La Comisión Europea ha puesto las grasas “trans” en el punto de mira. En línea con el compromiso de la UE con los objetivos de bienestar y salud pública establecidos en los ODS, el organismo tiene la intención de fijar un límite de 2 gramos de grasas ‘trans’ por 100gr. de grasas en los productos europeos. Presente en todo tipo de bollería y productos de comida rápida, los ácidos grasos saturados son uno de los principales causantes de la obesidad, una enfermedad que afecta al 70% de la población española. Es sin duda un problema de salud pública de primer orden: se prevé que en 2030 haya en el mundo más personas obesas que con un peso normal y saludable.

“Está demostrado científicamente que el consumo de grasas ‘trans’ eleva parámetros como el colesterol LDL, los triglicéridos y el aumento de grasa visceral, lo que incrementa así el riesgo de sufrir enfermedades relacionadas con el corazón”, explica a El Independiente Isabel Delgado, nutricionista de Nutrición con Xabe. A pesar de ello, los ácidos grasos trans (AGT) son especialmente atractivos para la industria de la alimentación. Una de las razones de ello es que tienen la característica de ser estables al enranciamiento oxidativo, lo que les permite conservar los alimentos durante un periodo de tiempo más prolongado.

En los últimos años ha surgido una gran cantidad de evidencia epidemiológica y clínica que ha señalado que las grasas ‘trans’ son un factor de riesgo significativo de sufrir un evento cardiovascular, y parecen estar involucradas igualmente en los proceso de inflamación, diabetes y cáncer. El aumento del 2% de la energía diaria con AGT se relaciona con un aumento del 23% de riesgo cardiovascular. Por ello, organizaciones internacionales como la OMS y la OPS recomiendan virtualmente eliminarlas o que su consumo sea tan bajo como sea posible (menos del 1%). Así lo explican M. N. Ballesteros-Vásquez, L. S. Valenzuela-Calvillo, E. Artalejo-Ochoa y A. E. Robles-Sardin, autores del estudio Ácidos grasos trans: un análisis del efecto de su consumo en la salud humana, regulación del contenido en alimentos y alternativas para disminuirlos.

Las grasas ‘trans’, tal y como explica Isabel Delgado, se suelen encontrar en muchos productos, pero principalmente en bollería, pizzas, confitería, masas de hojaldres, margarinas, helados y alimentos precocinados ya que necesita utilizar una grasa que no esté líquida y que mejore tanto la textura como el sabor. Andrés Quirós, dietista del Gabinete Natural Quirós, puntualiza que “esa es la razón por la que la industria utiliza los ácidos grasos saturados. Este tipo de grasas no se encuentran en la naturaleza, sino se consiguen tras un proceso industrial. Se podría utilizar otro tipo de grasa de mayor calidad pero eso haría subir los costes y por ello la industria es reticente a eliminarlas”. Delgado y Quirós coinciden al apuntar que la tendencia futura apunta a un mayor consumo de estos alimentos nocivos, y que por tanto debería regularizarse tanto su uso como su etiquetado.

“El consumo de este tipo de grasas varía según los países. Por ejemplo, Islandia lidera el consumo con 5,4 g/ día por persona, seguido de Grecia e Italia (1,5 g/día). En el caso de España, la ingesta media está en 2,1 g/día. Cabe destacar que los niveles más perjudiciales estarían en el consumo de más de un 2% de la energía (calorías totales de la dieta) a partir de grasas ‘trans’ ya que pueden llegar a aumentar en un 23% el riesgo de enfermedades cardiovasculares”, argumenta la nutricionista.

Otros peligros para la salud

El consumo de grasas “trans” no es el único de los peligros que entraña el consumo de comida rápida. Tal y como comenta Quirós, “el consumo de azúcar entraña también riesgo y la población todavía no es suficientemente consciente de ello. La recomendación de la Organización Mundial de la Salud es de consumir 25 gramos de azúcar por adulto, cuando en España la media está en 112 gramos”. Existe mucho azúcar libre ‘escondido’ en los alimentos tal y como desvela Antonio R. Estrada con sus fotografías en sinazucar.org.

“Es por ello que se debe volver al consumo de productos naturales, comprar más en los mercados y menos en los supermercados. La idea no es volverse loco con la dieta mediterránea, sino intentar no consumir productos que estén procesados, volver a lo natural”, concluye Quirós.