Ruedas de coche sin caucho sintético; neumáticos capaces de generar oxígeno y “comerse” el C02 del aire; o que funcionan por levitación magnética y eliminan la contaminación acústica. El futuro abre muchas alternativas esperanzadoras a un producto derivado del petróleo que, no obstante, continúa siendo imprescindible para realizar la mayoría de nuestros desplazamientos. Tanto los vehículos eléctricos como los de gasolina utilizan en esencia el mismo tipo de ruedas.

Un neumático convencional está compuesto por más de 100 compuestos químicos diferentes; la mayor parte de ellos son cauchos de origen sintético. Para la fabricación de una unidad nueva destinada a un turismo, se necesita una media de 23,5 litros de petróleo y unos 1961 litros de agua. En total, el proceso genera cerca de 63,64 kgs de C02. Debido a que están diseñados para resistir en condiciones mecánicas y meteorológicas muy duras, los neumáticos son prácticamente indestructibles, lo que los convierte en objetos altamente contaminantes. De las cerca de 314.000 toneladas de neumáticos que se generan en España, el 50% se recicla; el 8% se reutiliza si la cubierta lo permite, y un 12% se recauchuta. El 30% restante se transforma en combustible alternativo para uso en cementeras.

El manual del ciudadano medioambientalmente responsable dicta que alarguemos todo lo que podamos la vida de los neumáticos. Esto se consigue en parte regulando la presión y la alineación de las ruedas, y evitando la conducción agresiva. Cuando ya no es posible utilizarlo, conviene optar por la reutilización o el recauchutado, que es cuando la carcasa está en buenas condiciones y basta con sustituir la banda de rodadura gastada por una nueva. Según un estudio publicado por la Universidad Miguel Hernández de Elche en 2012, la producción y uso de ruedas recauchutadas supone un ahorro de entre un 50 y un 75% en el consumo de energía y materias primas, así como en las emisiones de CO2 a la atmósfera (si lo comparamos a la fabricación de un neumático nuevo).

Cuando ya no es posible utilizarlo, conviene optar por la reutilización o el recauchutado

Cuando no cumple los requisitos para volver a usarse, el neumático puede ser reciclado para provechar el caucho para la fabricación de alfombras y aislantes de vehículos, materiales de construcción, pavimentos infantiles o suelos de atletismo, por ejemplo.

Otra forma común de minimizar la huella ecológica es optar por neumáticos de baja fricción, que consiguen ahorrar gasolina y reducir el ruido de la rueda sobre el asfalto al reducir su resistencia a la rodadura; es decir, la energía necesaria para hacer rodar el neumático.

Son, en todo caso, soluciones parciales a un problema –el de la dependencia de los neumáticos convencionales- que requiere ideas verdaderamente disruptivas. Los principales fabricantes lo saben, y están sumidos en una carrera tecnológica para desarrollar alternativas más ecológicas.

Durante la cumbre mundial sobre movilidad sostenible “Movin’On”, que se celebró en la ciudad canadiense de Montreal desde el pasado 30 de mayo hasta el 1 de junio, la firma francesa Michelin anunció un plan estratégico para que en 2048 todos sus neumáticos contengan un 80% de materiales sostenibles, frente al 28% que contiene en la actualidad. De estos, un 26% corresponde a productos de origen biológico, como caucho natural o aceite de girasol, y un 2% a materiales reciclados, como el acero.

La firma francesa Michelin anunció un plan estratégico para que en 2048 todos sus neumáticos contengan un 80% de materiales sostenibles

De lograrlo, Michelin estima que tendrá un ahorro anual equivalente a 33 millones de barriles de petróleo, el consumo de energía total de un mes en Francia, 65.000 millones de kilómetros conducidos por un sedán y 291 millones de kilómetros que acumulan entre todos los automóviles que circulan por Europa.

Michelin lanzó el programa ‘Biobutterfly’ en 2012 junto con Axens e IFP Energies Nouvelles para crear elastómeros sintéticos a partir de la biomasa, como madera, paja o remolacha. Recientemente, también ha adquirido la compañía Lehigh, especialista en alta tecnología de polvo de caucho micronizado obtenido a partir de neumáticos reciclados.

Ruedas que oxigenan el aire

Otro de los proyectos curiosos en los que se está trabajando es el neumático Vision, presentado también por Michelin el año pasado. Se trata de un neumático sin aire, elaborado a partir de productos de origen biológico y reciclados, y con una banda de rodadura biodegradable que puede renovarse con una impresora 3D.

En el Salón del Automóvil de Ginebra de 2017, la multinacional norteamericana Goodyear presentó el primer modelo de neumático esférico, el Eagle 360, pensado para la inminente revolución de los coches autónomos. Su peculiaridad reside sobre todo en que está concebido como un sistema de electroimanes que se “uniría” al chasis de automóvil. Además, estaría dotado de sensores inteligentes capaces de medir la temperatura del asfalto, las condiciones de la vía o la monitorización del desgaste de la superficie, permitiendo variar la zona de contacto de forma dinámica. Es decir, es un neumático que lleva aparejada una tecnología para los coches que recuerda a la del Hyperloop, el tren hiperrápido del futuro.

Este año, Goodyear ha sido más audaz todavía al presentar un prototipo del neumático Oxygene, revestido con musgo para generar oxígeno mientras circulamos. Esta rueda, impresa en 3D con polvo de caucho de neumáticos reciclados, albergaría plantas vivas dentro de la pared lateral. Según el fabricante, la estructura abierta y el diseño inteligente de la banda de rodadura -que absorbe y hace circular la humedad y el agua de la superficie de la carretera- permitiría al neumático “realizar la fotosíntesis” y, por lo tanto, liberar oxígeno al aire. Concretamente, casi 3.000 toneladas de oxígeno al año en una ciudad como París. Al mismo tiempo, sería capaz de absorber 4.000 toneladas de CO2 del aire.

¿Realidad o ciencia-ficción? Solo el tiempo lo dirá.