirada distinta, una palabra oportuna, un verso que nos conmueva o alguien que nos recuerde que todavía estamos a tiempo.
¡Oh, capitán, mi capitán! Que nunca nos falte la poesía para desobedecer a la rutina, la emoción para desafiar la indiferencia y la libertad para seguir aprendiendo a vivir. ¡Y viva por siempre Walt Whitman!
'El club de los poetas muertos', de Tom Schulman, dirigida por Juan Luis Iborra, en el Teatro de La Latina. Una producción de Pentación Espectáculos y A&A.
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